Pipones

Hay que ver la revolcada que me pega el tsunami de la híper-productividad funcional, cada vez que creo estar llegando a alguna orilla. Siento que vivo en mi propia tiranía, donde no hay vacaciones, ni francos, ni ente regulador. Me somete tener que poder con todo, no dejar nada al azar. Supongo que aprendí a tapar la ausencia con un ritmo de vida frenético. Como si no le dejara espacio al vacío para presentarse. Una precariedad emocional constante. Una colimba psíquica sin vacantes para el amor ni la ternura.
Pero claro, comparado con lo que yo viví, esto no deja de ser Disney.
Ahora tengo problemas más pipones, menos urgentes.
Durante mis años más terribles (los que he bautizado “Los Infernales”) solo podía ocuparme de mantenerme con vida. En ese entonces, había algo de mí que necesitaba huir, (o incluso morir) porque vivía constantemente con sueño. Mientras el gas narcótico de la negación me arropaba, la dulce melodía de la sublimación iba afinando el tono, retocando el discurso, oscureciendo el camino lo suficiente, como para poder avanzar en la penumbra. Pero solo para seguir: no era momento de ver.
Ahora que pasó el tiempo, esas postales de mi propio subsuelo, me visitan (¿afortunadamente?) solo en ciertas vísperas. En esas ocasiones, me aíslo porque el cuerpo del dolor es un desierto donde no cabe nadie más que yo. Me es imposible interactuar socialmente, porque el ser se pone en modo ahorro de energía, y prioriza las funciones vitales. Son días y noches enteras de hibernación mental, en las que casi no duermo. Mientras avanza el insomnio, voy bajando por los peldaños de cada capa de la herida. Todo arde, todo en carne viva. Como si tuviera toda la información en un recipiente de carne que late, que nace y muere con cada amanecer. En fin, días de peligro de incendio en mi cabeza.
Por eso no vine la semana pasada.
Ahora, con el diario del lunes, a veces siento que tengo una necesidad maniquea, como una pulsión masoquista, que me impulsa hacia esa verdad cruenta enterrada en el fondo del olvido. Me obsesiona dar con la moldura de la angustia, aún incluso, si implica perder mi subjetividad en el camino.
Vos sabés que me pasa algo curioso: cuando me encuentro con mis propios bordes, con los límites de mi vulnerabilidad humana, pienso que deberíamos volvernos más compasivos de lo ajeno. Quizá somos apenas aproximaciones, porque acomodamos lo que le pasa al otro a lo que conocemos.  
A esta altura, perdono a cualquiera que se haya puesto una venda para cruzar el puente colgante de la inestabilidad emocional, aunque haya implicado alimentar por años a su propio predador. Yo que pasé noches enteras en el infierno, ahora sé que ningún dolor me es ajeno.  Perdono a todo el que replegó filas para no dañar a otros y sobrevivir. 
Supongo que, en definitiva, uno hace lo que puede con lo que le tocó.
 —¿Será por eso que con vos me llevo tan bien?
 —Sí, puede ser. 
 —Uy, mirá la hora que se hizo, discúlpame, se me pasó el tiempo. Ya me cambio.
 —Sí, tranqui, no hay problema. No me molesta escucharte. Y si me apurás un cachito, hasta te diría que me gusta.
 —Bueno menos mal. Yo no quiero aburrirte.
 —No pasa nada. Es mi trabajo. Algunos quieren que me disfrace, otros que les meta el dedo, otros que los zamarree.  Y bueno, vos me pedís que te escuche. Cada uno pide lo que necesita acá. Todos se sienten libres.
 —Todos menos vos.
 —Sí qué yo. No sé. Es un laburo. ¿Quién se siente libre en su laburo? 
 —Puede ser. Te diría que casi nadie. ¿Alguna vez habremos de ser recordados como los mamíferos que pagaban por compañía?
 —Como dijiste vos recién, a veces para sobrevivir, es mejor no hacerse tantas preguntas. Aflojale a la falopa de la sesera, mi vida. Te está haciendo mal.
 —¿Sabés que nunca lo había pensado así? Gracias.
 —Bueno vamos que ya terminó el turno.
 —Sí dale. Ahí te pasé por transferencia.
 —Perfecto, hasta la semana que viene.
 —Hasta la semana que viene.

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