Todo por mil pesos

Con mil pesos te podés comprar tres birras ricas o cinco de las más baratas. Tres bombachas en la feria de Las Flores. Un libro de poesía en oferta. Dos días de alquiler de un departamento en algún barrio periférico. Dos paquetes de yerba, seis viajes en colectivo, dos kilos de frutillas, un paquete de pañales. Con mil pesos, no te comprás un terreno, ni una máquina de ningún tipo, ni una moto para hacer repartos. Mil pesos por día, pagaban en la joyería. Mil pesos, por doce horas. Trabajando doce horas por día no puedo hacer una carrera terciaria, ni entrenar vóley, ni ir clases de contemporáneo, ni ensayar. Yo me había prometido nunca más volver a esos laburos horrendos. Me había jurado progresar con lo mío: la danza. Y en el lecho de muerte le prometí a mi viejo que por nada del mundo iba a dejar la facultad. ¿Alguna estuviste al borde del precipicio de tus propios principios? Es como asomarte a un pozo ciego, y en el fondo, ver bien traslúcida la cara de la humillación. Pero bueno, hace mucho que en casa la plata no alcanza, y yo no me voy a quedar mirando cómo mi vieja se rompe el alma y el cuerpo laburando cama afuera mientras yo tiro currículums fantasmas por internet. Así que a escondidas de ella, fui a la entrevista. Me presenté un lunes a la mañana y me dijeron que ese mismo día a la tarde ya empezaba. “Si cambian a cada rato de empleado, por algo será”, decía siempre mi viejo. Y cuánta razón tenía. La encargada era bastante vinagre, pero zafaba. Se ve que ya estaba podrida de tener que explicarle todos los yeites del rubro a cada piba que empezaba.
-Mirá el sueldo es bajo, pero acá la clave es la comisión. Tenés que vender, como sea. Dorales la píldora, enroscales la serpiente, lo que haga falta. Acá tenés que tener la sangre fría, no queda otra.
¿Alguna vez viste morir un sueño?
Es como una agonía fría que te quema, sin fuego.El dueño me pareció el clásico gato desde el principio: se acercaba innecesariamente para hablarme, emitía opiniones sobre mi cuerpo que nunca había pedido, le decía piropos a las clientas. Qué sé yo. Típico de machirulo.
Pero ya después empezó a ponerse gede, me escribía mensajes fuera del horario, me contestaba los estados. Lo silencié, obvio. Empezó a llevarme a su oficina con cualquier excusa estúpida, y yo empecé a sentirme demasiado incómoda. ¿Alguna vez sentiste cómo el instinto de huida se activa? Es lo que siente cada vez que el peligro acecha. Pero se ve que a veces, el predador natural de la preservación, es la necesidad.Ya el tipo se estaba poniendo muy denso, me pasaba por detrás y me hablaba al oído, me mandaba mensajes desubicados, las visitas a su oficina se volvían cada vez más seguidas y las excusas, cada vez más forzadas y ridículas. La verdad es que me sentía tan tensa todo el tiempo, que había decidido renunciar una vez que se cumpliera el mes y me liquidaran el sueldo. No llegué. Encima en casa no contaba nada porque si mi vieja se enteraba que había dejado la cursada para laburar ahí se iba a enojar. 
Hoy, apenas llegué, me volvió a llamar a su oficina, (ya sin excusa) pero esta vez, cuando entré, vi que estaba todo en penumbras. Él cerró rápido la puerta, me acorraló contra la pared y me empezó a besar el cuello.
-Dale mami, si yo me doy cuenta cómo mirás, que me tenés ganas. ¿Te tocás pensando en mí? Porque yo sí, mucho. Mirá cómo me ponés. Yo, que siempre fui la más getona, presidenta del centro de estudiantes, defensora de pobres y ausentes, como me decía mi viejo, no pude reaccionar. Me quedé helada. El cuerpo, literalmente, se paralizó. Como si frente al ataque inminente, la respuesta instintiva fuera fingir la muerte. Juro que le daba la orden al cuerpo para que se mueva, y a la voz para que gritara, pero no pude. Decí que justo la encargada tocó la puerta para pedirle que le habilite un descuento, y ese sonido, me sacó de la parálisis. Atiné solo a decirle “salí de acá, asqueroso”. Agarré mi mochila, mi celular, y me fui corriendo a tomar el colectivo. Cuando llegué a la parada estaba como abombada, no sabía si habían pasado diez minutos o diez horas. Me subí al bondi, y me quedé mirando por la ventanilla mientras mi mente reproducía, como un proyector, una y otra vez, la escena. Cuando llegué a casa, pasé de largo para el baño, y me metí en la ducha. Tardé muchísimo. Me seguía bañando con el agua fría. Me sentía sucia. Cuando me salí, así, en toalla, me fui rajando a la pieza, porque si mi vieja me veía, me iba a sacar la ficha al toque. Me quedé tildada, mirando una y otra vez la escena, pero esta vez, como desde afuera. Una parte de mí rezaba para que todo haya sido una pesadilla, y así poder despertarme. La otra hacía fuerza por quedarse acá, como un nene desesperado sujetando con todas sus fuerzas un globo inflado con helio.
¿Alguna vez estuviste en estado de shock? Es como si la muerte te rozara, y te susurrara con un aliento helado, que la acompañes. Bueno, así estaba yo, hasta hace un rato, justo antes de acostarme, abrir el celular y que Facebook me pregunte:¿Qué estás pensando?

Un relato de Nina Ferrari
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