Coger, trabajar y cuidar en cuarentena

La pandemia hackeó el sistema capitalista. Todo el orden que existía se puso en cuestionamiento y quienes se vieron más afectadxs por las medidas de aislamiento social, preventivo y obligatorio fueron lxs niñxs, las mujeres y las identidades no binarias. El hogar se volvió el único espacio posible y el deseo por salir de él se vio limitado para todas las personas del planeta. La sexualidad, la maternidad y el trabajo encontraron un solo lugar para desarollarse: la casa. ¿Es posible hacer todo en un mismo espacio?

Por Micaela Arbio Grattone

Romina se levanta temprano, sale de la cama sin hacer ruido y abre sigilosa la puerta para escapar de la habitación. El picaporte está medio roto y casi salido, pero igual intenta cerrar suavemente para que su marido no escuche el chillido que hace. Llega al comedor, que queda a unos pasos del dormitorio, se asegura de que no despertó a nadie, y aprovecha para ir al baño. Se lava los dientes, se limpia la cara, apoya la toalla con la que se sacó las lagañas de los ojos y se dirige directo a la cocina. Prende la hornalla, pone la pava en el fuego y logra su primera victoria del día: tomar un mate tranquila.

Las mañanas, casi madrugadas, son el momento del día que Romina ansía con desesperación cada vez que se duerme. Sabe que es el único rato que encuentra para estar sola en su casa que está ubicada en la localidad de San Martin y es habitada por ella, su marido y sus dos hijxs (Lorenzo de 5 años y Martin de 2). Después de ese momento de tranquilidad comienza la rutina, el desayuno para todxs, la comida, las tareas del jardín y el trabajo. Juan, el padre de los chicos, trabaja haciendo algunos arreglos e instalaciones fuera de casa. Romina pide a gritos un rato en soledad que solo consigue cuando ambos hijos salen con Juan a dar un paseo o en esos ratos en donde se van a la casa de alguno de los tíos que viven cerca. Ella, mientras ellos no están, decide quedarse en casa y tomar aire, tener su espacio. La necesidad es siempre la misma: un poco de intimidad. Cuando tiene esas pausas se fuma un pucho, se depila, se da una ducha eterna o simplemente aprovecha para dormir un rato sin tener que estar alerta.

El Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio (ASPO) le generó una sobrecarga de trabajo a las mujeres. A la responsabilidad de ocuparse de las tareas del hogar (cocinar, limpiar, salir a comprar víveres) se añadió la actividad de realizar teletrabajo y ayudar a sus hijxs con las tareas escolares para que su aprendizaje no se vea interrumpido. “Las madres no están llegando a todo, este trabajo de cuidados sin otras personas que las ayuden es muy difícil. Pero hay que decir que nosotras no somos el problema, lo que está mal es el sistema. Se plantean unos ideales inasumibles, pero a su vez el sistema le da la espalda a la maternidad”, afirmó en una entrevista con Revista Sudestada la periodista y autora del libro Mamá Desobediente, Esther Vivas.

La pandemia no afectó de igual manera a los hombres que a las mujeres. La disparidad entre los géneros se vio exacerbada por este contexto particular. Según una Encuesta Rápida realizada por UNICEF el 51 por ciento de las mujeres mayores de 18 años entrevistadas expresó que “durante el aislamiento social, han sentido una mayor carga de las tareas del hogar respecto al período previo”. Los motivos son: tener que resolver la limpieza de la casa (32 por ciento); hacerse cargo de las tareas de cuidados (28 por ciento); preparar la comida (20 por ciento) y ser las responsables de ayudar en las tareas escolares de sus hijxs (22%). Por otro lado, el 4% de las mujeres reporta, además, una mayor carga laboral.

Los días pasan y Romina solo encuentra un espacio cuando madruga. La cotidianeidad la supera. Trabaja como docente, dicta la materia de matemáticas en una escuela secundaria ubicada en el barrio de Villa Ballester. Cada vez que le toca dar clases, lo hace con una de las computadoras que le dio el gobierno, la cámara no le funciona muy bien pero igual logra dictar los contenidos necesarios. Esas tardes, hace malabares para cumplir con su actividad en un espacio silencioso. Siempre depende de que Juan recuerde que los martes de 13.30 a 16 horas tiene que ayudarla. Y claro, él siempre lo olvida. El estrés que le genera esa situación la saca de su eje en varias oportunidades. Las discusiones aumentan y las rispideces también porque, además, siente que son muchos en una casa chica.

La activista italo estadounidense Silvia Federici es una de las personas que más ha abordado este tema en los últimos tiempos, ella sostiene que el sistema capitalista se sustenta a base de invisibilizar las tareas de cuidado que realizan las mujeres. “Se habla ahora de los servicios esenciales y nunca se dice que el trabajo doméstico es el servicio más esencial que hay porque cada día reproduce la vida. Reproducir la vida tiene muchos elementos, no es solamente limpiar, cocinar, llevar a los niños al parque, es todo un trabajo emocional”, resaltó Federici en el debate online “¿Quién cuida a la cuidadora? Capitalismo, reproducción y cuarentena”, organizado por el Museo Reina Sofía.

La encuesta de UNICEF arrojó datos al respecto del incremento de la actividad en el hogar de las mujeres en cuarentena. Según detalla el informe, se hizo hincapié en averiguar quién se encargaba habitualmente de las tareas y quién las estaba realizando durante cuarentena. La participación de las mujeres pasó de ser un 68 por ciento a un 71 por ciento.

Que las mujeres se encuentran sobrecargadas en este período es algo que demuestran los números, pero también es una evidencia que se puede comprobar simplemente observando alrededor y mirando qué situaciones están atravesando aquellas que están en cercanía. La pregunta clave está en pensar si existe alguna salida posible. Al respecto, Federici sostiene la idea de que la pandemia genere “una oportunidad para que los colectivos replanteen la lucha y se logren mayores cambios”. ¿Será así? O las mujeres seguirán siendo víctimas de un sistema siniestro, que no solo las vulnera sino que, en las peores situaciones, las vuelve a retraer al hogar del que por mucho tiempo desearon salir.

En el inconsciente colectivo, en los primeros meses de aislamiento, se instaló la idea de que de esta pandemia mundial la sociedad iba a salir evolucionada: “De esta salimos mejores”, decían algunas personas en redes sociales. Llegando al “final” o, por lo menos, lo que aparenta ser el relajamiento de las medidas de cuarentena, nada parece haber cambiado mucho, es más, lxs habitantes de este planeta ruegan con volver a la vieja “normalidad”. ¿Habrá en el nuevo mundo políticas públicas para acompañar a la maternidad? O el Estado seguirá dándole la espalda a las mujeres que deciden tener hijes y ni siquiera cuentan con una ley de licencia por embarazo acorde.

Ahora, a teletrabajar

Mariana tiene 34 años, trabaja en una empresa de seguros. La primera semana donde explotó en los medios de comunicación el tema del covid-19, sus jefes la obligaron a trabajar igual. Todavía las medidas de aislamiento no eran claras y no se había establecido la cuarentena total. Ella tenía miedo porque, si bien los casos eran pocos, mucha gente que trabajaba en su lugar volvía de sus vacaciones en el exterior. Se la tuvo que aguantar. Luego, pasada la primer semana del ASPO, sus jefes le solicitaron que trabaje desde el hogar. Le requirieron que use su computadora, que le iban a instalar un sistema para que pueda cumplir con las tareas diarias, y le ordenaron (porque no fue en términos consensuados) que utilice su celular para realizar las llamadas pertinentes a sus clientes. Al finalizar el mes ellos se harían responsables de abonar la factura con los gastos.

Ella es madre soltera, tiene una hija de 8 años que se llama Juana y que está cursando el 3er grado de la escuela primaria. Ambas viven en el barrio de Flores ubicado en la Capital Federal. Desde que comenzó la pandemia Mariana siente que está en un estado de enajenación total. No se acuerda de lo que era tener tiempo libre. Solo tiene una sensación cercana cuando Juana se duerme y ella se pone a ver alguna serie. Mucho no dura despierta, pero al menos es algo.

Sus jornadas laborales son de ocho horas de lunes a viernes. Ahora, el único beneficio que tiene es que puede acomodar su trabajo a la disponibilidad que le da el día. Cuando Juana se duerme, cuando Juana se entretiene, cuando Juana mira los dibujitos. Aún así ser madre y trabajar al mismo tiempo le resulta casi imposible. Hace lo que puede.

En ese sentido la economista, investigadora y autora del libro “Cuando el jefe se tomó el Buque”, Sofia Scasserra, señaló que, si bien en varios países del mundo esta nueva modalidad de trabajo les ha permitido a las mujeres acomodar su vida laboral a las necesidades personales, viendo el panorama, que se instale el home office de la forma en que está pasando en Argentina es preocupante. ”El home office puede ser una oportunidad para muchxs y muy dañino para otrxs. No es lo mismo para quien está solx que para quien está acompañadx, para quien tiene hijxs y para quien no, para quien vive en una casa o en un departamento”, agregó.

Según un informe realizado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) las mujeres enfrentan una inserción más precaria en el mercado laboral que los varones lo que impacta en lo que se conoce como la brecha salarial que es de un 29 por ciento (y del 35,6 por ciento entre las asalariadas informales). Además, este género carga con mayores niveles de informalidad (36 por ciento) y de desocupación (10,8 por ciento).

Nadie anticipó que una crisis de tal magnitud sería el destino del 2020. Las cúpulas empresariales recibieron las medidas y resolvieron, como pudieron, para seguir funcionando y que el impacto no sea aún peor. Pero quienes salieron más perjudicadxs, como siempre, fueron lxs trabajadorxs. En Argentina ya existían desafíos vinculados a la pobreza, el crecimiento económico y las dificultades de financiamiento. El impacto de este virus no sólo tendrá costos altos a nivel sanitario, también los tendrá en el plano económico.

Los datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) aseguran que “el 55% de los hogares tienen como jefe/a a un/a empleado/a en relación de dependencia, de los cuales el 16% son pobres. En tanto el 22% de los hogares tienen como jefe/a a un/a asalariado/a no registrado/a, de los cuales el 43% son pobres. Finalmente, el 23% de los hogares tiene como jefe/a a un/a cuentapropista y el 35% son pobres. Es decir que para el 55% de las familias con jefatura de hogar con trabajo en relación de dependencia registrado, el ‘quedarse en casa’ es viable si se mantiene su salario”.

Scasserra también encendió la alarma para advertir que las reglas de esta nueva modalidad de trabajo que se impuso en pandemia, para algunas personas, no están establecidas con claridad, son desiguales y requieren de que sea el trabajador o la trabajadora quienes presten sus herramientas para poder resolver las actividades. Mariana intentó negarse cuando le “propusieron” que los mensajes y las llamadas que necesitaba hacer las realice desde su celular, pero ante el temor de generar incomodidad en el vínculo que tiene con sus empleadorxs, decidió no decir nada. Ahora, está molesta porque le llegan mensajes de sus clientxs a cualquier hora.

Si bien muchos empresarios hicieron lobby para que esto no sucediera, hace poco más de una semana la Cámara de Senadores terminó de otorgarle la media sanción que faltaba para que se aprobara la Ley de Teletrabajo. Lo interesante de esta nueva medida es que incorpora la perspectiva feminista en su desarrollo. En primer lugar, considera a las tareas de cuidado como un derecho. El artículo 6° para quienes realizan home office detalla: “de manera única o compartida el cuidado personas menores de 13 años, con discapacidad o adultas mayores que convivan con la persona trabajadora y que requieran asistencia específica tendrán derecho a horarios compatibles con las tareas cuidado a su cargo y/o a interrumpir la jornada”. Además, la reglamentación incorpora el “derecho a la desconexión”.

Es importante destacar que no todxs lxs trabajadorxs tienen acceso a este formato. Un estudio del CIPPEC (Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento) sobre el impacto del aislamiento preventivo y obligatorio en las modalidades de empleo en Argentina revela que el porcentaje de trabajos que tienen el potencial para realizarse desde el hogar se encuentra entre un 27 y un 29 por ciento de los totales, y se reduce a 18 por ciento si se considera la cantidad de hogares con uso efectivo de la tecnología necesaria.

Si bien a partir de la pandemia la regulación que había en materia se puso sobre la mesa a partir de las necesidades que comenzaron a evidenciarse, la economista Scasserra resaltó: “Esto no es home office, es trabajar como podemos, en tiempos de crisis, dentro de nuestras casas. Y, si bien es una realidad para todxs, se traduce en una mayor carga sobre las mujeres”.

¿Coger? Qué difícil

Analía hace algunas noches se despertó en medio de la madrugada con ganas de coger. En un acto sin mucho pre mérito, intentó despertar a su compañera Noelia para poder cumplir con ese deseo. Noe le dijo que no, que no quería, que estaba cansada. Ana se enojó y terminaron discutiendo por ese desencuentro. Ambas tienen 29 años, viven juntas en un departamento de dos ambientes ubicado en la localidad de Ramos Mejía. Las dos trabajan desde casa. Analía es oriunda de la provincia de Mendoza y se vino a Buenos Aires hace más de 9 años. Llegó con ganas de estudiar la carrera de abogacía. Luego, comenzó a trabajar en un local de alimentos saludables donde conoció a Noe. “Fue amor a primera vista”, dice Ana, aunque ella asegura que en ese momento no tenía muy en claro si le gustaban las mujeres.

Los años pasaron, Ana ahora trabaja para un estudio de abogadxs, Noe es bancaria y ambas tienen un buen pasar económico. Lo que comenzó a ponerse difícil es la convivencia exacerbada por el contexto. Viven, cogen y comen en un mismo espacio que les resulta bastante pequeño.

El informe de ONU sobre la situación de Argentina en pandemia se encargó de constatar entre lxs encuenstadxs si se habían sentido angustiadx o deprimidx frente a la incertidumbre que genera este contexto. El 22,5 por ciento aseguró que se siente asustadx, el 13 por ciento indiferente, el 6,3 por ciento deprimidx y el 15,7 por ciento angustiadx.

Ana cuenta que ya pasó por varias discusiones ridículas en estos meses de ASPO. Resalta que encuentra una gran dificultad para hallar su propio espacio y tener un poco de intimidad. Noe está todo el tiempo ahí, en la casa. Si bien ambas, por varias horas, se concentran en sus respectivas responsabilidades laborales, los roces son inevitables. La pelea más absurda fue a partir de decidir quién iba a hacer las compras. ¿Y de coger? Ni hablar. La frustración, la incomodidad y la cotideanidad las afectó rotundamente al momento de compartir un encuentro sexual. Además, también se complejiza tener una masturbación plena.

La psicóloga feminista especializada en sexualidad, Cecilia Ce, destacó en una entrevista en vivo brindada a Sudestada por Instagram que, después de tantos días de cuarentena, “la sexualidad que tenemos es la que podemos. No es el momento de sacar conclusiones ni de presionarse”. La ONU también detalló que “En el 37% de los hogares las personas sienten mayor ansiedad debido al riesgo de contagio del Covid-19. Además, en el 20% de los hogares se identificó que hay más enojos y discusiones: un 50% entre adultos/as, un 30% entre adultos/as e hijos/as y un 19% entre los/las hijos/ as”.

Según la licenciada todos esos motivos impactan directamente en la posibilidad de tener una ocasión de placer: “Sostener esta situación es muy difícil y atenta contra el deseo. Estamos ansiosxs, angustiadxs, la pasamos mal. No hay aire para prender el fuego. No tenés un espacio al que llegar para el otrx porque está ahí todo el tiempo, cerca tuyo”.

A Ana le parece un poco extraña la situación porque, según confiesa, siempre tuvieron relaciones sexuales muy gosozas. Intenta no enroscarse, no pensar tanto y tratar de atravesar el momento. A veces no sabe si la pareja va a sobrevivir a la pandemia. Es consciente de que separarse no es lo que quiere. También pide a gritos un espacio. Extraña su soledad.

“Necesitamos el contacto, poder entender al otro, darle su espacio, hablar de lo que sentimos y, si extrañamos la intimidad, hay que tener en cuenta la rutina y los cortes de ésta para que cada tarea tenga su momento”, afirmó Ce y agregó: “En este contexto debemos bajar la exigencia sexual”.

Si bien Romina, Mariana y Analía no atraviesan de la misma manera el aislamiento social y preventivo, las tres están unidas por un hilo invisible que las encuentra: la necesidad de intimidad. Hace cinco meses que los pocos ambientes con los que cuentan en sus hogares son, en exclusiva, el único espacio posible y esa acción se vuelve aún más compleja cuando la incertidumbre, la presión y el fastidio se pone en primer plano. Durante este tiempo, la sexualidad, la maternidad y el trabajo solo se pudieron llevar adelante en el marco de las pocas paredes que delimitan la propiedad.

Convivir con otras personas las 24 horas del día se convirtió en un desafío complejo y, si bien en esta están invulucradxs todxs lxs habitantes de este mundo, las mujeres, lxs niños y las disidencias se llevan la peor parte. ¿Saldremos mejores de esta?

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