Paranormal

Yo no sé por qué quisimos jugar a ese juego de mierda.
Nosotras cinco a esta altura trascendimos el grupo de amigas: somos cofradía, familia, grupo terapéutico, red de sostén y equipo de rescate. 
Cada una carga con su cruz, ninguna la tuvo fácil. Fuimos creciendo juntas con la convicción de que sin las demás, no hubiéramos podido. Nuestro pacto implícito es no juzgarnos, solo limitar a querernos.
Este viaje lo veníamos planeando desde el año pasado. Ahorramos plata mes a mes, ubicamos a los pibes con los padres (los pocos que se hacen cargo) o abuelos, conseguimos la casa prestada, y bueno, acá estamos.  Aguas verdes, una semana.
Ya todo el viaje la Negra vino agitándola con que iba a estar prohibido boludear con el celular. Ya tenía un organigrama para hacer un juego distinto cada noche: Dictaminó el siguiente sistema: después de cenar, cada una apagaba su teléfono, y nos íbamos a concentrar de lleno en jugar. Volver a ser nenas por un rato.
La idea me entusiasmaba, pero prefería tomarlo con pinzas: yo a la Negra, la conozco desde chiquita:  le cuesta lidiar con el rechazo. Temía que todo esto fuera una conducta reactiva a su último desencanto amoroso. Ella siempre está enganchada a una obsesión canalla que le roba su mejor costado, con la tentación de la recaída respirándole en la nuca. Cada vez que se siente no querida o abandonada (así sea por un visto o directamente fantasmeo) va paseando por los tres estadíos en loop:  la negación, la ira, la tristeza. Pero nunca llega a la aceptación. Y estar fugando constantemente por las ramas de la evasión te aleja cada vez más de la raíz del dolor.  Cada vez que alguien le demuestra un poco de cariño se ilusiona, montando una mega producción de Disney en su cabeza, convenciéndose que esta vez, por arte de magia, encontró a la persona indicada. Pero, una vez comidos, los pájaros vuelan hacia otros destinos, y entonces, ella vuelve a confirmar su profecía auto cumplida del abandono. Ya le dijimos que hasta que no remueva en la mierda original del asunto, va a seguir viendo la misma película, aunque cambie de cine.  Volver al tráfico sexo afectivo sin hacerse primero el service terapeútico, es como edificar arriba la casa de tus suegros:  sale mal.  
Nosotras hace mil que le venimos diciendo que haga terapia. Que si es por la plata lo pagamos entre todas. Pero bueno, andá a decírselo. Es testaruda como una mula. Viene de una muy jodida la Negra. Mucho descuido, mucho abandono, mucha violencia naturalizada. Para salir adelante con semejante mochila se montó en una voluntad de hierro. La misma que la vuelve orgullosa y terca. Suele pasar: lo que nos salva también nos puede matar.
Desde que llegamos, el organigrama venía bastante bien: la primera noche el chancho va (que se fue volviendo más fluido al correr de las bebidas espirituosas), la segunda el “dígalo con mímica” (con el que lloramos de risa) la tercera el tutti futti, en el que hubo muchas palabras que quedaron descalificadas por estar muy flojas de papeles (como color piel o dragón de animal)  pero la  argumentación  insólita en defensa de las mismas, hizo que ya valga la pena, o sea que nos hiciera reír hasta que doliera la panza, y nos olvidáramos por un rato de todos los quilombos que nos aquejan.
La cuarta noche tocaba el preferido de La Negra: La Ouija. Esa noche estaba en el período de exaltación. Yo lo sospeché desde el principio: estaba demasiado arriba, ocultando en todo ese histrionismo un camión de tristeza.
Apenas abrimos el tablero se puso como loca: le generaba mucha ansiedad toda la movida paranormal. Se encargó desde temprano de aclimatarnos: apagó las luces, para jugar a la luz de las velas. Prendió palo santo, puso música celta, y hasta ella se puso una túnica blanca. 
—No podés, Negra, te pasás, le dijo la Peque. 
Pero bueno, le seguimos el juego, porque la vimos muy entusiasmada y no queríamos cortarle el mambo.
Apenas nos sentamos, empezó a tomar (qué digo tomar, tragar) vino como una esponja y se la pasaba yendo al baño. Ahí tendría que haber sospechado yo. Una pelotuda.
El juego consiste básicamente en invocar seres de otros planos para hacerles alguna pregunta. En lo posible que se conteste con sí o con no. Para las otras respuestas están todas las letras del abecedario. A mí me tocó primero, pero la verdad es que no le doy mucha bola a esas cosas. Pregunté por el laburo, si era el momento de dejarlo, y me contestaron lo que yo venía sintiendo: sí. Cuando llegó el turno de la Negra, estaba muy acelerada.  Venía con la idea fija de contactar a su abuela Chiche (según ella, la única que la había querido en serio en su vida) para que le tire alguna punta en el tema amoroso. Pero (lo aprenderíamos más tarde, con el diario del lunes) la  Ouija no es un call center, el amor no es un trámite, y los muertos no comen vidrio. 
—Abuela, ¿voy a tener suerte en el amor? ¿falta mucho para que aparezca el indicado?, preguntó La Negra.
Para descomprimir, nos dijo mientras nos guiñaba el ojo:
—Igual, hasta que llegue el adecuado, con el equivocado me entretengo.
La Chiche se presentó enseguida. La primera palabra nos desencajó. “Tesorito”. Así le decía La Chiche a La Negra cuando era chica. Lo habíamos olvidado completamente. A medida que se iban formando las siguientes palabras, nos sumergimos en un silencio sepulcral, donde solo se escuchaban las palabras que nos iba dictando La Chiche Hasta a La Nagra se le fueron las ganas de hacer chistes: estaba blanca como un papel. Yo iba uniendo las letras y armando las oraciones en voz alta, mientras ellas apoyaban sus dedos en la ficha que se parece a gota con un ojo de cíclope.  La gota se empezó a desplazar frenéticamente, con autonomía, sin que la moviera nadie. 
Tesorito. Sé que has sufrido mucho por todas las pérdidas, y más aún la mía. Sé que a veces te cuesta ver la salida. Vivís con la sensación de una derrota permanente, porque todas las personas que debían protegerte, te abandonaron. Pero no lo hicieron a propósito: solo repitieron lo que les fue enseñado. 
En ese momento, un viento furioso entró por la ventana, y apagó todas las velas, menos una. Se cortó la luz. Estaba anunciándose la tormenta. Un escalofrío me recorrió la espalda, pero no podíamos cortar el flujo del mensaje: estábamos como en trance.
Mi tesorito: el amor va a curarte, pero vas a tener que a prender a perdonar.  Vas a tener que mirar de frente a todo ese dolor, dejar que te atraviese para poder dejarlo ir.  Todo ese enojo y ese rencor, te están envenenando el corazón. No vas a curarte hasta que puedas mirarte con amor.
Mientras leía en voz alta, se me empezó a quebrar la voz. Se me caían las lágrimas. Sentí una conexión con algo más grande que yo, como nunca había sentido en mi vida. La cabeza se despejó, como si las nubes de los pensamientos se disiparan, y las palabras de La Chiche sonaban adentro mío como campanadas en un desierto.
Vas a tener que trascender el enojo, porque te ciega. No te permite ver ni recibir todo el amor que te rodea. Vas a tener que buscar adentro tuyo. Hay algo por lo que todavía te culpás, y por lo que te dañás, para cumplir con el castigo que creés merecer. Pero no vas a ser castigada por tu culpa, la culpa es el castigo. 
En ese momento, la miré a la Negra. Estaba desfigurada, llorando con espasmos, con todos los mocos chorreando por las mejillas, sin poder moverse. Empezó a tener dificultad para respirar. Le agarró una puntada en el pecho y se desplomó. 
En ese momento se cortó el viaje. Nos asustamos muchísimo. Yo la garré de la nuca, le dije que se tranquilizara, que tratara de respirar, pero estaba como ida.
—Me muero chicas, me cago muriendo, alcanzó a decirnos. Le empezó a temblar todo el cuerpo y de pronto, se desvaneció, perdió la conciencia.
En ese instante, todo se transformó en un griterío, corríamos de un lado al otro, llorando. En el caos no encontrábamos los teléfonos, y entonces recordamos lo del pacto anti digital: los había guardado bajo llave la misma Negra.
A mí me agarró una desesperación tal que así como estaba, en malla y descalza, salí corriendo a tocarle el timbre al vecino de enfrente para que me prestara su teléfono. Justo él. Como tenía pinta de milico, nosotras le cortamos el rostro siempre. Apenas lo saludábamos. Encima tenía en el jeep un pez con la palabra Jesús, y asumimos automáticamente que era un facho de derecha anti- derechos. Y ahí tuve que acudir, prácticamente suplicando, metiéndome los prejuicios en el bolsillo. En el apuro, no encontraba las llaves, y cuando logré salir, me olvidé completamente del escalón de la puerta de entrada, y me caí de palomita al piso. Me levanté rengueando, y empecé a aplaudir, a los gritos.
—Por favor señor, es una emergencia.
El tipo salió con una linterna, en calzoncillos, y me iluminó la cara.
—Tranquila señorita, yo las llevo, dijo.
El tipo resultó ser un ambulanciero jubilado, así que no solo nos llevó enseguida, con dominio absoluto del tráfico en la oscuridad, sino que simultáneamente nos iba dando indicaciones para mantener a la Negra de este lado. 
Ingresamos por la guardia y la dejaron internada en terapia intensiva. Confirmamos mi sospecha: sobredosis. Había vuelto a tomar a escondidas.  Tuvo un paro cardíaco, la pudieron traer de vuelta gracias a las maniobras de resucitación artificial: está viva de milagro.   
Su familia, bien gracias. Cuando los llamamos para avisarles, ni bola nos dieron.  Al parecer, son cada vez más peligrosas y auto destructivas sus formas de pedir ayuda. Y cada vez se vuelve a confirmar, que ni así van a prestarle atención y darle todo el amor que le vienen debiendo desde la infancia. 
A la Negra le cuesta lidiar con el rechazo. Como a todos, bah. Pero esta vez fue demasiado lejos. Dejándola lastimarse así tampoco la estábamos ayudando. Pero bueno, la Peti es más optimista. Dice que así como la Chiche se presentó para decirle todo lo que necesitaba escuchar, ahora está ahí con ella y la va a traer de nuevo, para que despierte a la vida y se dé una segunda oportunidad. Qué sé yo. Yo soy más escéptica. 
Así que, lo que empezó siendo una escapada a la costa de amigas para descolgar y recargar pilas a carcajadas, terminó en la guardia, pidiendo dadores de sangre (la Negra es 0 positivo), averiguando por algún centro de rehabilitación que le cubra la obra social y averiguando por algún buen psicólogo que no nos mate con los honorarios.
Ahora decime, si estábamos lo más bien. ¿Para qué jugamos a ese juego de mierda? 

Un relato de Nina Ferrari
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