Acoso callejero: ese grito que nos repiten a todas

Tengo esta sensación: soy una mujer alfiler, siento los huesos rígidos, la piel fría, la cabeza a mil. La boca muda, creo, cerrada para siempre. Sola, estoy muy sola, de repente el mundo es un lugar demasiado hostil, no sé qué hago acá, estoy perdida, por qué salí de mi casa.

Por Camila Miranda De Marzi*

Estaba de vacaciones en las Termas de Federación, Entre Ríos, en una pileta. Hace unos años con mi mamá descubrimos que si nos escapábamos unos días de Capital Federal y cambiábamos de aire, lográbamos relajar la cabeza del trabajo, la facultad, la rutina. Siempre que la plata en casa nos los permitía nos íbamos, nuestro ritual de agua. Lo más placentero era sentir que cada persona estaba ahí más o menos por lo mismo: desconectar. Pero, la sensación que intento contar me quedó pegada en el cuerpo porque se corrió de ese colchón de disfrute. 
Estoy en la pileta y mi mamá me espera en una reposera en el borde, ya por irnos. Un grupo de hombres entra y se zambulle en el agua. Se acomodan en una esquina, frente a mí. Me revuelvo incómoda en mi pedazo de pileta, como si el agua de repente fuera una manta, algo seguro para taparme. Los escucho hablar a los gritos, reirse. El cuerpo se me pone tenso porque ya sé lo que va a pasar. Aunque todavía no haya pasado nada, siento que esta situación la viví muchas veces: los ojos de todos ellos me van a seguir el cuerpo con la mirada. Mi cuerpo. En malla. Hago tiempo. Retraso mi huída esperando el momento ideal. Quiero que se distraigan, que se olviden de que estoy ahí. Sé que ya me vieron, no hay mucha más gente en el agua. Esperan. Me convenzo de que va a pasar lo que pasa siempre. Intento conformarme pensando solo me van a mirar. De un salto me siento en el borde, y en el siguiente movimiento ya estoy envuelta en la bata blanca. Ya pasó. Les doy la espalda y escucho como se acercan hacia la esquina en la que estaba hace unos segundos. Intento charlar con mi mamá, que me esperaba en la reposera, pero me devuelve esa mirada de madre que entiende todo y no puede hacer nada. Ella me dice que nos vayamos. “Que se saque la bata”, escuchamos. Me quedo rígida. La miro a mi mamá. Ella los mira a ellos. Muda ella. Muda yo. No fue la primera vez que pasaba algo así, pero sí la primera tan explícita. 
Con mamá salimos del vestuario, intercambiamos un par de comentarios acerca de lo desubicados que son los tipos, pero nada más. No volvimos a hablar de ese momento, como si hubiéramos hecho algo malo. Esa noche me acosté en la cama todavía incómoda, irritada. 
Pasó casi un año y todavía tengo esa sensación, no solo por lo frágil que me sentí, ni por tener la certeza de que cuando los hombres se mueven en grupo creen que tienen aún más privilegios, más libertad, sino, sobre todo, porque no hice nada. Seguí juntando mis cosas. No pude darme vuelta para mirarlos a la cara. La frase que soltaron hizo que me diera vergüenza estar ahí. Si el acoso es violencia, un grito quebrado podría haber salido de mi boca junto con todas las puteadas que sé. Al contrario, la voz se me metió para dentro. Podría haberme quedado para enfrentarlos de alguna manera, o mentirme y conformarme con que justo estábamos por irnos, pero, en realidad, huímos como hormigas de un hormiguero prendido fuego.
Pienso en otras situaciones, en las que fueron menos crudas, en las que alcanzó un solo gesto para avergonzarme. En esa primera vez que alguien me gritó por la calle, y en la sorpresa y el desconcierto que debo haber sentido. En que aunque fue la primera vez que un varón opinaba sobre mi cuerpo o mi forma de caminar o de vestir tampoco atiné a hacer nada, porque el miedo es lo primero que nos enseñan en casa, lo primero que aprenden las mujeres que ya le han enseñado otros hombres, la primera reacción. Como si no pudiera haber otras. En todas esas veces tampoco hice nada. Por miedo, por vergüenza, por inseguridad; porque era más chica y nunca nadie me había dicho que podía elegir no quedarme callada. Al contrario, lxs adultxs, en más de una oportunidad, comentaban que era mejor no hacer nada, “por las dudas”. Ahora que en la calle me siguen gritando, me pregunto por qué esa situación en la pileta me irritó más que otras veces. Por qué estando con mi mamá –dos adultas– en un lugar público, sin riesgo aparente, ninguna de las dos atinó a nada más que a irse. No soy injusta conmigo misma. Sé que no debería responsabilizarme, que la culpa la tiene el acosador; pero el peso por no haber reaccionado sigue ahí. ¿Qué podría haber hecho distinto? 
Como casi siempre que me quedo sin respuestas, recurrí a Google. Según la página del gobierno, hay una ley vigente en CABA que dice que si sufrís acoso callejero el acosador puede recibir una multa, trabajo comunitario o arresto. La sección explica que “el acoso sexual callejero consiste en las acciones físicas o verbales con contenido sexual contra una persona que no quiere participar de esas acciones.” Después, en una estructura de preguntas y respuestas, se aclara que el acoso no se da solo en el ámbito público, sino que también abarca el espacio privado. Y, aunque parezca una locura, se formula la pregunta: ¿Qué tipo de acciones son acoso sexual? A lo que se responde:

∙Los comentarios sexuales.
∙Las fotografías y grabaciones hechas sin tu consentimiento.
∙El contacto físico indebido y sin tu consentimiento.
∙La persecución o arrinconamiento.
∙La masturbación.
∙Mostrar partes íntimas del cuerpo.
∙Los gestos obscenos.

Luego, en no más de un par de renglones, aparece la palabra sanción. El acoso callejero se sanciona o se multa con trabajo comunitario y, parece una tomada de pelo, pero también se enuncia que el acosador puede ser arrestado. Para terminar, por si no quedó claro, en un pequeño párrafo se explica por qué se castiga el acoso callejero, y los conceptos que aparecen son la humillación, degradación, clima ofensivo, ataque a la libertad de la persona acosada. Así, es una lista no más larga que una de supermercado, queda saldado el tema: Multas, trabajo comunitario, arresto. ¿Son justo estos castigos? ¿Sirven? Suponiendo que alguien haga la denuncia y lleve a cabo, ¿habría un aprendizaje? Creo que uno de los puntos claves en torno al acoso callejero es que abarca lo que tenemos aprendido como costumbre. No tiene que ver con la ley, aunque está buenísimo que exista una cuestión legal que lo muestre como un problema, pero la solución no creo que tenga que ver con las leyes. Tiene más que ver con la crianza individual de cada persona, y que lo que vivimos las mujeres en la calle es un reflejo potenciado de todos esos hombres machistas. Las características que hacen que un hombre ejerza el acoso callejero empieza en la casa: la falta de respeto hacia la mujer, la cosificación, el maltrato, el dominio. Esa violencia, la del acoso, es una mínima parte que se filtra en ese acto mínimo y fugaz que sale expulsado por la boca del varón, como si no pudiera estar en sociedad sin reafirmar su posición de poder. 
Es difícil de tratar porque está arraigada la cuestión de género. Si un hombre insulta a otro no es acoso callejero. Pero si un hombre insulta, agrede o hace un comentario sexual a una mujer, sí lo es. ¿Cómo podría sancionarse un mismo hecho, el de hacer un comentario ofensivo, si dependiendo del género de la persona varía el resultado? En el acoso callejero se da una asimetría de poder marcada por el género, siendo el hombre cis siempre el que tiene el poder. Da lo mismo si del otro lado hay una mujer cis, trans, persona no binaria, etc. La mayoría de las veces el hombre cis es el que acosa. 
Casi todas las mujeres sabemos que el hombre que nos grita por la calle no está buscando lo que verbaliza. El comentario tiene más que ver con el miedo que busca provocarnos. Si nosotras respondemos, de alguna forma, como se pueda, aunque no sea verbalmente, rompemos esa dinámica. Por eso, sigo pensando que en esa pileta, podría haberle dicho al guardavidas, figura que podría acercarse a la autoridad pero ¿qué le hubiera dicho? ¿qué pruebas tenía? Y el eterno temor que siempre está ahí: que no me crean. Yo no quería que otra persona, otro varón, se enterara de lo que había pasado. Quería reaccionar. Podría haberme dado vuelta, mirarlos a la cara con una mirada de tigre, decirles algo a los gritos. Sentir que yo estaba haciendo algo. Parte de la bronca aparece porque nos quedamos calladas. ¿Si hubiera respondido algo tendría todavía esta sensación en el cuerpo? Si hubiera reaccionado, ¿me sentiría distinta? Me cuesta pensar, incluso después del tiempo que pasó y de que ahora estoy en un espacio seguro, qué les podría haber dicho. ¿Los hubiera insultado, ubicado, deseado la muerte? Ni siquiera en mi imaginario logro armar la escena, construir otro final posible. 
Tampoco es un tema que hable con mis amigas, otras mujeres que sé que viven lo mismo. No es un tipo de violencia que esté en la boca de todas a cada momento. De forma paradójica, el acoso callejero lo sufrimos todos los días, pero lo hablamos casi nunca. Es lo que más naturalizado tenemos dentro de todo el repertorio machista. ¿Será porque nos enseñaron a quedarnos calladas? Lo que sí sucede con amigas es la respuesta: en grupo sí respondemos. Sentirnos seguras gracias a la que tenemos al lado nos hace perder el miedo a ese comentario. Nos acerca la valentía de reaccionar y decir algo, lo que sea. Es como volver a casa con una amiga: nos sentimos más seguras, con menos miedo. Ahí se responde. Se grita. 
¿La respuesta para eliminar el acoso callejero es estar siempre con amigas? No sé. Aunque a mí me cuidan mis amigas. No sabría cuál es la fórmula para que los hombres entiendan de una vez por todas que lo que ellos hacen para sentirse más poderosos es violencia. Pero intuyo que tiene que ver con las costumbres y formas que se manejan en cada hogar, con el rol de género que cumple cada persona, con las formas de diálogo entre el hombre y la mujer que cada niñe ve, absorbe y reproduce. 

*Texto en colaboración con @agenda.feminista, una revista cultural que surge con la intención de crear un espacio de visibilización para las minorías y disidencias y un análisis de actualidad atravesado por la tensión de los feminismos existentes.

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