Controlar los bioinsumos para apropiarse de la agroecología

Bioceres, la “Monsanto Argentina”, adquirió una gran productora de biológicos, en otro movimiento que expone la decisión de las agrotóxicas de controlar el mercado alternativo a los plaguicidas. En Argentina, casi el 75% de las empresas que producen venenos y transgénicos destina recursos para dominar los orgánicos que vienen. Nombres, alianzas y conveniencias.

Por Patricio Eleisegui

La novedad tuvo lugar hace algo más de una semana. Pero pasó casi sin pena ni gloria por algún que otro portal noticioso. Previo proceso de canje de acciones, Bioceres, la “Monsanto argentina”, adquirió las operaciones de la estadounidense Marrone Bio Innovations (MBI). La operación se llevó a cabo por un valor del orden de los 240 millones de dólares, según el comunicado oficial en inglés que divulgó la firma rosarina. El dato que vale no es tanto la cifra: la relevancia está en los alcances de esta unión. 
Comparto un fragmento de la notificación enviada por Bioceres a la Bolsa norteamericana de Nasdaq: “Esta transacción combinará la experiencia de Bioceres en bionutrición y productos para el cuidado de semillas con el liderazgo de MBI en el desarrollo de soluciones biológicas para la protección de cultivos y la sanidad vegetal, creando un líder mundial en el desarrollo y comercialización de soluciones agrícolas sostenibles”. 
“Las empresas juntas operan en 46 países con aproximadamente 640 empleados, incluidas dos instalaciones de fabricación de propiedad total e instalaciones de investigación y desarrollo (I+D) ubicadas en Davis, California, y Rosario, Argentina”, se añade.
Federico Trucco es el director ejecutivo de Bioceres. En el comunicado metió un bocadillo inherente a la dirección que está tomando la empresa: “Al combinar nuestros productos y líneas de producción comercializados actualmente, estaremos en condiciones de servir a todas las principales categorías de insumos agrícolas con soluciones biológicas altamente eficaces y de bajo impacto ambiental”.
La operación le aseguró a la “Monsanto argentina” el control de 700 patentes y 450 productos biológicos registrados. Sumamente estudiada, la adquisición de MBI se inscribe dentro de una estrategia de largo aliento que la empresa rosarina inició en octubre de 2016 con la compra de la mitad de Rizobacter, número 1 local en venta de inoculantes. 
Esta última también pisa fuerte en el ámbito de los productos microbiológicos con una presencia comercial distribuida en 30 países. 
Al margen de los nombres, lo concretado ahora por Bioceres se inscribe dentro de una estrategia a esta altura por demás de evidente: la decisión de las compañías de los agrotóxicos y la transgénesis de avanzar con el control del mercado de bioinsumos. 
Con sus matices, estos productos son una gran alternativa al uso de plaguicidas y fertilizantes de síntesis química y, a partir de esta condición, representan uno de los pilares de la expansión de la agroecología pensada a una escala intermedia. 
Tanto en la Argentina como a nivel global, proliferan las empresas que desde hace décadas han desarrollado soluciones a base de feromonas para el control de plagas, extractos vegetales para incentivar el rendimiento, o concebido repelentes a base de plantas, organismos vivos y minerales. 
Más allá de este segmento corporativo, lo cierto es que microorganismos, insectos, secreciones de distintas especies, bioresiduos, son elementos o recursos fundacionales de la agricultura como actividad humana. A ese conocimiento y uso ancestral la industria de los pesticidas buscó borrarlo de un plumazo en los últimos 80 años. 
No lo logró. 
Sí consolidó una destrucción de ecosistemas y una tragedia sanitaria como nunca antes vista.

La avanzada del veneno
Acorraladas por la misma degradación socioambiental que han provocado con su modelo de negocios, Bayer Monsanto, Syngenta, BASF, ChemChina, Dow, DuPont y la misma Bioceres, por citar algunos nombres, van por el control de aquellas empresas –en su gran mayoría, poco más que laboratorios– que desarrollan insumos que son la alternativa a las bombas químicas que hoy predominan en la actividad agrícola intensiva.
Las movidas de las compañías de los plaguicidas se han intensificado en los últimos años, prueba de una decisión que se comparte ya como bloque comercial. 
Una de las precursoras fue Bayer Monsanto, que en julio de 2012 compró AgraQuest, firma estadounidense que propone el control de plagas en frutas y hortalizas mediante el uso de microorganismos naturales. Casi dos años después, la alemana se quedó con los laboratorios Biagro, empresa local con sede en General Las Heras, provincia de Buenos Aires. 
De esa forma, se hizo con inoculantes que promueven la absorción de nitrógeno. En ese momento Bayer aún no era la dueña de Monsanto. Precisamente la propietaria del cancerígeno glifosato RoundUp se alió, en diciembre de 2013, con Novozymes, una productora de biológicos con base en Dinamarca. El acuerdo entre ambas se denominó BioAg Alliance. 
“Con el acelerado crecimiento de la población mundial que se dará en las próximas décadas, es necesario que aumentemos significativamente la producción de nuestra tierra, sin aumentar la presión ejercida sobre el medioambiente”, comentó en aquel entonces Peder Holk Nielsen, director ejecutivo de la danesa.
Bayer “heredó” el vínculo con Novozymes al quedarse con Monsanto en junio de 2018.
Rizobacter, Novozymes y Biagro lideran el mercado argentino de insumos biológicos. Como se acaba de detallar, las tres funcionan bajo dominio o aliadas a un gigante de los agrotóxicos. Así de contundente se viene la toma de control de los resortes de la agroecología a mediana escala. 
Hay otras jugadoras, por supuesto. En diciembre de 2012, BASF se quedó con Becker Underwood, una compañía estadounidense dedica al tratamiento biológico de césped y horticultura, así como también la gestión crítica del agua. Un año antes, Becker Underwood había comprado parte de la argentina Red Surcos. 
En 2019, Red Surcos ganó visibilidad en los medios locales tras dar a conocer una técnica combinada de microorganismos y lombrices para la presunta degradación de residuos derivados de la fabricación de agrotóxicos. 

Una estrategia en aceleración
Más acá en el tiempo, Syngenta, agrotóxica que en Argentina lidera el mediático Antonio Aracre, compró Valagro, firma italiana que pesa fuerte en la agroecología global con su portafolio de bioestimulantes y nutrientes. La operación se llevó a cabo en octubre de 2020.
“Con esta adquisición enfatizamos las expectativas de crecimiento en el área y nos posicionamos como uno de los principales actores en el mercado de las soluciones agroecológicas”, dijo en ese momento Erik Frywald, CEO de Syngenta a nivel global. 
En la esquina del cabotaje, el inefable Aracre reconoció ante la revista china DangDai –recordemos que el control accionario de Syngenta, aunque suiza de origen, corre por cuenta de ChemChina– el interés por el dominio absoluto de los productos biológicos, además de remarcar que es el área de negocios que más crecerá en los próximos años.
Fue también en el último tramo de ese mismo año que el agronegocio transgénico y basado en la aplicación de venenos, unido como pocas veces antes, hizo explícita su decisión de hacerse con el control doméstico de estas alternativas.
En el cierre de diciembre de 2020, CASAFE, la cámara que integra a la inmensa mayoría de los productores de plaguicidas, activó una comisión de productos biológicos con participación firme de BASF, Bayer, FMC, Rizobacter, SpeedAgro, Sumitomo, Summit Agro, Syngenta y UPL.
A través de un comunicado, la entidad reconoció un pronóstico de crecimiento de la demanda global de bioinsumos del orden del 14 por ciento anual. CASAFE afirmó, además, que casi el 75 por ciento de sus socios “invierte en soluciones biológicas que contemplan una agricultura orgánica además de la tradicional”.
La irrupción de CASAFE tomó por sorpresa a la Cámara Argentina de Bioinsumos (CABIO), que nuclea a la mayoría de las firmas del segmento. Hubo un medirse los protagonismos que no llegó a mayores. Con el correr de las semanas, ambas entidades comenzaron a tirar para el mismo lado. 
Después de todo, buena parte de las empresas que integran CABIO mantienen vínculos con las dueñas de los pesticidas que conforman CASAFE. Un ejemplo: Barenbrug, de origen neerlandés, cuenta con participación accionaria de Dow desde noviembre de 2012. Por su parte, la alemana Helm es socia de Cargill en Qore, una empresa de bioinsumos operativa en los Estados Unidos. Rizobacter, clave en CASAFE, también es miembro de CABIO.
Hay más: Fitoquímica, también parte de la Cámara Argentina de Bioinsumos, dice presente en CIAFA, la gemela de CASAFE en cuanto a representación de las empresas que fabrican, formulan o comercializan agrotóxicos. Comparte espacio con Agrofina, la fabricante de plaguicidas del Grupo Los Grobo, ADAMA, FARM, la estatal YPF y la multinacional india UPL –también parte de CASAFE–, entre otras.
La interrelación hace a los actores parte de una misma cosa. Aunque las urgencias están de un solo lado: el que ocupan las compañías de los plaguicidas, que no quieren perder el reinado. 
Por eso compran, participan, cooptan, tejen alianzas, promueven o intervienen entidades. Todos los recursos son válidos para un segmento que, a nivel doméstico, logró hacerse con el predominio productivo y económico en poco más de 25 años. A nivel planeta llevan un poco más de tiempo. 
Retener el negocio de la agricultura a mediana y gran escala es la consigna. A como dé lugar. 
El movimiento diseñado para lograr esto ocurre adelante nuestro. 
Redefinición del modelo para una continuidad perpetua. Mismo yugo, mismos nombres. Con maquillaje verde de ocasión. Los nombres que nos situaron en situación de ocaso. Esos que ahora dicen de sí mismos, publicitan, que son los únicos indicados para salvar lo que poco queda vivo del territorio que habitamos.

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