La voz sanadora

En el tercer piso del hospital Antula la gente se moría menos. Al final de cada mes, las estadísticas lo confirmaban: en el tercer piso, el número de fallecidos era considerablemente menor. Frente a esta situación, el director intentó pensar la hipótesis lo menos descabellada posible (como le habían enseñado en la facultad de medicina, “si escuchamos galopar, primero pensemos en caballos, y luego en cebras”). Creyó que seguramente se debía al jefe de terapia intensiva de ese piso, entonces ordenó inmediatamente que lo cambiaran. Sin embargo, a fin de mes, las estadísticas seguían arrojando los mismos resultados. En el tercer piso, la gente se moría menos. Después pensó que quizá el tema era la comida, pero los trabajadores de la cocina le aseguraron que no había diferencia alguna entre los menúes de los pisos del hospital, y para que se quede tranquilo, se comprometieron a que todo el personal del hospital comiera lo mismo que los pacientes por un mes. Sin embargo, todo igual: en el tercer piso, la gente se moría menos. Pasaron los meses, y el director pasó de inquietarse a obsesionarse con el tema. Pensó en el agua, mandó a limpiar las cañerías. En la higiene, mandó a reforzar la limpieza, contratar más personal y extremar cuidados. Hasta pensó en intercambiar las máquinas de las salas y quirófanos. Pero, los resultados eran los mismos: la gente del tercer piso, se moría menos. El director se negaba rotundamente a dar lugar a explicaciones esotéricas y/o metafísicas, así que decidió cortar por lo sano: instaló cámaras en todos los rincones del hospital. Se dedicó a mirar las filmaciones durante todo el mes, y finalmente, después de una observación minuciosa, dio con una pista: en el tercer piso durante el turno de la noche, un joven ambulanciero, les cantaba a través del vidrio a los pacientes para que no se sintieran tan solos. Con lágrimas en los ojos, el director comprobó cuál había sido su error inicial: al escuchar galopar los latidos de la pulsión de vida aferrándose, había pensado en máquinas, conspiraciones, fórmulas, y en ningún momento, se le había cruzado recordar, que lo que nos salva la vida, desde que el mundo es mundo, es el apego.

Un relato de Nina Ferrari
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