Reglamentaria

Ayer venía a las corridas por la avenida principal, con los minutos contados antes de que me cierre el pago fácil, cuando a mis espaldas escucho que me dicen:
—Documentos por favor, señorita.
Tres palabras alcanzaron para entrar automáticamente en estado de ebullición. Me di vuelta furiosa, dispuesta a mandarlo a la mierda. Justo el día de la democracia y los derechos humanos me van a pedir documentos, me están cargando, estos se pasan de cínicos, pensé.
Pero cuando se sacó, los lentes y lo reconocí, me quedé helada. No supe qué decir. Me descolocó por completo.
—Hola, soy yo. ¿Se acuerda de mí?
Efectivamente. Era él. Damián Ramírez, alias, “el Piru”.
Qué no me iba a acordar:
Escuela 75. Barrio Los Querandies. Con los años, mi memoria se va poniendo cada más selectiva y arbitraria, respondiendo a vaya a saber una qué patrón ridículo: olvido instantáneamente qué venía a comprar apenas piso el súper, no tengo idea qué desayuné hoy, y si me apurás un poco, tengo que pensar mucho para recordar el nombre del último tipo con el que me acosté.
Pero del nombre y la cara de mis alumnos, no me olvido jamás. Soy el archivo general de la nación.
Qué no me iba a acordar:
Pirucho. Mamerto. Pirulo. Mongo. Bobi. Rarito.
De todo le decían. Mal diagnosticado, creyeron que tenía un retraso madurativo. Y el labio leporino no ayudaba. Ya a los seis, cargaba con todos los estigmas: morocho, repetidor, pobre y tartamudo.
Negro, Cuasimodo, Fulero, Bicho, Tocaquito.
Cada uno de los apodos se encargaban de hundirlo más en la humillación. Supongo que de tanto decirle que no podía, él terminó por creerlo.
Yo soy testigo de que para resolver problemas era brillante. En la oralidad, podía asimilar cualquier contenido. Pero no había forma de que se sentara a escribir. De que se sentara, bah. Vivía inquieto, con un desborde de energía constante, que te cansaba de solo mirarlo.
Se escapaba siempre, de todos lados. No había forma de que se quede en un lugar por más de media hora. Deambulador , nos hizo pegar más de un susto. A veces desaparecía por días, hasta semanas. Su forma no encajaba en los cánones obsoletos del sistema, y era muy difícil tenerlo en el aula. En un momento se barajó la posibilidad de derivarlo a una escuela especial, pero la más cercana quedaba a 30km.
Qué no me iba a acordar:
La madre, una desocupada crónica que había quedado viuda con otras siete bocas que alimentar, lloraba pidiendo disculpas, diciendo que ella ya no podía más. Se había resignado.
—Él es así, como el viento. No va haber forma de que se quede quieto en un solo lugar.
Cuando egresó de la primaria, directamente dejó la escuela. Lo último que había sabido de él, es que estaba laburando de trapito.
Carbón, Retrasado, Loquito, Desviado, Piantado.
Un acoso constante. Cuando se los retaba, se defendían diciendo que era en broma, que era un juego. Pero yo sé que cuando no estábamos mirando, aprovechaban para arremeter contra él
(pocas veces de frente, la mayoría a sus espaldas) para alimentar el mito de la manzana podrida, que tanto le gusta comer a la normalidad, con esa cobardía de quien necesita humillar al otro para sentirse superior. ¿Ya te olvidaste de mí?
—No, Piru, la verdad que no. Es solamente que me dejaste helada.
—Oficial Ramírez soy ahora. Quién te ha visto y quién te ve. Ni Pirucho, ni Pirulo. Oficial. Tranquila, no hace falta que muestre el documento. Puede circular, nomás, me sonrió pícaro.
—Chau Piru, que estés bien.
Y entonces, antes de cruzar de vereda, mientras se acariciaba la reglamentaria, me dijo:
—Ah, ¿ Sabés qué, Seño? Ahora, con esta, ya nadie me carga.

Un relato de Nina Ferrari
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