Yendo

Imagen: Fotograma de la película Paisaje, de Jimena Blanco

—Yendo mandó hace una hora. ¿Se puede saber a dónde se metió?
—Ya fue, la voy a llamar. Me re preocupa. 
—Esperá, justo ahí están aplaudiendo. 
—A ver. Sí, es ella.
—Amiga, ya estábamos caminando por las paredes.
 —Perdón. Se me complicó.
—¿Qué onda?
—Tengo una angustia. Resulta que pedí el coche, después de la clase, todo a las apuradas como siempre. Apenas subo, la baranda a pucho me da un sopapo apenas entro. Abro la ventanilla, el tipo se da vuelta, me guiña el ojo mientras se peina el bigote y me dice:
—¿Tenés calor?
—Quiero un poco de aire, si no le molesta.
—Para nada. Tuteame, linda. Me hacés sentir viejo, sino. Y decime, ¿vos de qué trabajás? -De mesera. 
—¿Y dónde queda el restorán dónde trabajás?
—Parque Leilor
—Uuuuh es lejos. ¿Y te volvés siempre solita, de noche?  Mirá que yo hago viajes por pedido.
—No, está bien, le agradezco.
—Ya te dije que me podés tutear.
—Disculpe, pero tengo que conversar con mi hijo, le dije y agarré el teléfono. Ahí fue que les mandé el Yendo.
—Ah ¿tenés un hijo? ¿Tan jovencita?  ¿y queda solo, mientras vos salís?
Ni atiné a contestarle, me quedé scrolleando memes. Pero en una, cuando levanto la vista, veo que está agarrando por el camino de la ribera. Una boca de lobo. 
—En la avenida está todo cortado, están asfaltando, me dice.
Re chamuyo me sonó. El camino lleno de curvas, el tipo pispeándome por el espejo retrovisor, las motos pasando a los piques para el fondo, los perros con el cuero pegado a las costillas olfateando los cestos de basura: fueron diez cuadras que duraron diez horas. Me agarró una taquicardia. Y no va que cuando estaba acá a un par de cuadras, me cae un mensaje de mi vieja, que se había quedado sin la medicación. Nunca se me pasa. Nunca. Pero debe ser que ando con tantas cosas. Flor de malambo se bailan los quilombos en mi cabeza. Y yo queriendo que duerman la siesta por un rato. Ni siquiera por un fin de semana me dan tregua todas las responsabilidades que penden de mí. Un rato nomás, pido. Contate otro, parece que me dijeran, cada vez que quiero descolgar un poco la mochila.
Cuestión que le pido al viejo que pasemos por una farmacia. 
—Ese no era el recorrido original. Vas a tener que agregar  ese trayecto y se te cobra aparte. 
—Sí, ya sé. 
Bajo en la farmacia del centro, y encima había cola. Chau. Re caro me va a salir la joda, pensé. Y no va que mientras estaba esperando en la fila, veo que enfrente está la hermanita de una compañera de Rami revisando la basura. Tajeando las bolsas, con las piernas de la muñeca. Una trompada en los ojos. Les juro que se me estrujó el corazón. Atiné a acercarme, pero justo cuando estaba por cruzar la avenida, la madre les gritó a ella y todos sus hermanitos, que se apuraran, porque en el Pancho Vip estaban sacando las sobras. ¡Viva!  Panchito, panchito empezó a cantar contenta, la nena.
Y bueno, con todo eso perdí el lugar en la fila, y tardé más todavía.
Cuando por fin terminé de comprar, antes de subir de nuevo al coche me asomé a los contenedores, pero ya se habían ido. El tipo me dice
—¿Mucho más vas a tardar?
Ay por Dios. Tuve que contar hasta cien para no mandarlo a la mierda.
—Lléveme a mi casa, y me quedo ahí, le dije.
Me puse los auriculares. Y no le hablé más.
Cuando llegamos, una luca me cobró. Un día de laburo me salió toda la jodita. Una luca, por un olvido. ¿Para qué mierda la quiero colgar si siempre la exigencia me pasa factura? Y encima, antes de irse, baja la ventanilla y me dice:
—¿Sabés qué te vendría bien a vos? Un novio con coche.
Un piedrazo en el medio del parabrisas le habría tirado si hubiese tenido alguna a mano, te juro.
Entré, le di la medicación a mi vieja, me asomé a ver al Rami y estaba todo brotado de nuevo. Corticoide le tuve que dar. Cada vez que se tiene que ir con el padre la misma historia. Si no se brota, le duele la panza, la cabeza, el pelo.  Ya no sé qué voy a hacer, les juro. Re caiducho estaba.

—¿Me puedo quedar con la abuela? Te prometo que me porto bien. 
—Pero te toca irte con tu papá este finde, amor. Además, yo ya me estoy por ir.
—Vos andá tranquila con las chicas, ma que yo la cuido.  
—Bueno.
Antes de irme, pasé por la puerta de la pieza, y se estaban riendo los dos abrazados, mirando Los Simpson.  A veces una se queja de llena, pensé.
Agarré la bici porque el bondi ya no pasa. Al teléfono lo dejé en casa por las dudas.
—Ay, amiga, nos hubieras llamado. Re agitada estás…
—No saben cómo rajé. Ni yo sabía que podía andar tan rápido. El corazón al palo. Pero bueno acá estoy.
—¿Y ahora cómo estás?
—Una angustia tengo.
—Ay linda, y sí… ¿te quedaste muy mal por lo del viejo?
—Bueno sí, por eso también. No, yo decía por las bolsas.
—¿Qué cosa?
—¿Vieron las bolsas de basura de afuera? Todas tajeadas, estaban.

Un relato de Nina Ferrari
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