La amanecida

Olmo Calvo

—Anoche soñé con campanas y con fuego.
En la cocina, la pava chillando. Un fuentón de ropa, un pela papas, una bolsa azul de nylon con dos kilos de osobuco.
En el tacho, una cáscara de banana que se asoma desde la bolsa del tacho de basura..
En la pared, una tele encendida que pasa la Pantera Rosa.
—Me encanta esa zamba que dice al aire da su ternura, si pasa sobre la arena y va pisando la luna susurra, mientras se acaricia la panza.
La plancha a vapor  alisa la única camisa sin manchar y almidonada que queda  sobre el mantel cuadrillé.
El humo del pan de las tostadas que se incendian, en el apuro por sacarlas, la nena se quema y le florece una ampolla en el dedo.
Un soplo en el dedo y un beso en la frente para curar el llanto.
—Hoy me dio por limpiar todo como una loca y por caminar, como cuarenta cuadras habré hecho en total.
En la mesa, un mate cocido tibio, un pan tostado con manteca y dulce en un plato de madera. 
Un mazo de cartas sobre un anotador con dibujos de las Tortugas Ninjas.
Un cuaderno tapa blanda, siete letras recortadas, y una cascarita de plasticola en la punta de los dedos.
La panza  se pone dura cada cinco minutos, el dolor que crece , 
—Tranquila, no pasa nada, ya llega papi. Son unas puntadas en la panza nomás, dice con una sonrisa que disimula las puntadas.
Afuera, el los aullidos de los perros, el crepitar del paso del carro del botellero   por la calle de tierra.
Doce pitidos en la radio. El himno nacional. un pronóstico que anuncia tormenta.
Una puerta que se abre. El chiflido del viento frío que se cuela.
—Llegué lo más rápido que pude, negra. ¿Cada cuánto son?
— Cada diez, doce
—Ya estamos. Vos sabés que recién nomás, cuando llegué a casa, acá en la puerta había seis caballos blancos.
En la silla, una soga embarrada.
En el bolsillo de la campera blanca, una birome para sacar la bosta de la suela de los borcegos.
En el oído, un secreto:
—Andá, acostate, negro, acostá a la nena, que todavía falta. Yo me la aguanto. No quiero que me vea sufriendo.
En la cama, una muñeca que se está quedando pelada, una caja de cartón como cuna, un pijama de lunares debajo de la almohada.
Un silencio ciego que amordaza  la madrugada.
Para poder amar, sí que es preciso olvidar. Si recordáramos el dolor, nunca hubiéramos salido de la primera cueva, piensa mientras se masajea las piernas
Un río amniótico bajando por las piernas hasta inundar el piso de toda la cocina.
—Levantate negro, ya se viene, dejá, la tenemos acá nomás en casa.
Un camisón que se va tiñendo de rojo. Un reloj que marca las seis, un grito descarnado, un haz de luz que inunda el cuarto.
El cacareo del gallo, un rayo naranja posado en el cachete, un párpado aún cerrado.
Un cielo que se pinta de seis colores en el instante mismo del alumbramiento.
Un llanto que anuncia el fin del dolor y la llegada de toda la dicha y toda la esperanza.
—Es preciosa. Igualita a vos. ¿Nombre pensate?
— Se  va a llamar Alba. Porque del otro lado del horizonte tiñeron el cielo para su llegada justo cuando la cosa se nos estaba poniendo oscura.
—El mundo se está poniendo bravo, negra, y por suerte nos van llegando los refuerzos.
—Y también porque mientras pujaba no paraba de acordarme de la peña donde bailamos la primera zamba. 
—Por ahí nunca te lo dije, pero ese día sentí que me plantaba. Pensé ya está,  de acá no me muevo, con esta me quedo.
—Mi negro. Y vos sabés que justo en la  coronación, se me vino el nombre . ¿Vos te acordás?
—Sí, cómo me voy a olvidar. La peña de Pompeya, negra. La amanecida, se llamaba.

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

Los patrones de Corrientes

Leer siguiente

“No nos conforma este mundo en que vivimos”