Paredes / Nina Ferrari

—Hola, antes que nada, disculpe. Se me cae la cara de la vergüenza de tener que molestarla un domingo. Perdonemé. Es que en un rato tendríamos que estar saliendo para el salón, y me quedé duro. No me puedo mover. Ni ir al baño. No, no, no se venga para acá, por favor le pido, solamente dígame cuál es la droga que tengo que comprar y acá mi señora me inyecta. Ella dice que se anima. Ah, claro sí, en la columna sería. Espere un cachito…
—¡Vieja! dice que no cualquiera puede inyectar en la columna porque hasta te pueden dejar paralítico si le pifian. Bueno vieja, me quedo nomás. Qué va a ser. Ya sé que es el quince de la nieta, pero qué querés que haga.
—Ah bueno, está bien. Esperemé un cachito. 
—Dice que ahí viene, que le queda de pasada, justo está saliendo de la guardia. No, no le corto así le doy charla, a ver si se me queda dormida al volante. Vos andá a terminar de arreglarte nomás. Sí, estoy bien, andá.
—Gracias doctora. De corazón le digo, en nombre de toda mi familia. Lo que pasa es que la nena, mi nieta, cumplía los quince y con todo esto de que los padres tuvieron que cerrar el negocio, se iba a quedar sin fiesta. Entonces yo le dije a mi pibe, dejá, yo te cierro el quincho así se lo hacemos ahí. Y él al principio tampoco quiso saber nada. “Ay papi, que tu corazón, que la hernia y la mar en coche”. Pero yo me fui, y empecé a levantarles las paredes igual. Encadenado, grueso, fino. Todo yo solito hice.
—Disculpe doctora. Yo sé que le había prometido que no iba a hacer más esfuerzos. Que la última vez me dijo que la hernia me estaba dando un ultimátum. Sí ya sé. Perdonemé. Pero a esta altura prefiero terminar de romperme, si ya estoy jugado. Qué le va a hacer una mancha más al tigre. Si me tengo que operar, me opero. Si tengo que sufrir, sufro. Pero el pibe, no. Mi hijo, no. Él que viva otra cosa. Que estudie. Que consiga un buen laburo. Que nadie lo trate como a un perro, que nadie lo mire desde arriba ni le quiera explicar cómo vivir.
—Uno a esta edad siente que ya está, que está jugado. Pero yo estoy dispuesto a lo que sea con tal de que mi hijo no pase lo que yo pasé. Por eso le digo que estudie. No quiero saber nada con que se ponga ni un mameluco. Jamás lo dejé entrar al taller. Porque sabía que iba a endulzarse con la plata y me iba a dejar la facultad. Ya en esta familia tenemos la voluntad renga. Solo andamos cuando la necesidad nos tira de la correa.
—Sí ya sé, doctora, disculpemé por romperme el cuerpo a lo bestia. Pero trate de entender, soy medio bestia yo. Romperme los huesos, es la única forma que me sale de decirles te quiero.
—Perdón que llore doctora, qué va a pensar. Debe ser que todo esto de la nieta me pone flojo.
—En mi época má qué llorar. A mí jamás se me permitió llorar, ni rezongar. Un hombre de verdad se la aguantaba.  Yo, antes de a hablar, aprendí a callar.
Callé cuando me fisuré el hombro, para que no me reten por estar trepando los árboles. Te vas a caer y encima vas a cobrar, me decía siempre la vieja.
Callé cuando me cambiaron de escuela de prepo, sin preguntarme nada.
Cuando me quedé sin viaje de egresados a Mar del Plata, porque había que cuidar a los hermanos.
Y así fue, que me convertí en el mejor alumno del silencio. Me amurallé. Parece que levantar paredes, es lo que mejor me sale hacer.
—¿Pero sabe lo que nunca me voy a perdonar? Haber callado (aún siendo una criatura), cuando veía cómo mi viejo la fajaba a mi mamá. Y cuando se la llevó de prepo a ella también, a otro país, hablando nomás el guaraní. Y cómo ese desarraigo de lo único que tenía (el amor a su tierra) la enfermó, hasta morirse. Mire doctora, en el parte de defunción figura que falleció de un paro cardíaco, pero yo sé muy bien que fue de tristeza. ¿Por qué callé? ¿Por qué no la defendí? Nunca me lo voy a perdonar. Y mi viejo tampoco, eh. Después de eso, no le hablé más. 
Anduve muy mal  después de que ella se me murió. Caí en picada.  Barrileteando por la vida. Sin rumbo.
—¿Usted sabe cómo chupaba yo en esa época? En cuatro patas llegaba. A las cosas a las que me expuse. Lo pienso y me da escalofríos, le juro. Yo no tenía nadie que me diga, hasta acá. Y ahora entiendo lo bien que me hubiera venido. Los límites que no te ponen en tu casa, te los pone la vida. 
Diga que al tiempo formé una familia. Eso me rescató del peligro de estar a solas conmigo. Por eso, yo siempre digo. Estoy dispuesto a lo que sea porque mis pibes no pasen lo que tuve que pasar yo.
Ah qué bien. Espereme un cachito
—Dice que ya está acá a dos cuadras. 
—Gracias doctora. Ahora en navidad le voy a regalar un lechón para agradecerle. No sabe lo tierno que me queda. Ah sí, lo dejo a fuego lento seis horas. Una mantequita. Espere un cachito.
—Vieja abrile, está en la puerta.
—Gracias de nuevo. Que Dios la bendiga.  Otra vez moqueando, pero será posible. En nombre de toda mi familia le agradezco que se haya molestado en venir. ¿Sabe qué doctora? Se ve que me vino bien desembuchar todo eso. Porque ahora que me doy cuenta, ya no me duele tanto.

Un relato de Nina Ferrari
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