Cámara apagada

Foto: Germán Romeo Pena

Justo cuando me estaba por sentar a escribir sonó el tiro. Salí a mirar por la ventana, y otra vez sopa. 
Ya le había dicho César, el almacenero del frente, si volvés haciéndote el loquito, te voy a llenar de agujeros. No es la primera vez que aprovecha a la mañana, que sabe que estoy sola, para venir a hacerse el loquito. La otra vez ya me cansé y le metí una perimetral. Pero claro, se pasa de porquería, no puede dormir ni comer, la cabeza le dispara como una metralleta, y chau. Se manda para acá.  
Se ve que no pudo sacar el registro de conducir porque debe un año de cuota alimentaria, y lo suspendieron del laburo. Cuando empezó a golpear la puerta gritándome abrime, vos me querés cagar la vida, puta de mierda, y vio que yo no le abría, se ve que fue a buscar una piedra. Y para qué. César sacó el 38 y empezó a los tiros limpios apuntándole a las piernas. El cagazo que se habrá pegado. Porque se fue rajando. Pero no va que justo se lo lleva puesto al Chiqui, que andaba refugiado porque labura para un narco groso y le habían pedido que se esconda por un tiempo porque no sé qué bardo había con la cana. Así que el gede, violando la perimetral, le entrega al Chiqui a los ratis, servido en bandeja. Mamita querida. La que le espera. No quisiera estar en sus zapatos ahora. Cuestión que vino todo el barrio a chusmear, la tele, un fiscal. Un bardo. Nos querían llevar de testigo. Ni loca. Lo único que me falta, tener problemas con una banda. Ni ahí. Pero bueno, con todo esto se me pasó la mañana. No había hecho ni las compras. Todavía me faltaba preparar el almuerzo y buscar al Rami en la escuela.
¿Qué me iba a poner a escribir? 
También quién me manda a mí a ponerme a estudiar. Si ya sé que siempre pasa algo. Cuando no es el nene que se enferma, es renegar con mi hermano por lo de mi vieja, los trámites la obra social que son más difíciles de terminar que el juego del calamar. Tuve que dejar de hacer las pre pizzas porque cortaron el gas porque había una pérdida y andá a saber cuándo lo vuelve a conectar. Y con garrafa ni vale la pena. Cambiás la plata. 
Dice la profe que tengo que seguir escribiendo. Que cuando me reciba del secundario me meta en el profesorado de letras.
Qué voy a escribir yo, si apenas tengo tiempo para fumarme un pucho.
¿Además, a quién va a interesarle lo que yo tengo para contar?
Eso quisiera saber yo. Quién me manda. Si ya tenía suficiente con todo el quilombo que es mi vida. Quién me manda a querer terminar el secundario. 
Ahora que pasó toda la tensión es como que me bajó toda la angustia junta. 
¿Y si hubiese estado el nene? ¿Y si César no hubiera salido? ¿Y si el Chiqui quiere cobrársela conmigo? Dos minutos me quedan para hacer la tarea.
-A ver Rami, terminá el mate cocido, dale, que ya tengo la clase y necesito la mesa. Fijate la abuela. Sí, después cuando termino te ayudo con la tarea.
Con todo este bardo no tuve tiempo de acomodar. La casa está hecha un desastre. Encima todos los ojos rojos tengo. Todo a último momento.  
-Qué tal Profe, acá ando. Sí. Hice la tarea, pero algo muy cortito, así nomás, disculpe. Se me complicó.
-Pero, ¿vos estás bien?
-Sí, acá. Tirando para no aflojar. Todo bien.
-Qué quiere que le diga. Yo quise escribir, pero justo cuando me estaba por sentar escuché el tiro.
“Escriba un texto con palabras inventadas, a partir de la lectura del capítulo 68 del libro Rayuela de Julio Cortázar” era la consigna.
-Bueno, está bien Profe, leo. Pero con la cámara apagada.
Me tiembla todo el porbo cada vez que llega la carmada. En la desmédula de mi parténesis, no pareciera haber lugar para la fondema. Tengo el esqueleto lleno de espolos  y una espina de pescado atravesada en la garganta desde que galí. La porqueza me roba todas las flupones y cada vez que creo estar llegando al remonso, se asoma la perestrala, me apunta a los ojos, y me dispara con su facaña.

Un relato de Nina Ferrari
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