Lo amerita

— Hola amor, estoy yendo para allá.
— ¿Qué pasó negro, por qué estás llorando? No me asustes.
— Ahora te explico, en cinco llego.
Siempre odié las llamadas a la madrugada.
Debe ser porque todas las malas noticias me llegaron siempre en esa franja horaria: el voto no positivo, a las 5:00; la muerte de mi vieja a las 2:00, el accidente de mi viejo a las 4:00.
Por eso las odio, porque les temo. 
Supongo que también es por eso que hace diez años que tomo pastillas para dormir. Pero esa noche me olvidé de tomarlas. Estaba tan furiosa que me fui a acostar arrebatada: sin revisar las puertas, ni que el gas esté cerrado y los pibes durmiendo. No tomé ninguna. Ni el clona, ni la de la presión, ni la anticonceptiva, ni la de la tiroides. Me olvidé completamente. Me tumbé como un perro rabioso sobre la espuma de mi propia ira, masticando ideas e imaginando réplicas.  
Estaba muy enojada. Veníamos peleando hacía varios días. Todo era una excusa para volver a gruñirnos: que por qué no pusiste el lavado, que cómo puede ser que otra vez te olvidaste de pagar el seguro, que ya te dije que no metas mano sin saber, que si siempre me consultás todo entonces la carga mental sigue siendo mía.
Él estaba muy nervioso, hacía varias semanas que en la fábrica crecía el run run de que se venían los despidos, y yo como siempre a las corridas, tapada de laburo. Un poco por las obligaciones de cualquier vida adulta, pero también como una forma eficaz de mantener distraídas a dos o tres preguntas que no quería hacerme.
Además de la casa, el laburo y los chicos, ahora le sumaba un proyecto de asistencia a las víctimas de violencia de género (no remunerado, por supuesto, para variar) lo cual implicaba que iba a tener que irme todos los sábados a la mañana. Esa fue la gota que derramó un océano.
— Mirá, vos hacé lo que quieras, pero los sábados Rami juega y Cami siempre tiene cumpleaños. Yo no hago milagros.
— Bueno, porque te ocupes una vez de tus hijos no te vas a morir.
— Ay mirá, con eso a mí no me corrés, porque le tengo contados hasta los piojos a mis hijos. Andá con el cuento del varón ausente a otro lado. 
— Claro, porque cuando vos estás con ellos estás exclusivamente con ellos. Yo, en cambio, estoy resolviendo un millón de cosas a la vez. Así cualquiera.
— ¿Y quién te pide que resuelvas todo? Sacate un poco el traje de Wonder Woman, querida, que nadie se va a morir si te relajás un poco.
Ay, cuando escuché ese “querida”. Un puñal en el tímpano. Sabe que lo odio, que me irrita que me diga así. Olor a pólvora me salía de la boca. Esto ya era una balacera.  Recordé las palabras de Sun Tzu:
“Quien conoce al  adversario  y se  conoce a sí mismo disputa cien combates sin peligro. Quien conoce al  adversario  pero no se conoce a sí mismo vence una vez y pierde otra. Quien no conoce al adversario ni se conoce a  sí  mismo es  derrotado en todas las ocasiones”.
— ¿Ah sí? Mirá vos. Bueno, cuando te quedes sin laburo quiero ver a quién le vas a ir a llorar.
— A vos seguro que no, no creo que tengas tiempo. Si te la pasás afuera. Sos igual que tu vieja, siempre queriendo salvar al mundo y dejando de lado a tu propia familia.
— ¡Qué sabés vos, callate! Sos un egoísta. Andá a sacarle pelusa a tu ombligo.
Yo sé que respondí al ataque con golpes bajos porque odio sentir que mis decisiones tienen que  pasar por una aduana antes de ser tomadas y porque odio tener que estar dando explicaciones. Pero lo que más me molesta, es que me saque la ficha y tenga razón. Siempre caigo en el mito de la heroína del rescate. Como si al recrear la escena de salvar a alguien, pudiera eliminar la culpa de no haber podido salvar a mi mamá.
Esa tarde, a la salida del trabajo, me mandó un mensaje avisando que se quedaba a dormir en lo de su hermano después del fútbol 5, así arrancaban temprano para la fábrica y metían horas extras para hacer buena letra.
Yo pensé: “ma sí, mejor, andá, no te quiero ni ver”. 
O sea, no quiero ver esa parte de mí. Me quedé masticando toda la secuencia de la discusión, elaborando estrategias dialécticas para vencerlo en la próxima contienda. Mis palabras daban vueltas sobre mi cabeza como una rueda empantanada, se empezaba a hacer de noche, así que decidí fumarme un pucho a escondidas y con eso palmé.
A las 5:00 de la madrugada sonó el teléfono. Me desperté sobresaltada. Tuve que concentrarme en respirar porque la taquicardia me paralizó.
— Hola amor, estoy yendo para allá.
— ¿Qué pasó, negro? ¿Por qué estás llorando? No me asustes.
— Ahora te explico, en cinco llego.
Apuré a ponerme la bata, tanteé la mesita de luz hasta que encontré los lentes, y así, en pantuflas y casi desnuda salí a abrirle el portón.
— ¿Qué pasa?
— La encontraron. Me acabo de fijar los mails por si había novedades de los curriculums que estuve mandando..
— ¿Estuviste mandando currículums? No me contaste nada…
— Sí, después te explico. El tema es que cuando abrí para mirar la bandeja de entrada vi que ayer había llegado el mail del ministerio con el resultado del ADN.
— ¿A tu prima? ¿La nieta de Chicharra?
— ¡Sí, amor! La Chicha ya la llamó ayer. Es santafesina la mujer. Vendedora de seguros. Tenía dudas de sus orígenes, había datos que no le cerraban. Justo empezó a ver una serie yanqui que tiene un personaje adoptado y eso le removió las dudas. Hace unos meses se decidió y fue a hacerse el análisis.
— Ay, negro no lo puedo creer.
Nos abrazamos como si hubiésemos ganado la copa del mundo. Nos miramos a los ojos, estábamos llorando como nenes. Empezamos a besarnos, me levantó a upa y me llevó a la cama. Me sacó la remera y me desabrochó el corpiño mientras me besaba el cuello.
— Negro, despacito, que están durmiendo los chicos.
— Shhh, vamos tranquilos, calladitos. 
— Ay, Negro sí, seguí ahí, así me encanta.
Cuando terminamos, fui a la cocina a buscar un pucho. Pasé por la habitación. Seguían dormidos. 
— Ya ni me acuerdo por qué estábamos peleados.
— Yo sí, pero bueno, ahora no importa.
— Me imaginaba. el día que te olvides del motivo de una discusión me voy a preocupar seriamente.
— Estás contento, mi Negro.
— No me alcanzan las palabras amor. Me desborda la emoción que siento.
— Bueno, por fin un tiro para el lado de la justicia. Vení, dame un beso. Vamos, Negro, no te duermas que en un rato tenés que salir para el laburo
— Hoy no voy. Me tomo el día.
— ¿Y qué les vas a decir?
— Que hoy no voy porque es San Nieto recuperado.
— Sos loquito, eh. Che Negro. Esperá. No te duermas.
— ¿Qué?
— No quiero cortarte el chorro, pero no nos cuidamos. Y anoche me olvidé otra vez de tomar la pastilla.
— Y bueno. Ya está, si quiere venir, que venga. Un descuido cualquiera lo tiene. A veces, la situación lo amerita.

Un relato de Nina Ferrari
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