4 años con Fernando

Editorial Sudestada

Fernando Báez Sosa estaba de vacaciones en Gesell. Entró a un boliche a pasar una linda noche y se encontró con ellos. Los rugbiers, los que hacían de la impunidad un modo de vida, los cobardes que se organizan para pegarle entre todos a un pibe, por “negro”. Y fueron tras la “presa”, en grupo, frenando a los amigos de Fernando y a quienes intentaban cortar una golpiza brutal, que se sabía terminaría muy mal. Le pegaron por la espalda, lo remataron con patadas en la cabeza cuando ya estaba inconsciente. Y se fueron, se cambiaron la ropa, se rieron y salieron a comer unas hamburguesas sabiendo que el pibe había “caducado”, como circuló en su grupo de whatsapp. Se sacaron una foto, y cuando la policía los detuvo lo primero que hicieron fue culpar a un pibe al que le hacían bullying. Pactaron el silencio, y con ellos también sus familiares, para quebrarse en un juicio que los condenó a perpetua, pero con el privilegio de estar “aislados” en la cárcel, como ningún pibe preso tiene. “Lo mataron a traición”, dijo la mamá de Fernando, con la voz partida y el mundo derrumbado. Y ahora los ocho presos, sin asumir nada, protegidos por ser quienes son. Ellos pueden hablar, pueden llorar o sonreír, abrazar a la violencia o mostrar lágrimas secas. Pueden verle la cara a su mamá o su papá, cuidarse entre ellos o jugarse la vida, pueden soñar con la impunidad de nuevo, o saberse entre rejas por muchos años. Ellos pueden. Fernando no. Fernando se fue en ese cordón después de que estos cobardes decidieron matarlo.

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