Full time

Las playas de Santa Clara son mis preferidas de la costa atlántica: una llanura sin pretensiones  que contempla y contiene el amplio espectro obrero que la visita. Vine de prestado a la casa de mi amiga Naty (de otra manera hubiera sido imposible). Nos organizamos para aprovechar desde temprano. Naty le pidió a su marido que le preste la camioneta para poder cagar todo. 6 reposeras, tejo, sombrilla, esterillas, toallones, equipo de mate, paletas, libros, tabla barrenadora. Completito.
Apenas llegamos, nuestros hijos en edades similares, manejan su goce con autonomía. Pasan del tejo a darse un chapuzón, de manotear una fruta a juntar caracoles. Ya pasaron la frontera de los diez: ni se los oye. Nosotras nos embadurnamos de protector solar, nos calzamos los lentes, y pelamos la bikini, que lucimos sin pudor en esta playa familiar, donde todos los cuerpos tienen marcas del paso del tiempo y el laburo encima. No es una playa-vidriera. Por eso también la elegimos.
El día está ideal: 33 grados, despejado, la bandera amarilla nos brinda la tranquilidad de que lxs pibes pueden meterse sin vigilancia permanente. De vez en cuando se escucha la campana del carrito del vendedor de helados, alguna que otra gaviota. Pero en general el ambiente es muy tranquilo. 
Anoche nos quedamos hasta tarde chusmeando, poniéndonos al día. Habremos dormido cinco horas. Apenas siento el solcito en la cara, avanza la ola del sueño sobre mi cuerpo, y en cada respiración más prolongada, me siento arrastrada por las arenas de Morfeo.
De pronto, me sacuden  unos gritos:
—No, Nathanael, ya te dije que no te vayas solo. Vení para acá. A ver, Francisca, te dejás de boludear con el teléfono y buscás a tu hermano. Cucha Firu, cucha, no me saltés, salí, fuera.
Miro, y veo avanzar a una señora  desgarbada, con un andar cansino, que se parece mucho a Olivia de Popeye. Tiene un bebé de aproximadamente un año, otro de 3 (el escapista), otra de 8 o 9 con anteojos y aparatos y la adolescente de pelo violeta. El marido viene atrás, tranquilo, con una reposera en la mano, que apenas llega apoya, abre una revista Pronto, y se concentra en la lectura como si el bullicio de las tensiones familiares no existiera.
—A ver Susana, venga. Siéntese— le dice a la que adivino su suegra, mientras le abre una reposera con una mano (en la otra tiene al bebé a upa).
—Vengan que les pongo protector de nuevo! Grita.
Entonces toda la cría se pone en fila para que ella le pase la crema, cerrá los ojos, date vuelta, acá también, vení que no terminé.
Cuando termina, le pasa a Susana, le pregunta si necesita algo, y después le pasa al marido, que le pide que le haga masajes porque está contracturado.
—No hay colchón como el de uno y mi espalda lo sabe, dice él, sin sacar la vista de las bikinis diminutas de las adolescentes que se sacan selfies al borde del mar.
Cuando está por sentarse a pasarse el protector, ella se levanta como un resorte porque el escapista de dio flor de golpazo al tropezarse con la soga de una carpa vecina.
Mientras lo consuela, el bebé llora por efecto contagio, y la nena de los anteojos, se acerca para hacerle upa.
—Ma, tengo mucha sed. Me metí al mar y tragué agua. Tengo toda la boca salada.
—Ya voy Amor, le dice ella mientras le limpia la cara y lo consuela al escapista.
—¿Querés un helado? le pregunta, para ver si deja de llorar.
—Sí, le contesta entre mocos. Y enseguida comienza el coro “yo también, yo también”
— Bueno, se quedan acá con la abuela. Ahí vengo. Busca con una mano la billetera en el bolso
 —Pórtense bien. Mirá a tus hermanos. La púber de anteojos, con el bebé a upa asiente casi automáticamente, como un reflejo. Como quien estuviera aprendiendo un oficio. 
Veo la espalda de la madre desgarbada alejarse, cierro los ojos. El solo me quema los párpados, casi como si nos estuviera mirando con lupa. Me incorporo para buscar los lentes de sol y veo a la púber acercarse con el bebé en brazos llorando.
—Pa, Pa, Pa, repite sin lograr que el padre se inmute ni por un segundo. 
­—Qué, alcanza a decirle, sin ganas, como quien tira las sobras de su atención sin sacar la vista del plato de su interés.
—Que me parece que se hizo caca, por eso llora
—Esperá que venga tu madre.
Un grito a quemarropa desde la orilla interrumpe el diálogo. El escapista avisa a los gritos que el Firu está dele tirarle tarascones a la gente. La púber, sin vacilar un segundo, sale disparada (con el bebé a upa) a neutralizar la situación. Como un músculo que se ejercita de manera involuntaria.
Veo a lo lejos a la madre, con sus piernas de alfiler, avanzando con el paso apurado, con los seis helados en la mano, en contra de la corriente de la temperatura que los derrite sin pausa ni compasión.
Cuando pasa por al lado mío, me doy cuenta que ya adivinó la jugada desde lejos: encara directamente para la orilla. Contemple la versión moderna de la mujer orquesta: con una mano le hace upa al bebé, reparte los helados, con la otra agarra al Firu del collar mientras le limpia los mocos al escapista. Cuando se acerca otra vez a su reposera (a la que no llegó a usar nunca), agarra del bolso un pañal, unas toallas húmedas y el cambiador. 
Encara de nuevo para el parador. Yo aprovecho para ir a buscar agua caliente para el mate.
Camino a su lado, y cuando me mira, le sonrío. Como quien habilita un pase. Ella me devuelve la sonrisa.
—¡Qué calor, eh! Terrible.
—La única manera de soportarlo es en el agua.
—Sí, la verdad. Igual yo no puedo meterme porque estoy recién operada de la vejiga.
Cuando estamos por llegar a la escalera, le extiendo la mano, para que me dé el bolso, o el bebé, o por lo menos se apoye.
—No, gracias, puedo, puedo, me dice.
 Y entonces sentimos unos pasos a nuestras espaldas.
—Ma, yo también necesito ir al baño. Creo que me vino, le dice la púber.
—Bueno Amor, tranquila, no pasa nada. Yo ahora te compro toallitas, y si te manchaste, me voy al camping a buscarte ropa. No te preocupes. Cosa de mujeres.
—Gracias ma.
—Qué cosa, eh. No descansamos nunca, atino a decirle.
—Ah no, Te digo la verdad. Yo espero que empiecen las clases. Ahí yo recién puedo descansar un poco. El trabajo de madre es full time: no tiene vacaciones ni feriados.
—El patriarcado no se toma vacaciones, pienso.  Pero no le digo nada.

Un relato de Nina Ferrari
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