Pampa Miserere

Por favor que no diga mi nombre, que no lo diga, por favor no.
La herida solo me duele solo cuando la toco. O si pienso en eso.
Hace tanto que las piernas me duelen, que ya las dejé de sentir. Es como si tuviera medio cuerpo enterrado debajo de la arena. La venda me aprieta mucho, tengo miedo que de tanta presión se me exploten las córneas y me quede ciego. En la boca todo el tiempo tengo gusto a barro y sangre, escupo y respiro, escupo y aguanto.
Por momentos siento que me estoy acomodando al dolor.
Trato de mantenerme de pie, acá en esto que adivino que es un corral, por el olor a bosta y barro. Al lado tengo un caballo, gracias a Dios tengo al bicho que me acompaña.
Suena un tiro. 
Escucho gritos, a lo lejos. El cuerpo tiembla, solo. Yo le doy la orden al cerebro, para que se detenga, pero nada. Esto se ve que está antes. No quiero que el temblor levante la perdiz. Me tengo que volver invisible si quiero sobrevivir.
Por favor que no diga mi nombre, que no lo diga, por favor.
Silencio. Respiro aliviado. El dolor vuelve como un ardor punzante. Respiro.
Yo tengo la sensación de que estamos en Trelew. No me preguntes por qué, pero hay algo del olor, del clima y el ambiente que me recuerda a ese pueblo. Veníamos acá de chicos con mis hermanos. ¿Dónde estarán ellos ahora? La venda me hace picar el ojo, trato de mover la cabeza para desajustarla, pero nada. Me acuerdo que veníamos en el verano, ni relojes teníamos. Jugábamos horas y horas sin parar. Nuestra referencia era “si suena el gallo ya está por amanecer, si suena el grillo, se hizo de noche”. Ni luz teníamos. Campo cerrado.
Escucho pisadas. Parecen botas aplastando los pastizales. Cierro los ojos, rezo.
Ruego que lo que tenga que pasar, pase rápido. Fantaseo con que el caballo me desmaye de una patada, o que me electrocute un rayo. O que venga alguien a rescatarme. El temblor, la taquicardia y ya no se aguantan. A esta altura, estoy dispuesto a suicidar la parte de mí que haga falta, entrego lo que sea con tal de que se termine esta agonía. Con los ojos cerrados y los labios apretados, aguardo un milagro.
Por favor que no diga mi nombre, que no lo diga, por favor. 
-Señor. Señor.
– ¿Qué pasa?
– Llegamos. Estación Once.
– Uh puta me quedé dormido.  Tenía que bajarme en Flores. Gracias,  señorita.

Un relato de Nina Ferrari
Encontrá los libros de la escritora en libreriasudestada.com.ar

Compartí en tus redes favoritas

Leer anterior

IRSA: La Monsanto del ladrillo

Leer siguiente

La ñata contra el vidrio de la legalidad