Misceláneas conurbanas

Salgo con el tiempo justo a buscar a mi hijo al colegio, y en el boulevard de la calle de tierra de la vuelta de casa, mientras apuro el paso, me encuentro con esta escena:
Una mamá lleva en un cochecito de bebé, la caja con la mercadería (alimentos no perecederos) que entregaron en la escuela de la esquina. Detrás, vienen jugando dos niños, que adivino son sus hijos. El gordito va caminando para atrás, riéndose con todo el cuerpo, mientras juega a tirarle unas bolitas  (o semillas o no sé bien qué son, con mi hijo las bautizamos “cachirulos”) de los árboles Liquid Ámbar al otro que viene detrás.
Se ríe como loco, le causa mucha risa imaginar que son bombas, hacer primero el silbido y luego la explosión, cuando le emboca al otro (que adivino su hermano o primo) en la cabeza.
Tan entusiasmado está, tan comprometido con el juego, que no advierte un pedazo de hormigón que hay en el sendero, y se cae, redondo, al piso.
Se hace un silencio, me apuro a tenderle una mano, preocupada, pero al segundo comienza a reírse a carcajadas, otra vez.
—Uy, me maté, dice, mientras se ríe.
—Ay Emir, ¿qué pasó, otra vez?— le pregunta la madre.
No lo vi y me caí con todo ma, le dice, y larga otra vez la carcajada, que contagia a la madre, y mientras lo abraza y le da un besito en la frente le dice:
—Siempre lo mismo vos Emir, dos pasos y una caída.
Entonces nos reímos todos. Mientras doblo, lo miro de reojo al gordito y no puedo evitar recordar aquel poema  de Tagore
Una vez, mientras yo estaba enterrando a uno de mis egos,
se acercó a mí el sepulturero, para decirme:
—De todos los que vienen aquí a enterrar a sus egos muertos,
sólo tú me eres simpático.
—Me halagas mucho -le repliqué-;
pero, ¿por qué te inspiro tanta simpatía?
—Porque todos llegan aquí llorando -me contestó el sepulturero-,
y se van llorando;
sólo tú llegas
riendo, y te marchas riendo, cada vez. 
Enseguida  pienso: Ay, Emir, si supieras,  aunque no hayamos  nacido del mismo padre ni de la misma madre, vos, y yo, somos hermanos.

 ***

Corto camino por la plaza, y veo a unos hermanitos que reparten estampitas en el tren Sarmiento que se tomaron un descanso, sentados en la fuente. 
A pesar del frío otoñal, se sacan las ojotas y se meten a jugar. Se salpican entre risas, y aprovechan para refrescarse. También para darse el único baño que seguramente tendrán en semanas.
De pronto, el más chiquito de los tres se agacha y levanta una moneda. Llama a los otros dos y se las muestra.
—Miren lo que encontré. De cinco pesos.
Entonces, la más grande se la saca de la mano y la vuelve a arrojar al agua.
—No, esas monedas no se pueden agarrar.
—¿Por qué no? -le pregunta, con enojo, el más petiso.
—Porque esos, son los deseos de la gente.

                                                            ***

 En la puerta del colegio, me comenta Adriana, la auxiliar:
-Yo ya estoy perdiendo la fe en la humanidad . Imagínese que llegan niños hechos sopa, tapados de barro, porque hicieron veinte cuadras para poder comer. Y lo que le molesta a esa señora es que se le vaya a ensuciar el piso.
– Cómo hablan de nosotros, nuestras prioridades.

                                                           ****

A la vuelta me lo cruzo a Chicho, el canillita del barrio, que está dele toser como perro:
—Qué feo se escucha eso, le digo.
—Ya SÉ. La doctora me dice que para curarme tengo que dejar el cigarrillo. Pero, ¿Cómo le explico que es el único que me acompaña cada vez que me quedo solo?

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