Juan Solá / Patio disidente

Resistencia, 17 de mayo de 2021

Querido Sur,

la casa se despertó el domingo con el sol devolviendo a los perfiles irregulares de los restos de vidrio de una reunión de maricas una sombra traslúcida y húmeda. Yo no me desperté; todavía no había dormido. 

El sábado fuimos con la Olivo y la Aranda a la Cuis, una fiesta disidente-vampiloba filo extraterrestre que me regaló una sensación tan curiosa que creo que solo podría explicarse con la imagen de llegar al umbral de una casa en la que no se ha estado nunca y encontrar en los propios bolsillos la llave que abre la puerta. Anida en la forma en que las mostras hacen nido la memoria de cada rincón donde las mariquitas han estado a salvo. 

El sábado vi un marifauno que se cambió la ropa tres veces como si apenas se tratara de remeras y shorts; una putiloba con piel de yaguareté, una torta mamushka que adentro tenía una marica que adentro tenía un corazón melancólico como el del Crespín. Vi una Mercedes Osa y una Juana de Charco, una Madre Protectora de las Travas y una Lady Changa, y todas eran hermosas y todas eran diferentes, como si el paquete de surtidas que se come bajo un toallón húmedo frente al río a las seis de la tarde de repente cobrara vida, cobrara carne y sudor marika, y bailara coreografías sobre el resplandor potámico. Me acordé de una loca que conocí en un pueblito diminuto que me dijo acá yo me siento sola, acá yo no tengo a nadie. Pienso en todas esas que andan solitas y más me abrazo al privilegio de las amigas. Nuestras batallas tienen más que ver con el odio ajeno que con nuestras propias armas, pero qué necesario es armarse de abrazos frente a la crueldad de quienes hacen del mundo un lugar a veces tan inhóspito.

El sábado hubo un altar para una amicha que ya no está y también hubo todo el fuego que teníamos atorado en las gargantas. Nos vinimos para casa temprano y como algunas llegaron con hambre, les preparé un guisito. Aparecieron el vino y las flores y la risa, toda la risa. Cuántas bondades ofrece una carcajada honesta, pensé yo, que no mostraba los dientes hacía rato porque los últimos días vinieron bravos como una jauría de perros persiguiendo una corzuela. Y en medio de todo el festejo, también tuvo lugar la reconciliación de dos que no se veían hacía un buen tiempo y que vinieron a encontrarse en ese lugar que nos amuchaba. Me gusta la danza y me gusta la fiesta, pero con cuánto más entusiasmo celebro los espacios donde podemos hacer las paces. El padre Estado se devora todo lo que osa fragmentarse y quién va a recibir a las que vayan llegando si acá no queda nadie porque estamos todas rabiosas. Nuestras batallas deben ser contra el odio ajeno, no contra nuestros propios miedos. 

El lunes pensé mucho en Alireza Fazeli Monfared, un pibe iraní al que el hermano y los primos asesinaron cuando supieron que era puto. Ali tenía pensado empezar una nueva vida en Turquía junto a su novio, pero no consiguió escapar a tiempo (porque eso es lo que hacen muchas disidencias para poder sobrevivir: escapar, abandonar el mundo que les vio crecer antes de que se derrumbe sobre sus corporalidades). Tenía veinte años. Cómo te van a matar por puto a los veinte años, pienso, mirando la foto en la que Ali sonríe para siempre, como venciendo al tiempo. Y aunque podamos (queramos) creer que cosas espantosas como ésta solamente suceden lejos, como si la geografía fuera excusa suficiente para mirar para otro lado, la historia de Ali probablemente no diste demasiado de las historias de esas otras 152 personas que sufrieron crímenes de odio en Argentina durante el año pasado, según los datos que recopila la Federación. Pero a mí que me importa que Hitler se apodere de Alemania, si yo vivo en Polonia, ¿no? 

La globalización resultó parecerse más al exterminio que al progreso y es por eso que lo que sucede después del mar también nos duele, porque el monstruo que pretende cobrarse la fiesta con nuestros cuerpos habita cada latitud y también es por eso que cada vez que podemos, armamos refugio, nido marica, trinchera y equipo; porque gente que disfraza su odio de fobia hay en cada rincón y muchas veces sólo precisan encontrarse y organizarse. Hay que ganarle de mano al batallón de los terrores. 

El lunes fue el día contra el odio a la comunidad LGBT y un grupo de militantes colgó una bandera arcoíris que a las pocas horas terminó hecha trizas. Pasó en Buenos Aires y meses antes pasó en Córdoba y aunque harte el viento rabioso que nos tumba el castillo de naipes, creo que es un recordatorio de por qué estamos acá, por qué resistimos hasta los huesos. Por cada unx que maten, mil otredades nos pondremos de pie: hemos construido el nido más grande que alguna vez haya existido. El amor será para siempre nuestro chaleco antibalas. 

Yo sé bien que esta batalla no es por mí, sino más bien por la infancia que fui, que todavía me mira desde el árbol más gordo del patio. Por eso le hago guisito a las maricas que vienen cansadas de bailar sobre los tacos, por eso les ofrezco el patio, para que recuerden que alguna vez ju gamos juntas aunque los adultos hayan creído que éramos invisibles. Por eso les pido dejar de lado sus diferencias, no dejarse devorar por el padre Estado, a permanecer aunque la tierra tiemble; a ser la adultez que las infancias de este ahora necesitan para su propia revolución. 

Juan.

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