Milanesas

Hoy mientras preparaba milanesas me estaba acordando de cuando me llevabas al trabajo. Me daba tanta intriga… Cuando me despertaba ya te habías ido, y cuando volvía del colegio había que hacer silencio “porque papá madrugó mucho y necesita descansar”. ¿Qué te irías, a las 3 de la mañana? Me encantaba cuando cambiabas el turno y me podías llevar con vos.
—No es lugar para una nena –decía mamá.
—Dejala –le decías vos. Y nos íbamos.
Me gustaba en el camino ir mirando las florcitas celestes que crecían en los baldíos de la ruta 3.
—¿Qué son, pa? ¿Qué flores son?
—Son amenabar –me decías un día.
—Son azucenas, son corona de la virgen– me decías otro día.
Y así, nos divertíamos poniéndoles nombre. Nunca supe el verdadero, es probable que sean flores de yuyo, flores anónimas. No lo sé. Y no me interesa saberlo. De todas maneras, son mis flores favoritas en el mundo. Vos te ponías el delantal y las botas blancas y me decías “quedate acá”. Y yo jugaba a ponerme una corona, ser novia, me casaba y tiraba el ramo. También jugaba a ponerles nombre a las vacas. Al rato volvías y nos íbamos a casa, de camino me comprabas un helado, era nuestro secreto. Mami y Dani nunca se enteraron. Ya en el camino de vuelta empezaban las preguntas:
—¿Y por qué se llevaron a Rigoberta con una soga?
—Ya te dije que no le pongas nombre, que no te encariñes, la llevaron a dentro porque se tenía que bañar.
—¿Y por qué a veces se escuchan como unos gritos?
—Es porque no les gusta bañarse
—¿Y por qué tenés el delantal manchado con sangre?
—Porque una quiso saltar la tranquera, se lastimó y me manché con la sangre cuando la saqué. Después llegábamos a casa y mami preparaba milanesas con puré, que era nuestra comida favorita. A mí me encantaba acompañarte. No entendía qué era lo qué hacías pero ¿qué importaba? Con eso me comprabas helados secretos. Te regalaban un montón de churrascos y
milanesas (que siguen siendo nuestra comida favorita), chorizos, ¡de todo! Y si alguien me preguntaba:
—¿De qué trabaja tu papá?
—Con vacas.
Y ahí se terminaba el asunto. Hasta que un día en sexto grado la señorita nos estaba dando una clase de sociales y nos preguntaba uno por uno de qué trabajan en casa. Cuando me tocó a mí yo dije:
—En el campo, con vacas.
Y saltó la cogotuda de Estefanía y dijo:
—¡Qué hambre, tu papá es matarife!
Todos se rieron. Se dio vuelta, me miró, y me dijo con los labios:
—Pobre.
Cómo lloré ese día. Nunca lo conté, hasta ahora. Después empecé a sentir vergüenza de decir de dónde era. No quería decir de Moreno. Prefería decir soy de “zona oeste” o “camino a Luján”. Sobre todo si estaba en un boliche o hablando con alguien que recién conocía.
Ahora que crecí me doy cuenta, claro. De lo tonta que fui. Y siento vergüenza de mi vergüenza. Y también pienso en que ahora sé qué le contestaría a Estefanía.
Siempre las respuestas perfectas llegan años después:
—¿Sabés qué? En el fondo me das pena. Pobre Estefanía, seguro no sabe lo que es cabalgar por las praderas fosforescentes
del atardecer morenense, en la inmensidad de una espalda. Ni quedarse dormida con el latido del bombo pecho adentro, en la siesta del río misionero. Ni cómo es flotar con unas botas blancas gigantes, entre asteroides, estrellas y cometas.
Pobre Estefanía, pienso ahora. La pobre nunca tuvo más que dinero. Ojalá ella, algún día, tenga la suerte de conocer un héroe
de verdad. Como vos, esos que no tienen capa o antifaces. Los que usan borcegos, botas, delantales. Los que despiertan al mundo cuando está aún apagado y lo cargan en sus espaldas, porque el deber los llama. Los que son duros, los que tienen fuerza, manos de acero y piel de cuero. Los que ya se olvidaron hace rato lo que es el dolor, casi no lo sienten.
Los que siempre protegen al más chico, cueste lo que cueste. Los que, es cierto, no son perfectos ni célebres. No salen en los diarios ni en la tele. Los que, eso sí: nunca, pero nunca, se los vio rendirse.

Un relato de Nina Ferrari
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