Abrazo obrero

Foto: Matías Barutta

Foto: Matías Barutta

Hay que ver cómo chilla la criatura, con sus cachetes regordetes colorados y sus ojitos achinados, aquella mañana helada, en el primer vagón del tren Sarmiento.
La madre nerviosa, sintiendo las miradas incómodas en la nuca, trata de calmarlo, pero no hay caso. Llora y chilla, se sacude y patalea, a los gritos pelados.
Entonces, el oficinista se saca los auriculares, y se para a ver de qué se trataba. -¿Quiere sentarse acá señora, a ver si se calma mirando por la ventana?
La madre avanza, como un Moisés entre las aguas de cuerpos, que se apretujan para darle paso.
La madre agradece al muchacho trajeado, de unos veintitantos, se sienta junto a la ventanilla, pero la criatura, sigue llorando.
Entonces, se suceden los recursos improvisados como eslabones de una cadena de producción asistencial: el vendedor de encendedores empieza a chispear delante de sus ojos para ver si con eso lo distrae, el Fisura que le ofrece un alfajor, la estudiante lo tapa con su campera, un nene de guardapolvo cuadrille le ofrece su chupete.
Pero no hay caso, che. Sigue chillando.
¿Tendrá frío? ¿Será el hambre? ¿Quiere que lo llevemos a una guardia?
La madre ya no puede aguantar, y entonces el llanto rompe la represa:
– Deben ser los nervios. Que mi leche debe estar mala. Ando muy preocupada porque mi hermana anda mal, y el marido la amenazó, y mi mamá ya no puede ayudarnos porque hace años perdió la memoria, estamos intentando no dejarla en un hogar de ancianos, pero mi marido se quedó sin trabajo y encima parece que mi hijo de quince dejó embarazada a la novia.
La estudiante, conmovida, sin saber qué decirle, la abraza. El vendedor le dice que Dios te bendiga, y saca de su bolsillo una estampida del Jesús misericordioso, el Fisura se larga a llorar también, y le dice que los gauchos de los problemas nunca andan solos, el nene del guardapolvo le ofrece su chupete y entonces, ahí, en medio de ese abrazo obrero, bañado por todas las lágrimas que los adultos no se estaban permitiendo, la criatura se calma.
La estudiante se queda pensando en que, quizá, crecer es aprender a disfrazar los modos de pedir amor y ayuda. El vendedor retoma la actividad, el oficinista vuelve a sus auriculares y el Fisura le da un beso en la cabeza a la criatura antes de bajar en Liniers.
Acariciado por los rayos del sol que se asomaban por la ventana, y acompasado por el vaivén del tren, finalmente, la criatura se duerme.
Hay que ver cómo el llanto de la criatura despertó de la inercia de la indiferencia a través del amor, que es el único que logra evitar que lo real se devore  a lo posible, aquella mañana helada, en el primer vagón del tren Sarmiento.

(Colaboradora: Natalia De Moliner)
Un relato de Nina Ferrari
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