Propina

Todas me pasan, amiga. En el juego, en el amor, en el laburo. Todas me pasan a mí. Cuando parece que no puede ser más difícil, se complica más. Siempre remo nunca in-remo.
El nabo este que conocí por Tinder, que  se hacía el galán, el novio fatal, y ahora dele clavarme el visto. A Rami, que lo mantengo (y lo sostengo) sola porque el padre, bien gracias Tres laburos. Clases particulares a la mañana, mesera de noche, cocinera de pizzetas los fines de semana. Parezco el meme del pibe de la heladera, te juro. Porque no hay plata que alcance. Cada vez que junto un manguito para darme un gustito ¡ pum! pasa algo. Que el lavarropas no anda, que el inodoro no carga, que la membrana filtra agua. Meada por los elefantes de la precarización, amiga. 
 Y para hacerla completa, el domingo, que lo espero más que a un orgasmo, me lo cagan. El otro día llego a casa y Rami me dice mami te llegó esta carta. Pero ¿cuántas veces te dije que no le abras al cartero? ¡Será de Dios! Le aceptó al cartero la citación para ser presidenta de mesa. ¿Podés creer? Me re enojé, te juro, pero no le dije nada, pobrecito. Encima que se queda solo todas las noches y se fuma a mi vieja. Es mi mamá, la amo, obvio, pero con esto de la demencia senil se está poniendo infumable. Peor que una nena. Ahora Rami, la paciencia que le tiene amiga, lo tenés que ver. Yo digo a este pibe le pasaron todas y me salió más bueno que un dulce de leche. De eso sí que no me puedo quejar. Pero es colgado. Siempre me avisa de lo que tiene que llevar al colegio a última hora. Nunca se acuerda de las pruebas. Se confunde el día que tiene educación física. Lo quiero matar, mirá. ¿Y lo que crece?  Ya no le entra nada. Medio sueldo me voy a tener que gastar cuando vaya a comprarle ropa a la feria. Eso sí, tendré que hacer toda la fila en el banco, como tres horas para retirar el sueldo por ventanilla. Porque me bloquearon la tarjeta, ¿te conté? Pensé que me la habían robado, la denuncié y después apareció en el lavarropas.
¿No te digo que todas me pasan? Todas. No sé si son los planetas retrocediendo, o el fin del capitalismo, o el águila de la chota en el calendario Maya, pero te juro que ya estoy harta. Podrida. Y eso que yo no pido tanto, eh. Estar tranquila, tener salud, que el sueldo me alcance. Ah! Y poder encontrar un garche fijo, que no sea un gato ghosteador. Una vez por semana que venga, haga lo suyo, y listo. Sin bardos ni complicaciones. Ya ni amor espero, amiga. Tanto gil dando vueltas, qué querés que te diga. Es como que me resigné.
Bueno, pero volviendo a lo que te decía: dentro de toda la catástrofe de estar vivo siendo pobre, enganchar un puesto de camarera en un restaurante cheto, está bueno. El sueldo es re bajo, como todo gastronómico, pero ahí una apunta a la propina. Y eso te incentiva de otra manera. Bah no sé, a mí me gusta. Y además, porque es de noche. A mí la noche siempre me encantó. Es como que cuando cae el sol, se esfuman todos los plazos, todas las obligaciones y empieza la libertad. Ese gustito a riesgo, a no saber, la sensación de que cualquier cosa puede pasar.  Onda, la dosis de noche que te permitas, es equivalente a la libertad que te puedas bancar. No boluda, no estoy fumada. Posta que siempre lo sentí así.  Volviendo: acá el tema no es el laburo, atender mesas me gusta, qué sé yo. Conocés gente, te la pasás de acá para allá. Se pasa rápido. Yo ya me acostumbré a dormir cinco horas. Zombie parezco. Pero me la banco. Ahora, la pelotudez humana no, amiga.
Ayer, después de estar todo el día amargada por este nabo que se hace el fantasma, no sé. ¿Para qué me escribís si después vas a desaparecer? Esa sensación de estar contando las horas para volver a saber algo de él. Horrible boluda. Una mierda. Más lo de la carta, la tarjeta, las deudas, mi vieja. Imaginate que ya venía de mal humor.
Bueno, no va que tipo nueve, se sientan seis tipos, recontra finolis a una mesa. Se hacen los gatos, me tiran sonrisita, piropo. De todas las meseras del país no tocó la más linda, me dice uno. Entran a pedir sin preguntar precio eh. Entrada, picada, vino, champagne, sushi, postre. Setenta lucas la cuenta. Sí amiga. Setenta lucas. Mi sueldo. Yo pensé vamos todavía, con la propina le compro las zapatillas al Rami. Re contenta fui a llevar el ticket a la mesa. Se levantaron, me saludaron desde lejos, chau hermosa.  ¿Y sabés cuánto me dejaron de propina? Cien pesos amiga. Cien pesos. Ratas inmundas. No sabés cómo me puse. Me fui al baño y me puse a llorar. Una bronca. Para coronar un día de mierda.
Entonces pensé esto no va a quedar así. Ya van a ver. A mí ningún gil me va a hacer llorar. Escuchate esta amiga. ¿Viste que cuando pagan con débito tienen que dejar sus datos? Bueno, no fue tan difícil. Lo busqué en Twitter y al toque me apareció. Foto con la jermu. La seguí a ella. Justo la mina tiene una página de repostería y estaba su teléfono. Le dejé un mensaje. “Anoche estuve con tu marido. La verdad, me defraudó bastante. Pintaba otra cosa. Ojalá que a vos te deje satisfecha. Porque a mí, la verdad, me dejó decepcionada”.
Se puso como loca la mina. Yo no le hablé más y la bloqueé al toque. Y me entré a reír de una manera. Me imagino que hoy el rata  ese, va a tener más que una charla de alcoba.
Ojalá se le quiten las ganas de ser miserable a ese gato. Que la piense dos veces, la próxima vez que le toque dejar propina.
Sí ya sé amiga. Quizá me terminé desquitando por todo lo que venía acumulando. Pero bueno. A veces lo mejor que te puede pasar, es esa gota que rebalsa el vaso.
Todas me pasan. Pero ya no me la pienso aguantar más. Ya está. Hasta acá llegué. Es como que crucé una puerta que no me animaba abrir. Y en el  envión, medio como que me entusiasmé. Recién le mandé un mensaje a la abogada para averiguar lo de la demanda por alimentos. Después, le escribí a mi hermano que él va a tener que empezar a hacerse cargo también de nuestra vieja, y si no, aunque sea va a tener que poner plata.  Me re costó amiga, obvio. Estoy temblando. Tengo una mezcla de emoción, felicidad y miedo. Así que bueno, esas son las novedades.
Ah, y una cosa más: ahora corto con vos, y al ghosteador ese, lo mando a cagar.
Voy por todo, amiga.  Murió esa parte de mí que sentía culpa por defenderse.
Propinas miserables, nunca más.

Un relato de Nina Ferrari
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