Ricardo

Diría que es ley. Termina la función, se apagan las luces y se enciende un hambre voraz. No hay vez que salgamos del
teatro y no estemos desesperados de hambre y discutiendo: “Dale, nos quedamos acá, hay promociones”, “mirá que no tengo un peso”, “pero basta de pizza estoy podrido”, “sí, allá es tenedor libre pero una hora de cola”. Esa noche, sin embargo, fue unánime. Habíamos tenido una función rara, poca gente, muchos pifies. Decidimos ir al local de los árabes que suele estar casi vacío a esa hora. Fue un acuerdo tácito, frente a la necesidad de charlar un poco, y
de evadirnos otro tanto. Nos sentamos y pedimos esos bocaditos de queso exquisitos, baratos y enigmáticos. Que como todo gran misterio, mejor no descubrirlo. Si supiera cómo se cocinan, mejor dicho, si viera esa cocina, perderían instantáneamente su encanto.
Pedimos varias cervezas, y empezó la ronda de opinar escena por escena: “acá me comí texto”, “esa salió baja de energía, no sé por qué”, “la gente estaba como fría, es como que no pudimos remarla”, “qué bueno eso que salió hoy por accidente, podemos dejarlo”. Me levanté para ir al baño y cuando miré para el lado de la calle lo vi. Lo reconocí enseguida. La misma cara, el mismo pelo, el mismo lunar en el ojo sólo que con diez años más. Era él.
–Métanse abajo –alcancé a decirles.
Pero se pensaron que estaba haciendo un chiste y se rieron. Cuando me escuchó hablar me apuntó y me dijo:
–Callate la boca. Todos se callan la boca, no hagan nada raro que los quemo. Me quedé con las manos arriba, paralizada. Mientras mis compañeros se miraban con terror y se quedaban mudos, él apuntaba a la cajera, la hija del árabe, que no tendría más de quince años, que lloraba mientras juntaba la plata y se le caía porque le temblaban las manos. Era él. Me pidió que no lo mirara, pero no podía sacarle los ojos de encima. Cómo olvidarlo. “La piel de Judas” le decían, tanto, que ya nadie recordaba
cómo se llamaba. Era el terrible, el que pegaba, el que se escapaba. El repetidor, el salvaje, el reo. El malo, el quilombero. El que tenía una sola remera, de Superman, y la pelota de papel de diario. El que venía llueva o truene con su plato azul todo sucio del día anterior y la taza de Barney, que no quería sacarla porque lo cargaban. Pero, si no daba más de hambre, la usaba y si alguno le decía algo le pegaba una piña en el estómago. El que casi no hablaba, salvo para acercarme la taza, con el Barney tapado con las dos manos, y pedirme más. El que me crucé de noche una vez al lado de la parada del veinticuatro, con la madre y los hermanos, en escalera, revolviendo la basura.
El que vivió con su hermanito dos años en un orfanato en el que los dejó su mamá cuando no pudo cuidarlos. El que se reía cuando le decía que se le había metido una almendra en el ojo y que no fuera tacaño, que me la convidara. O cuando le hacía creer que por la ventana le hablaba a mi perro, Topolino, que me había seguido desde mi casa. El que sólo lograba quedarse un rato quieto con la canción de los esqueletos, esa que dice que cuando el reloj marca la una, salen de su tumba. El que pedía a gritos, a piñas, que alguien, aunque sea una sola persona en el mundo, se diera cuenta de que era algo más que piel y huesos. ¿Cómo olvidarlo? La piel de hielo, curtida, gastada, piel de lija, que se olvidó lo que es una caricia. Piel de cuero, que oculta al esqueleto, que esta noche, como todas las noches, sale junto al ejército de los jugados, la resaca de la fiesta a la que nunca los invitaron, los errores de la ecuación de la ingeniería social, los que ya no les queda otra, los que salen de su tumba para ver si pueden despertarse de la pesadilla de estar muertos estando vivos.
La carne lastimada, los ojos nublados, el corazón zarpado de porquería. Que se entera de que existe en el terror de las pupilas de los otros, y sólo así deja de ser invisible. Que está tan anestesiado que ya no siente el dolor. Ya no siente nada. Ni me reconoce. Que pistola en mano exige, a gritos, que alguien le devuelva la inocencia que le robaron, la infancia que le arrebataron antes de saber caminar, antes siquiera de poder hablar o de saber que tiene un nombre. Que se llama…
–Ricardo…
Me miró extrañado, sin dejar de apuntarme. Se acercó, se paró delante de mí, mirándome directo a los ojos. Tuve tanto miedo que quise cantar, pero apenas salió un hilito de voz desafinado.
–Cuando el reloj marca la una…
Y él se bajó el pañuelo, me miró fijo y continuó:
–Los esqueletos salen de su tumba. Tumbas por aquí, tumbas por allá, tumbas, tumbas, ¡ah!
Me sonrió, me abrazó y me dijo al oído:
–Perdón, seño, si te asusté.
Y antes de irse, me susurró:
–Gracias, nunca se olvida al que te hizo reír.
Terminó de juntar la recaudación, se puso el pañuelo, se asomó a ambos lados y salió corriendo.
Y mientras lo vi alejarse, no podía dejar de pensar en todo lo que no le dije. Pero sobre todo, todo lo que no supe escuchar.
Con el pasar de los días, persiste esa sensación de que siempre llegamos tarde, que nuestras buenas intenciones son como un balde con el que queremos sacar agua del Titanic, que cuando la herida se vuelve abismo no hay parche que aguante. Que es urgente otro mundo, otra realidad, donde los esqueletos vivan sólo en las canciones. Donde sean invisibles sólo aquellos que se esconden jugando a la escondida. Donde las tumbas no sean el depósito de lo que no queremos ver.
Y donde Ricardo, y todos los Ricardos, se despierten abrazados y calentitos, porque nada de esto pudo pasarle nunca, jamás, a ningún niño. Porque todo habría sido tan sólo una horrible pesadilla.

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