Todo lo que callamos

—El mail. El mail decía Petiso Orejudo. Eso seguro. Pero el nombre de pila, por más que escarbe en la memoria, no logro recordarlo.

—Señorita, por favor, concéntrese, vamos desde el principio

— “Necesito subir esa nota como sea pensé”. Y total, qué puede pasar. Caballito era la estación. Tenía que bajarme y caminar. Era la última materia. Un departamento estilo conventillo era.

—Pero ¿cómo llega a esa situación? Retomemos. Ramírez, cierre la puerta, por favor.

—Fue el 19 de diciembre. Eso seguro. Porque me agarró el estado de sitio. Eso seguro. Después, todo lo demás, es borroso y confuso. Como si la memoria lo hubiera sepultado en el rincón más oscuro del baldío.

—Empecemos con lo que sí recuerda.

—La materia era Sociología. Yo estaba cursando el último año. El profe me gustó desde el primer momento que lo vi. Apenas entró al salón, sentí una murga desfilando por el pecho. El cuerpo me avisó que me gustaba antes de saber siquiera su nombre o cómo era su voz. Era inteligente. Hacía chistes. Me sonreía cada vez que respondía algo bien. Nos explicó la teoría del materialismo dialéctico con canciones de Los Redondos, y bueno, con eso me deslumbró.

— Ramirez, ¿Me lo sacás al negro de ahí, por favor? Otra vez se metió debajo del escritorio, qué perro atrevido. Disculpe. Continúe, señorita.

—Él me gustaba, no era como los chicos de mi edad. Él tenía esa seguridad que dan los años. Sabía mucho, era muy hábil con las palabras y le gustaba escucharme. Sabía hilar las ideas, conservar la calma, y sobre todo, tensar ese hilo fino que hay entre “me caés bien” y “te quiero dar”. Cuando él pasaba por mi pupitre, se acercaba a mi hoja, me hablaba cerca de la boca. Era una constante tensión sexual. Pero dudaba. Dudé en ese momento, como siempre dudo de mí: qué mirá si le voy a gustar con estas caderas y estas ojeras, que tengo los dientes torcidos, que no me destaco nunca en nada. De lo único que estaba segura a esa edad, era de ser fea, y que nadie me va iba a querer. Una máquina de fabricar inseguridades era mi cabeza por esa época.

-Pero volviendo al relato de los hechos, señorita…

—Tenía que aprobar como sea, para poder recibirme, pero el día del final no podía ir a rendir porque en mi trabajo no daban el día.

—¿De qué trabajaba?

—En un salón de fiestas infantiles, animando cumpleaños. Sin dudas, uno de los peores trabajos que tuve.  En negro. Si faltaba, directamente me echaban. En mi casa mis viejos estaban sin laburo hacía meses. Tenía que parar la olla.  Imposible faltar.

—Volviendo el suceso en sí, por favor, concéntrese señorita.

— Él me gustaba, es cierto. También que yo intuía que él se daba cuenta. Y claro, una pibita enamorada de un tipo en una posición de poder. Qué no lo iba a saber.

—¿Él la acosó o le dijo algo en el establecimiento educativo?

— No, no. Ahí fue todo ambigüedad. Me gustaba tanto, que a la vez me intimidaba. Pero dije ya fue, al final de la clase lo encaro. Le expliqué que no iba a poder rendir. Le pregunté si había alguna otra fecha alternativa. Siempre hay una alternativa, un plan b, señorita, me dijo, guiñándome el ojo. Tranquila que ya le vamos a encontrar la vuelta. Me anotó en un papel su mail. Ahí decía petiso orejudo. Eso es seguro.

—Ramírez ¿Ponés la pava? Parece que viene para largo esto. Continúe

 —Escribame acá, que le tomo un parcial domiciliario. Todo tiene solución señorita, no se aflija demás, que lo que más lindo le queda es la sonrisa. Ah, y el pelo suelto. Me acuerdo que cuando le agradecí, emocionada, por hacer semejante excepción, me respondió: Gracias hacen los monos. ¿Además, qué le puedo cobrar?

—¿A usted le gustó o le causó rechazo su actitud?

—Ambas.

Continuemos. El mail.

—Yo le mandé el mail con el asunto nota del parcia.  Él me volvió a ofrecer que lo haga de manera remota, tipo trabajo práctico. Que lo imprima, y se lo acerque, así podía ponerle la nota y firmar la libreta, para que tenga validez. Le dije que muchas gracias, que me sentía en deuda. Otra vez me bromeó con las maneras de cobrarme.

— ¿Entonces usted consensuó al acceso carnal como forma de agradecimiento? 

—No. Yo seguía sin captar la indirecta.

— Pero usted dijo recién que le gustaba.

— Sí, pero no de esa manera. O sea, flasheaba. No tenía esa noción. Era chica.

— ¿Usted se refiera a que era virgen?

— …

— ¿Sí o no señorita? ¿Usted sabía lo que podía pasar si accedía a verse a solas con un hombre?

— No sé si lo sabía. Era confuso. Me daba curiosidad, pero también miedo. Yo lo admiraba, me gustaba. Pero no sabía manejar lo que me pasaba.

— Volvamos al día de los hechos.

 —Me dijo que lo hiciera tranquila, que recién el 20 de diciembre cerraban las notas. Yo igual lo terminé esa misma noche, sin muchas dificultades. Con los apuntes nomás pude responder todo sin problemas. Se lo mandé el  10 de diciembre. Pasaron los días y no me respondía. A la semana fui al bachiller, y estaba todo el edificio vacío, solo estaban los porteros barriendo sobre lo barrido, y los preceptores pasando notas y tomando mate. Les pregunté por él. Me dijeron que ya no volvían hasta el 20 que se entregaban las planillas.  Les agradecí, volví a casa, empecé a desesperarme. Pasaron los días y el silencio me taladraba. Nada. Chequeaba a cada rato. Nada. Mi vieja me veía preocupada, me preguntaba qué me pasa. Me está por venir, le mentí. Pensé que me iba a matar si se enteraba que andaba en algo raro con un tipo más grande y que encima era mi profesor.

— Por favor un poco más despacio señorita que no me dan los dedos. Yo la verdad resumiría, pero ahora, sí o sí, por la nueva disposición tengo que dejar registrado todo lo que diga. Por favor continúe, pero más lento.

—El 19 a la mañana recibí su mail. Me decía que estaba casi aprobada, pero que tendríamos que terminar de revisar unos conceptos de manera oral. Yo sentí el impulso de decirle algo, de reprocharle el infierno que había vivido esos días con su indiferencia. Quería que me dé una explicación, o que me pidiera disculpas. Toda la situación me hacía sentir incómoda a esa altura. Pero tenía la autoestima pichoncita. Me callé. No dije nada. Ni a él, ni a mi vieja, ni a mis amigas.

—Señorita, en concreto, ¿cómo llega usted a la casa del masculino? Gracias Ramírez. Sin azúcar para mí por favor.

—Sentía miedo, pero a la vez él me gustaba. Una parte de mí me decía rajá, pero la otra me acusaba de cagona. Me ponía muy nerviosa la situación, quería sacármela de encima. Accedí a ir a su departamento en Caballito, por la tarde.

—¿Recuerda la dirección del departamento?

—Acoyte, creo. Una de las que corta Rivadavia. A partir de ahí es todo muy borroso. Le dije a mi vieja que me iba con una amiga a calle Avellaneda a ver vestidos para la entrega de diplomas. Me creyó. Me dio plata, me deseó suerte. Me dijo que no vuelva tarde.

 —Señorita, en concreto, ¿cómo llega usted a la casa del masculino?

—Me tomé el tren y caminé. Creo recordar que tres o cuatro cuadras. A partir de ahora todo se vuelve difuso.

—Usted llega a la casa. Día 19, 19hs aproximadamente. ¿Podría describirme al sujeto?

— Más alto que yo. 1, 70 debe medir. Usa esos lentes cuellos de botella. Tiene la corona de la cabeza pelada. Los ojos verdes. Aliento a whisky. Los ojos como dos monedas. La mandíbula rígida. Casi no parpadeaba.

—Cambiale la yerba, ¿querés Ramírez?. Escuchame, cruzate enfrente. Phillp de 20. Gracias. Continúe ,  señorita.

—Apenas entré empezó a acariciarme el pelo, yo me quedé paralizada. Lo esquivé como pude y me dijo que me quedara tranquila, que lo de la nota ya estaba arreglado. Me ofreció algo de tomar.  Le dije que prefería no tomar con el estómago vacío. Me dijo que no pasaba nada, que es para brindar nada más, que no sea flojita. Usó esa palabra, justo esa. Odio que me digan que soy floja, justo a mí, que me aguanto todo. Usó esa palabra. Eso seguro.

—No nos desviemos. Le ofrece alcohol. Usted para ese momento ya había ingresado al domicilio del masculino, ¿verdad?

—Sí. Tomé un trago, era whisky o algo por el estilo. Fuertísimo. Un asco. Me dio arcadas. Pero me la aguanté. Como siempre, me la banco. En un momento empecé a sentirme mareada. Y ya después no recuerdo bien. Como si al cuadro lo hubieran roto con un martillo, ¿me entiende? Veo mi vestido tirado, siento cómo me muerde el cuello, el cuerpo está rígido como si me hubiera caído en un lago congelado. Recuerdo el asco que me daba su aliento a whisky mezclado con el tabaco. Y lo raro que se vía sin los lentes. Se había sacado la camisa y los lentes, ahora me acuerdo. Él me mordía el cuello, me decía te gusta putita. También todavía estás seca y cómo me gusta la carne fresca, mientras me pasaba la lengua por los pezones.

—¿Hubo solo toqueteo o también felación? ¿Llegó a penetrarla?

Sí. Yo estaba paralizada. Rígida. Tengo la imagen de él arriba mío, y yo mirando el ventilador rogando que todo pase lo más rápido posible, pensando que, si me pasaba algo, mi vieja no iba a saber dónde buscarme. Me aguanté el dolor rogando para adentro que terminara pronto.

—Ramírez. Alcánzame las carilinas, por favor.

—Cuando terminó, se acostó al lado. Yo me levanté rápido, como si se hubiese activado el instinto de huida. Me acuerdo que mientras me vestía me dijo algo de la nota, de que pensó que tenía más ruta, y que no me preocupara, porque como todo en esta vida, se aprendía con la práctica. O algo así. Lo estúpida que me sentí. Sentí que era mi culpa por no saber coger. Por no estar a la altura. Me eché la culpa.

— ¿Señorita se encuentra bien? ¿Quiere un vaso de agua?

—Sí, gracias. Quería volver a mi casa. Pero justo en la tele una placa anunció que habían decretado el toque de queda. Le dije que no me sentía bien, y me fui igual. Era de noche ya. Se escuchaban a lo lejos los golpes de las cacerolas y los estruendos.

De pronto me acordé de mi madrina. No la veía nunca. Vivía en La Paternal. Fui a un teléfono público y la llamé. Estaba como loca, a los gritos, exaltada por los saqueos, el corralito, se puso contenta de que la llame. Me dijo que me tome un taxi , así la acompañaba a golpear las cacerolas. Cuando llegué llamé a mi casa, mandé cualquier chamuyo. Me quedé dos días al final. Recién el 22 volví a casa. Me sentía sucia.

— ¿Le comentó a su madrina, o su madre, o a alguna amiga sobre el acceso carnal?

—No. Nunca conté nada, me lo tragué. Lo enterré. Me seguí echando la culpa. Por boluda, por pendeja, por puta. Todos estos años.

— Ahora bien, señorita. Yo voy dejando todo asentado. La pregunta es, se cumplen veinte años del hecho ¿por qué decide venir ahora?

—Porque me daba vergüenza contarlo. Me sentía una estúpida. Nunca dije nada. Hasta el mes pasado que empecé terapia por los ataques de pánico. Me mandó el médico a la psicóloga. Yo no quería saber nada. En mi casa, eso siempre fue cosa de chetos, cosa de locos. Pero bueno, de a poco empecé a largar prenda. Cuando esto empezó a aparecer, ella me explicó que tenía que hablarlo, contarlo. Y además, hacer la denuncia. Me explicó que podía huir todo lo que quisiera, pero que el trauma siempre me iba a alcanzar. Porque a la larga, el cuerpo dice todo lo que callamos. Y bueno. Imagínese, no es que me encante revolver mierda, pero ese tipo seguramente sigue dando clases. ¿Cómo sé que no va a volver a hacerlo con una de 15, 14 o 13? Por eso vine.

—Ah claro. La verdad que bien no sé cómo caraturarlo. Aguárdeme un cachito que me comunico con la gente de la oficina Género.

— Está bien.

—Uy no, no te la puedo creer, la puta madre, se cortó la luz. Es la tercera vez esta semana. Disculpe, señorita, pero vamos a tener que escribir toda la denuncia de nuevo. Acaban a avisarnos que se cayó el sistema.

Un relato de Nina Ferrari
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