Digamos todo

El forro de mi jefe se inyecta café intravenoso y se baña en perfume importado, pero a nosotros no nos deja poner sahumerios porque dice que eso huele a rancho, ni tomar mate porque eso es cosa de vagos.
Vive a las corridas, hace cuentas con los codos y juicios con la mirada.  Disfraza a las agresiones de chistes, esquiva todo lo que lo incomoda, pisa a fondo el acelerador para subirse la libido, sale a correr para escaparse de su pasado.
Pero, eso sí: el señor goza de la solvencia que no tuvo ninguno de sus antepasados.
El forro de mi jefe, nos recuerda todos los días que tenemos que estarles agradecidos por cuidar nuestros puestos de trabajo. En cada reunión de personal repite su monólogo interno cien veces ensayado, no escucha otros puntos de vista, habla mucho y habla lindo, pero no dice nada. Solo le interesa conversar cuando él es el protagonista de la anécdota. Cada dos oraciones, resalta su jerarquía, porque necesita relamerse en su poder para que la pija se le pare. 
Pero eso sí, el muy señor se sabe de memoria los versos de Quevedo y de Machado.
Nos mira el escote y las calzas a todas las empleadas, busca siempre excusas para quedarse a solas con nosotras en su oficina y de paso ver si puede meter bocado. Tiene más amantes que cuentas bancarias. Se rumorea que el año pasado una empelada lo denunció porque le ofreció acercarla hasta la casa un día de tormenta, a cambio de pajearlo un rato.
Pero eso sí, el muy señor sonríe junto a su jermu en la vidriera digital repleta de éxito plastificado.
Se queja de que ya no existe la cultura del trabajo, insiste en que al pobre hay que enseñarle a pescar y no darle el pescado. Despotrica contra los políticos y la corrupción mientras le consulta al abogado cómo hace para contratar gente nueva sin tener que ponerla en blanco. Se supone siempre parte de la solución y nunca del problema. No está dispuesto a postergar su placer ni un minuto por el otro.
Pero eso sí, el Señor es el abanderado de los valores morales y los buenos modales.
Huérfano de fe, se mofa de las supersticiones de la plebe; se relame en su discurso, se masturba en su razón, y con el ego inflado sale a despreciar todo con lo que no se siente identificado. Se compró en cómodas cuotas el modelo Stacy Malibú de éxito  neoliberal que hace agua por todos lados.
Pero eso sí, el señor aporta religiosamente todos los meses a la Ong que le expropia a los cirujas, el caballo y hace años que dejó de comer carne y alimentos procesados.
Se mandó a traer del Tíbet un cuenco para ahuyentar las malas vibras, anda descalzo para conectar con la tierra y hace yoga tres veces por semana. Cuando el gurú de la aplicación se pregunta qué cree que nos habrán amputado, para necesitar permanentemente consumir abusivamente todo (cosas, personas, agrados), él susurra “namasté”, pero para adentro piensa “qué pescado este pelado”.
Cada vez que la noción de la muerte lo acorrala, entra en pánico, huye a comprar un chiche nuevo para calmarse los nervios y una bolsita de autoestima sintética para aspirar escondido en el baño.
Pero eso sí: el Señor ya tiene paga la sepultura en el mejor cementerio privado.

Un relato de Nina Ferrari
Encontrá los libros de la escritora en libreriasudestada.com.ar

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

Tlali, la Mujer Originaria

Leer siguiente

En la urna no entra el desastre: omisión, doble discurso y extractivismo