Crecida

Para el que mira sin ver, 
la tierra es tierra nomás
Atahualpa Yupanqui

A la orilla de la ruta está el río, y a la vera de la ruta, mirado por el río, está el puestero.
La tarde es calurosa, típica del verano en la sierra. El puestero es oriundo del pueblo de Los Reartes, escondido en las sierras.
La mayoría de sus vecinos, y familiares se fue yendo, en la última década, en busca de algún trabajo menos sacrificado, que no esté a merced de los incendios, de las crecidas y, sobre todo, de las sequías. Y también, por supuesto, huyendo de la epidemia pedante de los turistas ricachones.
Pero el puestero nunca quiso dejar sus sierras. Cada vez que pasó más de un día lejos, sintió que una parte de él se asfixiaba. Sucede que él, a sus años, aún no entiende cómo pueden los demás verse como algo separado del paisaje. Cómo pueden admirar desde lejos, como si fuera una pantalla. Él se ha sentido siempre parte de la sierra y, sobre todo, del río.
El puestero se ceba un mate y mastica, con paciencia, un yuyo. Amasa las tortillas, sopla el brasero.
De pronto, ve acercarse a un grupo de jóvenes, colorados y cargados, que se van acercando por la ruta, como en una procesión de penitentes. Él, ya por el andar, los reconoce: son forasteros. Pero, a medida que se acercan, observa que no tienen el perfil típico de los turistas ricachones. Y no está errado: son escritores.
Los escritores están de paseo en el pueblo. Pusieron como excusa una lectura en un bar del centro, donde (como esperaban) no vendieron más de dos libros cada uno. No recaudaron  ni para los pasajes, pero saben que siempre viene bien una excusa para viajar con la literatura y, sobre todo, con los amigos.
Cuando llegan al río, pasan por el puesto, son muy amables y sonrientes, le compran dos tortillas.
— Muchas gracias, con esto nos sentimos como en casa.
— ¿De dónde son?
— Somos de Buenos Aires, Chivilcoy, Mendoza y Chaco.
— El famoso de cada pueblo, un paisano.
— Tal cual
Y mientras le envuelve la tortilla, le dice a la petisa:
— Tome, señorita, y tenga cuidado con la crecida. Si ve que empiezan a venir ramitas, basurita, levante todo y salga de raje. Mire que la corriente no distingue, no perdona, no espera.
— Muchas gracias, voy a estar atenta.
Los escritores son cuatro: la morocha mendocina, que encontró en las letras un punto de fuga frente a la maldición de las miradas en las persianas y las lenguas bífidas de su pueblo chico, infierno grande. Algo similar al rubio, que sobrevivió al yugo de ser el puto del pueblo. Su novio, el flaquito de Chivilcoy, es poeta. Trabaja en una oficina y sólo escribe por placer. Acompaña al rubio cuando puede tomarse unos días. Y está la petisa, la rea, crecida en el conurbano, que se siente siempre una colada en los ámbitos literarios porque ha sufrido el desprecio con el que los academicistas le hacen sentir que entró por la puerta de servicio.
Los cuatro llegan al río, acomodan la mantita en la arena y enseguida se ponen a tomar vino. Se sacan la ropa y, mientras toman sol, inventan un juego de definiciones, como el diccionario, pero poético: hay que empezar con la última palabra de la definición anterior.
Pasado: todo lo que nos hace. Donde empieza el carretel que nos separa de la muerte.
Muerte: la única certeza, la mentira más definitiva, el miedo más viejo.
Vejez: la tarde al día, la resaca de la adrenalina de la juventud
Juventud: divino tesoro
Tesoro: la sustancia que puedas sacarle a cada minutos de tus días
Días: apellido de Bruno, el alter ego de Batman, el señor de la noche.
Noche: la casa donde duermen los sueños. Y los días.
Orillando sus carcajadas, está la mirada curiosa del puestero, que tiene una botella de agua en un termo de Telgopor. Él está afligido porque la perra está embichada, y llevarla al veterinario sale una fortuna. Hace días que la ve sufrir mucho, pero no se anima a pegarle un tiro. ¿Cómo atreverse a definir el límite de la vejez y la muerte? ¿Cómo cometer semejante acto de omnipotencia pero, a la vez, de misericordia?
Todo esto lo escribe en un cuaderno. Hace poco perdió a su esposa y, como no tiene con quién hablar de cómo fue su día, se compró un cuaderno. Se resistió muchísimo. Ya de pibe, en la escuela, la escritura y los libros le parecían asuntos ajenos. Siempre le fascinaron las historias, pero como no sabía leer bien de corrido en voz alta, y en la escuela lo cargaban, le tomó idea a la lectura.
Hace un tiempo, la soledad empezó a calar hondo.
Entonces, después de muchas vacilaciones, se dejó vencer y lo compró.
En el cuaderno escribe un diario de todo lo que sucede a lo largo de la jornada. Pero, sin darse cuenta, empezó a escribir también lo que le pasa a él con lo que sucede.
Los escritores empiezan a sentir el cuerpo blando, la boca floja y empiezan a reírse de cualquier cosa. La mendocina se quedó dormida y el rubio toma sol apoyado en el pecho de su novio. La petisa quiere tomar mate, siente que ya fue suficiente el vino, se mete en el río para que se le vaya un poco el mareo.
El puestero cierra los ojos, dormita por un rato y, cuando los abre, ve que se acerca la escritora petisa.
— ¡Hola! Buenas tardes. ¿No me vende agua caliente para el mate?
— A usted se la regalo. Vio lo que dicen, un abrazo y un vaso de agua no se le niega a nadie. En este caso sería un termo de agua.
— Muchas gracias.
— ¿Están descansando? ¿Los trata bien el río?
— En realidad, con la excusa de trabajar un poco aprovechamos para descansar. Veníamos en una combi, pero las últimas cuadras las hicimos caminando, porque estaba cortada la ruta. Qué silencio en la siesta, ¿no? ¿No se le hace largo el día?
-Pero ¿para qué querría que sea más corto?
— Y… para aprovechar, para descansar, leer, salir.
— Yo no puedo imaginar algo más provechoso que trabajar con el sonido del río haciéndome compañía. ¿Conoce ese cuento?
Una vez estaba un santiagueño descansando a la sombra de un árbol. Entonces se acercó un turista indignado:
—Mirá -le dijo el turista- con todas esas cabras, ¡la plata que podrías hacer! Sacando la leche, fabricando queso y vendiendo al por mayor.
—¿Y para qué? — contesta el paisano.
—¡Para acumular capital!
—¿Y para qué quiero acumular capital? —preguntó el paisano.
—Para comprar máquinas y levantar instalaciones industriales.
—¿Y para qué quiero todo eso?
—¡Hombre, con eso ganarías un dineral y pronto podrías abrir sucursales por todos los pueblos de alrededor!
—¿Y para qué? —sigue el paisano.
—Porque con una empresa grande, con muchas sucursales, tendrías ingresos de dinero por muchas partes, ¡y así te convertirías en millonario!
—¿Y para qué quiero ser millonario? —le preguntó el paisano.
—¡Para descansar! Cuando sos millonario, ya no tenés que hacer nada. Tendrás muchos que trabajan para vos, y podés dedicarte solamente a descansar… ¡A descansar tranquilo! —se entusiasmó el turista.
Y le contestó el paisano:
— ¿Y qué creés que estoy haciendo ahora? La petisa sonríe y le dice:
— Y sí, tal cual. El que sabe, sabe. Y el que no, escribe, ¿no? La petisa agarra el termo, le sonríe y pega la  vuelta.
Cuando está de espaldas, escucha al puestero que le grita:
—Acuérdese de estar atenta al río. Mire que está medio raro el día. Esas nubes allá en la sierra no me gustan nada.
— Gracias, voy a estar atenta.
En sus palabras, el puestero puede sentirlo. A ese ruido que tiene la gente de la ciudad, ese tráfico que acelera, toca bocinas. Son como perros desorientados por la pirotecnia frenética de su cabeza. Es como con el río. Quizá a veces el sonido no está afuera, sino en quien lo escucha. Entonces el puestero escribe:
Cuando escucho el río, oigo una música que vive ahí y me tranquiliza. Es como si volviera al lugar donde estuve antes de nacer. Nomás hay que prestar atención y dejar que el sonido del río lo atraviese a uno. Ahora, si se quiere escuchar con el entendimiento, no es posible. 
Para el que mira sin ver, el río es agua, nomás.
El puestero se entretiene prendiendo el fuego, se hace unas papas y un chorizo a las brasas. Cuando mira el cielo, se da cuenta de que ya pasó el mediodía, que ya deben ser las cuatro, por la posición del sol. Nunca quiso comprarse reloj. Se acuerda de las discusiones con su esposa y escribe en el cuaderno:
El hombre moderno: 
Desde que tienen relojes, no miran el cielo. Desde que tienen esos bichos móviles que los dominan, dejaron de hacer cuentas, de aprender el idioma de las estrellas, de escuchar el silencio. No saben pescar ni plantar. Andan desesperados por alcanzar el éxito y llegar a la cumbre sin transitar el camino. Manejan veinte programas de entretenimiento, pero no saben cómo tratarse sin lastimarse. Me pregunto cómo pueden vivir así. Pero lo que más me llama la atención es la soberbia con la que me aseguran que soy yo el atrasado.
El puestero, de pronto, levanta la vista y ve que se está empezando a ensuciar la corriente. Comienza a levantar todo y grita, desaforado. Hace señas pero ninguno, ni siquiera la petisa, lo mira.
Se ve que los escritores se habían quedado dormidos en el sol y sin protector, porque están todos colorados. Cuando se despiertan, ven que la corriente les llevó los sombreros y se ponen a perseguirlos, en vano. La petisa, de golpe, ve los palitos y se acuerda de la advertencia del puestero. Levanta la vista y lo ve, a lo lejos, haciendo señas con las manos.
Entonces, sin tregua, el agua empieza a crecer, a llevarse todo. La corriente se vuelve inmensa, como si estuviera pariendo y hubiera roto la bolsa, y con su furia arrasa todo lo que encuentra. La petisa, mientras corre desesperada, no puede dejar de maravillarse del costado salvaje que esconde el río y que dejó ver, al desnudarse, en un instante. Quizá no seamos tan distintos, piensa.
Los escritores dejan todo detrás, corren, saltando por las piedras, resbalando con la arena, intentando llegar al puente. El puestero se acerca, les extiende la mano, y los ayuda a subir, uno a uno. Cuando ya están todos a salvo, se trepan arriba del techo del puesto, que él construyó para cuando sucede la crecida. Los cinco, en silencio, ven pasar a sus pies el inmenso oleaje turbio de la corriente que avanza y borra las orillas.
El puestero, de pronto, oye un sollozo. Es la petisa, que recién vio pasar su cuaderno con sus escritos de los últimos ocho meses, arrastrado por la corriente. El puestero apoya la mano en su hombro, saca de su canasta su cuaderno y se lo da en la mano.
— Tome, señorita; no llore, este es mío, se lo regalo.
En ese momento, la petisa se siente mezquina y tonta.
— Gracias. Dígame Nina, ese es mi nombre.
Le sonríe y abraza el cuaderno contra el pecho.
A lo lejos se ve venir la combi que mandó la municipalidad para levantar a los evacuados. El puestero los escolta, los ve subir y, antes de irse, la petisa le pregunta si no viene. Él le contesta que no, gracias, que se va a la sierra. Que tiene un asunto que arreglar con su perra.
Mientras ve alejarse la combi, piensa:
Me gustaría que estuvieras acá, vieja, para contarte que estoy contento porque tengo una corazonada. Estoy seguro de que hoy agarro en la quiniela el sesenta y dos. Y porque creo que, si tengo suerte, en una de esas, la petisa lee mi cuaderno y andá a saber, por ahí ella escribe mi historia.

Un relato de Nina Ferrari
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