Simulacro / Nina Ferrari

Me gustan los feriados: son como un simulacro de domingo.
Antes de que se despierten en casa, salgo a conseguir el desayuno. Avanzo por la calle de tierra hasta el asfalto. La atmósfera del feriado ya se siente: no hay pibes yendo a la escuela, los negocios aprovechan para abrir un poco más tarde: el silencio copó la parada. Doblo a la izquierda, tomo por Centenario, la calle principal del barrio. Cuando finalmente se asfaltó, (después de figurar como asfaltada seis veces), allá por 2010, todos los vecinos celebraron, era una señal concreta de progreso. El colectivo empezó a entrar hasta el fondo, donde está el otro barrio, aún más periférico, el que rodea al frigorífico. Los terrenos baldíos empezaron a edificarse, paulatinamente. A más casas, más vecinos, más negocios, más emprendimientos: el barrio creció, indiscutiblemente. Pero el asfalto trajo también aparejada, la posibilidad de rajar a toda velocidad de las motos. Las que pueden atropellar a un pibe que está jugando a la vereda, o arrebatarle la cartera a la vecina que espera el bondi a las 5 a.m para ir a limpiar casas doce horas en Capital).  Retomo: estoy caminando por Centenario, y veo humo: entre el calor húmedo de diciembre y el olor, mi cuerpo se estremece con el fantasma que nos visita todos los años: el del 2001.  Sigo avanzando: era un vecino quemando ramas. Suspiro, aliviada (ponele). Pero el fantasma se queda merodeando por todas las capas de la memoria colectiva.
Moreno es un termómetro social: Acá todo siempre estalla primero. Los primeros saqueos, las escuelas, el tejido social. A veces pareciera que ya nos acostumbramos a convivir con las consecuencias de las desigualdades estructurales como paisaje. Las crisis se organizan, el incendio de las necesidades crónicas se apaga con parches momentáneos. La falta de todo se compensa con el trabajo de hormiga del personal de las pocas (y muchas veces precarias) instituciones que resisten y la solidaridad con que vecinos organizados (y no tanto) atan con alambre la urdimbre de un tejido social que se ha ido debilitando, crisis tan crisis. En términos geológicos, podría titularse como “zona en peligro constante de derrumbe”.
Me gustan los feriados, y más si son un miércoles, para cortar la semana.
Estaba por afirmar que no hay un alma en la calle, pero no llego a caminar ni media cuadra, cuando los empiezo a ver:
Gaby, la vecina de la otra cuadra, con la mirada gacha y la espalda encorvada, llega con un andar cansino a la parada del colectivo.
—¿Qué hacés Gaby?
—Acá ando, tirando…
—Tenés pinta de cansada.
—¿Podés creer que a la patrona se le ocurrió aprovechar que estaba en la casa para supervisar cómo enceraba el parqué? Me quedó doblada la espalda. Qué va a ser.
Detrás de Gaby, veo que se acerca el vendedor de plantas, con las margaritas asomándose del lomo.
—Quiere doña, están lindas
—¿Cuánto salen?
—Se la dejo a 300 y 2 por 500
­—No dame una sola que salí con 500 solamente y todavía tengo que ir del Pelado.
—Listo. Mucha agua y a la sombra. Guarda con el sol que está bravo y quema todo. Gracias doña. Que tenga buen día.
Cuando le hago upa a la margarita, lo veo pasar a Jony, alias el Negro, que está yendo en bici a entregar un pedido del supermercado chino. El Negro además de trabajar en ídem, es repositor, personal de limpieza, oreja de las vecinas jubiladas con necesidad de charla, mantenimiento, fiambrero y tapa agujeros. Hasta te cobra si un día falta la cajera. Si un día al Negro lo blanquearan, no sabría en qué gremio afiliarse. Tendría que dividirse en cinco partes. Algo así como una esquizofrenia, pero en versión explotación laboral. Jony entra a las 8, y sale a las 20. De vez en cuando, mientras repone cajas y discute precios con los corredores, veo que se clava un Speed, para poder aguantar.  
El Pelado está apantallando con un cartón de vino las brasas donde cocina las tortillas santiagueñas. Es un referente del barrio, al que la desocupación le anidó en el centro mismo de la autoestima: tiene una mezcla de bronca y amargura en la mirada. Pero el tipo no se da por vencido: cuando lo rajaron de la fábrica, se puso un almacén. Cuando tuvo que cerrar el almacén porque abrió un chino a media cuadra, se puso a hacer changas de albañilería. Cuando bajó el laburo de construcción, se puso una parrilla. Antes estaba estratégicamente ubicada en las cinco esquinas: le iba bien, hasta se pusieron a ayudarlo la esposa y la hija más grande. Pero hace tiempo que volvió a ponerla en el frente de su casa, media cuadra hacia adentro. 
—¿Con chicharrón o sin chicharrón?
—Sin
—¿Cuánto es?
—Cien
—Gracias. ¿Qué pasó Pelado, que te volviste para acá? Allá estabas mucho mejor ubicado. 
—¿Podés creer que me denunció el de la esquina?
—¿Cómo? ¿Quién?
—El de los dúplex. El tipo es el dueño de los tres departamentos. 
— ¿El que tiene el cartel del partido celeste de los valores con el pescadito?
—Ese mismo. Llamó a la municipalidad porque dice que el humo molesta, y que la parrilla le da una mala imagen al barrio.
— Ah bueno, flor de pancho. No te la puedo creer.
—Debe tener algún gancho, algún conocido ahí. Los podría haber llamado para que arreglen la luz o junten las ramas. Pero no. Los llama para joderme la paciencia a mí.
— Ya nacen así, con el corazón ortiba.  Qué desubicado, además, mandarse así, sin preguntar a los demás vecinos. A nosotras, por ejemplo, nos daba tranquilidad que vos estés ahí.
—¿Te volvió a joder?
—Nunca más che. 
—Me alegro. Cualquier cosa me avisás.
—Te voy a comprar tortillas hasta el último día de mi vida en forma de pago, Pelado. 
—¿Estás loca? Lo hubiera hecho por cualquiera. Tenemos que cuidarnos entre nosotros.
El pelado, es mi prócer personal: una tarde, yo estaba volviendo de trabajar a la hora de la siesta, y justo la calle era un desierto: no había un alma. De pronto, (no sé ni dónde salió) un tipo muy grandote, empezó a seguirme y decirme guasadas por lo bajo. Tenía un tono lascivo, tan desagradable, que enseguida sentí taquicardia. Empezó a acercarse, lo tenía muy cerca, giré la cabeza y lo vi: una cara de psicópata, yo dije chau, la quedé, éste me viola. Atiné a correr (menos mal que tenía zapatillas, pienso siempre; si estaba con sandalias, quizá hoy no la cuento), doblé instintivamente hacia la derecha, y me metí en el porche del pelado. Él justo estaba armando una mesa ratona con un pallet. Cuando me vio tan desencajada, se levantó enseguida y encaró, sin pensarlo, para la vereda. 
—¿Te quiso robar?
—No, no. Me estaba siguiendo, diciéndome cosas- alcancé a balbucear.
El Pelado lo corrió, y lo encaró de una:
—Ya te dije que te dejes de joder porque te voy a llenar de agujeros, pelotudo. Rajá de acá.
El tipo se dio la vuelta y huyó, con el ego machirulo entre las piernas.
—Me tiene podrido. Ya es la tercera vez que anda molestando a las pibas. La próxima, le pegó un tiro en la pierna.
—No, tranqui Pelado. ¿No viste la cara de susto que tenía? No creo que se atreva a volver.
Y así fue nomás. Nunca más volvió. Por eso el Pelado, lo tengo en mi altar de héroes de barro, impuros y terrenales. Es uno de los tantos (y tantas) que me tiraron una soga cuando más me hicieron falta. No quiero verlo así, preocupado. No quiero ser testigo de cómo se va, de a poco, apagando. Por eso siempre sueño (de manera ingenua e inútil, sí, ya lo sé, pero ya nos sacaron de todo hermano, por lo menos déjenos soñar) con conseguirle un buen laburo. 
Caerle a la parrilla con la sorpresa de que están buscando justo gente de su perfil (con sus grandes cualidades) en la Malboro, o en Avón. O en el ferrocarril (este antes de la tragedia menemista, era un barrio de ferroviarios). ¿Sabés qué? Otro gallo cantaría. Pero por estas tierras, hace rato que la desocupación avanza al mismo ritmo que la tristeza.
Me gustan los feriados, pero más me gustarían si se lo pudieran tomar todos mis vecinos del barrio. Pero claro, basta salir a dar una vuelta a la esquina nomás para confirmarlo: El hambre no puede darse el lujo de tomarse un franco.
Pareciera que acá, en el país de los alimentos, las agendas siempre tienen algo más importante que discutir, que las necesidades concretas y urgentes de la patria precarizada, esta trastienda que nadie quiere mirar.
Pareciera que nunca se pone de moda hablar de la opresión del precio de la comida: la que sufren a diario los que salen a buscarse el mango. Los que no pudieron “quedarse en casa”.  Los changarines. Los buscas. Los informales. 
Pareciera que acá, en Moreno, tercer cordón del conurbano bonaerense, la justicia social y los derechos laborales (por los que tantos compatriotas dieron su vida) resultaron convertirse, para la gran mayoría, en apenas, un simulacro.

Un relato de Nina Ferrari
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