Ojos de trinchera

Nana llega a las putedas y con la lengua afuera: hace varios días que el auto la viene dejando de garpe. Primero, fue la caja de cambio, (decí que justo se le terminó de falsear en la puerta de la casa, y los vecinos la ayudaron a empujarlo de nuevo para el garaje de la casa). Después, se le cagó la bomba de nafta, por cargarle tan poco y pasarlo a gas enseguida (de eso se dio cuenta un playero y, por suerte, no pasó a mayores). Y bueno, la última, el broche de oro: palmó la batería (decí que fue justo el feriado pasado, que estaba por ir al súper y no saliendo con los minutos contados al laburo). “Este auto tiene vida, parece que supiera”, piensa Nana, siempre. Por más que está viejito y la hace renegar, ella lo quiere. Le fue tomando cariño, como suele pasar, a fuerza de acumular recuerdos. Nana llega a las putedas, con la lengua afuera, porque son 12.58 y el local de baterías cierra a las 13.
—No pasa nada, querida, pasá, le dice el señor, con una amabilidad que le hace sospechar que es el dueño del local.
—Gracias. Es viejito pero lo quiero, me anda haciendo renegar.
Y entonces, mientras el empleado se pone a sacar la batería y hacer el cambio, se ponen a charlar. Del frío, de los casos, de Maradona, del coche. De pronto, él está por decirle algo, y se frena.
—¿Qué pasó? ¿Qué me iba a decir? ¿Era una mala palabra? No se preocupe que yo vengo de familia de puteadores.
—No… nada que ver. Te iba a decir algo, pero me da no sé qué. Vas a pensar que es una pavada.
—Dígame, ahora no me quiero quedar con la intriga…
—Bueno, quería decirle que desde que llegó no puedo dejar de pensar que tiene los mismos ojos que mi compañero de trinchera. Soy ex combatiente de Malvinas.
—¿No habrá sido compañero de Carlos Ortiz, usted, no?
Se quedó helado. Como si hubiera visto un fantasma. Y quebró en llanto.
—Usted no va a creerlo, pero él creía que no iba a sobrevivir, entonces le escribió una carta a su esposa y me la dio a mí. Entonces Nana, al descubrir la casualidad más causal del mundo, se largó a llorar también. Le pidió por favor que algún día se encuentren así le da la carta. Cuando quiso pagarle la batería, él le dijo que ni loco le cobra, que haberla encontrado y saber que su compañero vive le dio a él diez años más de carga de batería de vida. Se sube al auto, arranca. Le da un beso al volante.
—¿No te digo yo, que te quiero con el alma, que tenés vida? Mirá todo lo que hiciste, para que hoy yo venga acá, a encontrarme con mi destino.

(La historia de un twit sobre una herida que sigue abierta)

Un relato de Nina Ferrari
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