Spinetta y el jazz

Más allá de haber grabado un disco muy influido por el jazz rock: A 18 minutos del sol, durante toda su vida el Flaco supo reclutar para sus bandas músicos de jazz como Bernardo Baraj, Javier Malosetti o Sergio Verdinelli. Y en los últimos años, las recientes camadas del jazz argentino vienen convirtiendo sus canciones en nuevos standards en torno a los cuales improvisar.

Por Juan Bautista Duizeide

Ya desde joven, con cada uno de los discos de Almendra, Pescado Rabioso o Invisible, en torno a Luis Alberto Spinetta comenzó a crearse un aura de poeta del rock. Con el paso del tiempo –y de sus bandas– la cantidad y calidad de las canciones producidas tendió a cristalizar ese lugar. “Muchacha ojos de papel”, “Tema de Pototo”, “Por”, “Superstición”, “Cantata de puentes amarillos”, “A Starosta el idiota”, “El anillo del Capitán Beto”, “Los libros de la buena memoria”, “Durazno sangrando”, “Dios de adolescencia”, “Barro tal vez”, “Ella también”, “Resumen porteño”, “La bengala perdida”, “Fina ropa blanca”, “La montaña”, “Jardín de gente”, “El enemigo”… La lista, inmensa, variada, imponente, vertiginosa, atraviesa más de cuatro décadas. La precocidad como letrista/poeta del Flaco está seguramente relacionada con una curiosidad insaciable que lo llevó a bucear en el surrealismo; en poetas malditos cercanos a ese movimiento como Henri Michaux, Antonin Artaud y René Daumal; en antecedentes como Jean Cocteau y Henri Bataille, así como en la trilogía de malditos de mediados del siglo xix: Charles Baudelaire, Jean Arthur Rimbaud y Lautreamont; y más allá en el tiempo, a frecuentar la poesía visionaria de William Blake. Eso, sin descuidar los cuentos de Borges y Cortázar, el absurdo de Alfred Jarry o textos filosóficos, etnográficos y psicoanalíticos. A un gesto inusual para el rock como dedicarle un disco entero al poeta, dramaturgo y teórico Antonin Artaud –un objeto metáfora, un elepé de formato imposible de ser recibido por ninguna batea–, se sucedieron discos influidos por Jung (Durazno sangrando) o Foucault (Tester de violencia). Al aura de poeta, con la madurez se le sumó un aura de filósofo, de chamán, de gurú. Aunque ninguna de esas categorizaciones resulte del todo extemporánea o desmedida, en conjunto tienden a velar algo que debiera resultar obvio: la fabulosa originalidad del Flaco Spinetta como artista de los sonidos. Y eso sí que resulta una injusticia. La actividad de las últimas camadas de músicos de jazz en la Argentina viene corrigiéndola a fuerza de empeño y talento. Ya no resulta excepcional que algunos de los músicos más importantes del género improvisen alrededor de las composiciones de Spinetta.

En sus principios, el jazz trabajaba en torno a las músicas populares de su época. Marchas, ragtimes, blues, canciones de las comedias de Broadway. Posteriormente se les sumaron composiciones de músicos surgidos del propio jazz. Pero ese corpus, a fuerza de repetirse, fue estancándose. De improvisar en torno a canciones que todo el mundo podía tararear o silbar porque sonaban en las calles, en los bailes, en la radio, el jazz pasó a construirse y reconstruirse en torno a un repertorio conocido sólo por los músicos y fanáticos del jazz. Tal estado de cosas comenzó a variar desde los años 60, con la irrupción del rock, el soul y la planetarización de la música pop de origen inglés o estadounidense. Muchos fueron los músicos que se plantearon la necesidad de renovar el género con aportes de las músicas populares de su propio tiempo y lugar en la tierra, y en un mismo movimiento contribuir a renovar la audiencia del jazz. Si en los años sesenta esa tendencia avanzaba a pasos cortos y tímidos –por ejemplo, el trío de Keith Jarret improvisando en torno a “My back pages”, de Bob Dylan, en el disco Somewhere before de 1968–, los últimos años del siglo xx asistieron a una aceleración en el proceso de renovar los materiales musicales en torno a los cuales improvisar. Hay hitos como el disco-manifiesto The new standard (1996). En él, Herbie Hancock –junto con Michael Brecker en saxo, John Scoffield en guitarra, Dave Holland en contrabajo, Jack de Johnette en batería y Don Alias en percusión– revisitaba de modo jazzero composiciones de Peter Gabriel, Lennon y Mac Cartney, Prince, Stevie Wonder y Kurt Cobain. Previamente, el guitarrista Bill Frisell venía trabajando con el concepto de americana: para él, todas las músicas producidas en su país eran susceptibles de ser abordadas por el jazz. Así, en discos fundamentales como Have a little faith, This lando Nashville se sucedían encuentros con las marchas de Sousa, las composiciones de Charles Ives y Aaron Copland, el folk rock de Bob Dylan y Neil Young o los artefactos pop bailables de Madonna. Se trate de grabaciones y conciertos de piano solo, de sus tríos o del grupo eléctrico del disco Largo, son notables las versiones que el pianista Brad Mehldau entrega de composiciones de Radiohead, Nick Drake, los Beatles o Jobim. La corriente de renovación del repertorio se ha internacionalizado. Y si hay músicos franceses que improvisan en torno a la chanson, los hay italianos que se entregan a las canzonettas o las arias de ópera más populares y españoles que se meten con el flamenco.

El músico argentino que más consecuentemente se ha dedicado a religar el jazz con la música popular es sin dudas el pianista y compositor Adrián Iaies (si bien debería revisarse lo hecho por el Gato Barbieri a fines de los sesenta e inicios de los setenta en discos como Fenix, El pampero, Bolivia, Under Fire y Latinoamerica, en los cuales el estilo exasperado –y para muchos exasperante– del último Coltrane y las músicas de raíz folklórica argentinas y americanas se sacaban chispas). Iaies, notorio por su interés en el tango, también versionó al Cuchi Leguizamón, a María Elena Walsh, a Fito Páez y a Charly García. La tendencia mundial señalada, unida a cuestiones generacionales y a la evidente riqueza melódica y armónica del Flaco lo han hecho merecedor de numerosas versiones y homenajes desde el jazz. Pero su relación con el género es previa. Así como fue un curioso textual hasta el fin de sus días, Spinetta fue también un curioso musical desde la adolescencia. En su música es notable la asimilación del tango, aquella de raíz folklorica, la bossa nova, Piazzolla. De más grande se fascinó con Bill Evans, Stravinsky y Gustav Mahler. En los primeros 70 la nueva gran cosa era el jazz rock. Y el Flaco no faltó a la cita. De 1977, casi como una despedida, como un fin de ciclo, es el disco A 18 minutos del sol, el más jazz rockero de su discografía oficial, si bien hay huellas y restos de jazz rock en la época de Spinetta Jade. Con anterioridad a la aparición de A 18 minutos del sol –especialmente marcado por Return to forever, el grupo de jazz rock de Chick Corea–, Spinetta había rodado con una banda marcadamente inclinada al jazz rock: la llamada Banda Spinetta. De ella no quedan registros oficiales, pero se consiguen dos bootleg de 1978 en internet: Los espacios amados y un recital en el Teatro Avenida. En aquel grupo tocaban músicos de inclinaciones jazzísticas como el tecladista Diego Rapoport y el saxofonista Bernardo Baraj. La afinidad de Spinetta con músicos de jazz siguió expresándose en la integración de sus bandas. La última tuvo como sutil y potente baterista nada menos que a Sergio Verdinelli, compañero de aventuras sonoras de Ernesto Jodos, uno de los más interesantes compositores del jazz argentino. Y en la época de los discos Don Lucero y Exactas (grabado en vivo en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, en 1990), a cargo del bajo eléctrico estaba Javier Malosetti. Por entonces, se hizo costumbre que al promediar cada recital emprendieran una versión de “La herida de París”. Oportunidad para un extendido solo de bajo a cargo del entonces muy joven Malosetti. Solo que jamás se reducía al mero adorno virtuoso y no era dos veces igual. Malosetti, que tocaba con el Mono Fontana y Jota Morelli –tecladista y baterista del Flaco respectivamente–, les pedía siempre que lo dejaran colarse a un ensayo. Terminó reemplazando a Machi Rufino cuando éste se alejó. Y tanta confianza le tomó el Flaco, que lo dejaba grabar sus partes de bajo a solas con el técnico. Sin supervisarlo. Pero –cuenta el propio Malosetti– Luis tenía una capacidad de apreciación de los detalles musicales no corriente en los músicos de rock. Así lo sorprendió una vez al objetarle con autoridad la parte de bajo grabada en “Fina ropa blanca” y pidiéndole que la volviera a grabar. Ernesto Jodos le confió una vez a la periodista Sandra de la Fuente: “De chico escuchaba mucho al Flaco. Te podría decir qué tema está en cada uno de los discos que sacó hasta el año 90. Muchas canciones que escribí están relacionadas con su manera libre de disponer de la armonía. El jazz, por supuesto, tiene que ver con eso. Alguna vez un alumno me preguntó cómo había empezado a escuchar jazz. No supe qué decirle. Hoy podría darle una respuesta: escuché jazz porque antes había escuchado a Luis Alberto Spinetta”. ¿Puede entonces sorprender que versionen y/u homenajeen a Spinetta desde el jazz argentino? Una lista, provisoria, incluye al saxofonista Rodrigo Domínguez, a la Banda Hermética; a los pianistas Ernesto Jodos, Diego Schissi, Alberto Guerschberg y Adrián Iaies; a los guitarristas Marcelo Gutfraind, Ricardo Lew y Quique Sinesi; a las cantantes Roxana Amed y Eleonora Eubel. Pero aún en aquellos que no asumen explícitamente su música, hay una actitud que podemos pensar netamente spinetteana. Al fin y al cabo, lo que resulta más interesante en relación con Spinetta es la capacidad de pensar la música como “tinglado inconcluso” (la cita es del disco La la la, junto al joven Fito Páez y con arreglos de cuerdas de Carlos Franzetti), a considerarla como algo siempre abierto y dispuesto a mutar, a recibir y a generar otras luces, a producir nuevos estremecimientos, a no resignar jamás la vocación de libertad, de búsqueda, de permanente cuestionamiento de las fórmulas.


Esta nota se publicó originalmente en la edición gráfica de Sudestada y pertenece a la revista especial nro. 11 “Todos estos años de Spinetta”.

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