Quería decirte

Quería decirte que te quedes tranquila, que yo mañana me levanto a darles de comer a los bichos, no hace falta que tomes frío. Te lo quería decir, pero salí del baño y ya estabas dormida. Sí, sí ya sé. Es por la salida. Que vestirse, tomarse el colectivo, comer afuera (“¡Una sola vez al mes, eh! Así que elegí bien”, te digo siempre), se hace tarde, volver. Bostezaste y te sonreíste.
–Ya no estamos para estos trotes –dijiste. Yo asentí. Te dio risa tu cansancio, tu edad. Siempre, hasta en los momentos más ruines, más duros, podés encontrar el lado cómico. Y mirá que los hemos pasado, eh: la enfermedad del más grande, los problemas en la escuela del más chico, cuando tuvo el accidente tu vieja, el juicio, la casa embargada (¡cómo nos cagaron!), cuando me quedé sin laburo, el corralito. Vos siempre ponías paños fríos, siempre me tranquilizabas y me hacías chistes tontos para que se me pasara y me riera. Quería decirte que siempre admiré eso de vos. Pero bueno, un poco ya lo sabés. También sabés que soy duro, me cuestan esas cosas, me hacen sentir un blandengue. También quería decirte que estos últimos tiempos ando medio fastidioso, no sé… me di cuenta de pronto de que nuestra vida es levantarse, poner la pava, comprar el diario, preparar la comida, ver algo en la tele. La siesta. “A las doce tu pastilla no te olvides, tres y media la otra”. Y la de la noche, antes de dormir, los dos tenemos que tomarla. Esa sí o sí, siempre. Sí, ya sé, siempre te dije que me gusta la rutina, que nos
gusta, pero en realidad no sé si nos gusta o es lo único que conocimos. Quizá eso me tiene fastidioso. No sos vos, no es con vos, por más que a veces no te miro tan bien o te contesto cortante. No es con vos.

Pero ¿qué voy a decirte? cincuenta años de casados, si me conocerás. Como el camino a Balcarce ida y vuelta, de memoria. Con los ojos cerrados. Desde hace veinticinco años salimos a comer. Cuando se pudo, una vez por mes, cuando no, más espaciado. ¿Te acordás esa vez en Balcarce? Tendríamos veinte años, estábamos recién casados. No estaban los chicos todavía. Había una pareja de viejitos al lado nuestro, y empezamos a hacer de cuenta que éramos ellos, un poco con ternura y un poco con sorna: “Bueno, hoy te toca, hoy me tomo la pastillita y te toca. ¿Te depilaste? ¿Cómo que no? ¿Seguís con lo de la ciática?
Qué barbaridad”. ¡Cómo nos reíamos! Nos imaginábamos los cuerpos desnudos y nos reíamos. De las dificultades, las conversaciones, los achaques. Vos me hacías reír mucho. Siempre fuiste la más graciosa de los dos. También la más inteligente y la más fuerte, pero eso no me animo a decírtelo ni loco.
¡Cómo nos reíamos!¡Qué épocas! Cómo nos besábamos, cómo nos ansiábamos, cómo nos amábamos. Qué pasión.
Qué locura. Y ahora, bueno, me cuesta. Soy duro. La verdad, me tiene preocupado cuando nos llegue la hora. ¿Si sufrimos? ¿Si pasan los días y nos encuentran los chicos? Hasta pensé en mandarles día por medio un mensajito, como de señal de vida. Pero sí, ya sé, estás loco me vas a decir. Recién abriste un poquito así el ojo, como preguntándome ¿todo bien? Shhh, dormí, dormí. Mientras te acaricio, te miro. Siempre me gustó mirarte dormida. Quería decirte que por más que me haga el chinchudo, sé lo triste y vacía que sería mi vida si me quedara solo. Y quería decirte que… ¿viste aquella vez que creímos que nos estábamos riendo de la vejez? Era la vejez la que se estaba riendo de nosotros.

Un relato de Nina Ferrari
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