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Bayer, el polemista rebelde


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Lejos del bronce que distorsiona su voz rebelde y fogosa, elegimos recordar a Bayer como siempre lo sentimos: como un incómodo decidor de verdades, como un luchador irreductible de la ética, como un defensor a muerte de los luchadores y los revolucionarios, como ese polemista feroz que encaró, durante toda su vida, el delicado arte del duelo con sus armas: el pensamiento crítico, la ética y la decisión de vida de ubicarse siempre a la sombra de los rebeldes del mundo. Publicado en la revista Sudestada Nº 156 (Marzo 2019).

Por Colectivo Editorial Sudestada
Fotos: Julieta Gómez Bidondo y Mariana Berger


Coherente, sensible, irreductible, solidario. Osvaldo Bayer dejó sembrado un camino ético que es hoy semilla en su oficio como historiador, pero también en otras facetas de su vida, como la del luchador incansable, la del divertido contador de anécdotas, la del investigador sensible, la del viajero infatigable, la del antagonista de los poderosos. Y de todas las huellas que dejó su paso, elegimos una singular: la del polemista feroz. No, Bayer no se callaba nunca ante las injusticias, y su voz siempre se hizo oír frente a la hipocresía de otros intelectuales o ante la construcción simbólica de lugares comunes al abrigo del poder de turno. En muchas ocasiones, protagonizó esos duelos verbales en la más absoluta soledad política, incluso a contrapelo del momento histórico, en beligerancia contra posturas conciliadoras o miradas contemplativas que siempre asomaban teñidas de oportunismo. No, Osvaldo era fuego en sus polémicas, era una daga filosa contra imaginarios colectivos que llegaban de la mano de esos, los de siempre, aquellos confundidos y esos otros cómplices del fluir de determinadas ideas, cómodas para asumir desde la gerencia de la época. En aquellos enfrentamientos pendencieros, Osvaldo era bravo, siempre armado de argumentos sólidos, pero también de una convicción inflexible, y dejando a su paso ráfagas de humor y de ironía, y también síntesis y lectura de su tiempo. 

Contra el héroe de la clase media

De todas las polémicas que lo tuvieron como protagonista, destacamos apenas tres por lo irreverente de su postura, por lo incómodo de su posicionamiento y por la certeza de saberlo duelista apasionado, defensor de luchadores silenciados por la Historia, vindicador de los derrotados que, frente al discurso único del poder, perdían también la esencia de sus ideas detrás de la derrota que marcaba el final de su camino de lucha.

Como cuando se atrevió a confrontar a Ernesto Sabato. No fue en cualquier contexto, lo hizo en enero de 1985, cuando Sabato era el intelectual orgánico preferido de la primavera alfonsinista, el rostro de la Conadep y de la ética adoptado por un sector social que pretendía dejar atrás los años del genocidio militar sin reparar en complicidades civiles, sin atender el daño generado a una generación de jóvenes rebeldes, aferrándose a la Teoría de los Dos Demonios como atajo para limpiarse el barro del silencio, la connivencia o la inacción durante la más sangrienta dictadura militar en Argentina. Ahí estuvo Osvaldo, desde las páginas del periódico de las Madres de Plaza de Mayo, para cuestionar abiertamente a Sabato por su defensa de monseñor Pio Laghi, uno de los sacerdotes de una Iglesia que formó parte y fue vital en el entramado del terrorismo de Estado de los años setenta. “Ernesto Sabato debe al pueblo argentino un real acto de contrición”, disparó Bayer, evocando el penoso papel de Sabato el 19 de mayo de 1976, cuando bañó de elogios al dictador luego de un cálido almuerzo con intelectuales. La cita exacta, la memoria como herramienta de debate, Bayer y su esgrima: “El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultural del Presidente”, dijo el autor de Sobre héroes y tumbas¸ mientras en las mazmorras de la Dictadura miles de jóvenes conocían de cerca el poder absoluto del torturador. “Sabato sabía muy bien qué efecto podían ocasionar ésas, sus palabras en los lectores, precisamente en uno de los meses de represión más bárbara de ese general de ‘amplitud de criterio’… Ni todos los premios del mundo ni todas las presidencias de comisiones podrán borrar esta posición de Sabato en los tiempos de triunfo del verdugo Videla”, retrucó Bayer.

La respuesta llegó semanas más tarde. Sabato nunca negó sus dichos, pero justificó su visita al Dictador al recordar que, en aquellos tiempos, muchos lo señalaban como “la parte moderada” de la Junta Militar y tildó de “cuestionamientos maliciosos” los argumentos de Bayer, sin mencionarlo, claro. Afiebrado por el fuego de la controversia, Bayer redobló la apuesta, detalló el extenso prontuario de Sabato –pleno de oportunismo y complicidad con los militares– a través de citas traducidas de diarios extranjeros y aportó una de las definiciones más perfectas del verdadero rol de Sabato como síntesis y relieve de un sector en ese momento histórico: “Pero, por qué exigir otra cosa de Sabato? Sabato es el representante intelectual legítimo de nuestra clase media. Hoy, precisamente es el héroe, porque esa, nuestra clase media, se ve reflejada en él plenamente: sus fantasmas, sus miedos, sus exitismos, sus necesidades de verse premiada, su falta de contrición, su incapacidad de remordimiento… Sabato es el intelectual que refleja mejor el sentido de nuestra clase media, que teme siempre perder la oportunidad, no estar en la onda, quedar rezagada”.

Matar al tirano

El segundo de aquellos duelos inolvidables también tuvo como escenario los años ochenta, tiempos aquellos en que el discurso alfonsinista hacía estragos entre los bienpensantes intelectuales del progresismo vernáculo. Entonces, Bayer protagonizó una encendida polémica con el escritor Álvaro Abós. Más allá de la despareja estatura de los duelistas y del complejo escenario en el que se desarrolló –1986, una democracia frágil y amenazada aún por las Fuerzas Armadas, una guerrilla aniquilada y un imaginario popular marcado por la demonización de esa experiencia–, el debate que detonó la figura del anarquista Severino Di Giovanni permitió abrir una puerta clausurada: la de la violencia política en la Argentina, particularmente aquella ejercida por la guerrilla en los años setenta. En el trasfondo de la discusión sobre los métodos del ácrata vindicador, Bayer instala cuestiones sustanciales que refieren a su tiempo, como la superficialidad de posiciones principistas sustentadas en frases tibias y huecas  como “yo estoy en contra de toda violencia”, lugar común que casi siempre oculta la negación del derecho a ejercer la violencia del oprimido contra su opresor.

La controversia clarificaría sus ejes algunos años más tarde, cuando el antagonista de Bayer fuera el narrador Mempo Giardinelli. Aquí sí los límites del duelo emergieron con mayor nitidez: Bayer defiende en todo momento el derecho (y la obligación) de los pueblos a resistir y a rebelarse contra su opresor, y también la legitimidad irrenunciable de intentar matar al tirano. Para fundamentar su posición, apela a citas del antiguo derecho romano y griego, a la filosofía moderna y hasta a la teología a la hora de justificar la decisión de Kurt Wilckens, el anarquista que ajustició en 1923 al fusilador de los peones patagónicos, el coronel Héctor Varela. En el intercambio de opiniones, y más allá de sus contradicciones, Giardinelli apela a principios tales como negar el crimen como herramienta política, pero también acusa a Wilckens de cometer un acto vengativo y premeditado, y –como agravante– de hacerlo durante un “contexto democrático” como el de 1923: “Lo que debe quedar claro es la diferencia entre matar en defensa propia y matar premeditadamente. La diferencia entre matar al tirano en el poder y planificar un asesinato posterior por venganza”, cuestiona Giardinelli.

Bayer responde: “Cuando los revolucionarios se equivocan y aplican análisis y métodos que llevan a la derrota, pasan instantáneamente a la categoría de delincuentes o irresponsables y hasta se sospecha que hubieran podido ser agentes policiales. Pero no sólo para la sociedad establecida sino principalmente para aquellos que alguna vez tuvieron alguna concomitancia ideológica con el vencido”. Vale subrayar una vez más la valentía de Bayer, quien en una etapa histórica en la que mantener opiniones de ese tipo equivalía a asumir la soledad política, defendió su mirada más allá de los cuestionamientos mayoritarios: el derecho del pueblo a matar al tirano. Reabrir este debate en la actualidad, cuando las construcciones de memoria se han modificado positivamente y el imaginario permite rescatar (y hasta defender) las derrotadas experiencias revolucionarias de décadas atrás, es mucho más sencillo que hacerlo en los años ochenta y noventa, cuando Bayer le puso el cuerpo y la coherencia de siempre a una discusión medular. 

La polémica con Hebe

La última de las controversias citadas fue, seguramente, la más dolorosa de todas para Bayer. Una vez más, expuso su mirada sobre el momento político en tiempos de exitismo kirchnerista, allá por mayo de 2012. Ejerció  entonces, como siempre, el legítimo derecho (y obligación) del intelectual: apostar por el pensamiento crítico, por la observación aguda, por la opinión sincera. Así podríamos sintetizar qué dijo Osvaldo Bayer en una entrevista en las páginas de nuestra Sudestada. Allí señaló, entre otros tantos temas, los aspectos positivos del gobierno nacional y también los negativos. Subrayó la importancia de la política de derechos humanos, pero también consideró que la presencia de villas miseria ratificaba que la deuda social de la democracia en Argentina seguía presente. Que el cuidado de la ecología y la ausencia de interés por los problemas de los pueblos originarios seguían siendo ausencias fundamentales en la línea de la gestión. También afirmó: “Al interior de la línea política del gobierno hay mucha corrupción”, y adujo que era complicado mantenerse independiente a la confrontación que entonces protagonizaban los medios y periodistas ligados al Grupo Clarín y aquellos vinculados con el gobierno de turno.

Pero también se refirió en particular a Hebe de Bonafini, y a la Asociación Madres de Plaza de Mayo. Relató en detalle su distanciamiento con Hebe, generado a partir de sus dichos en un programa televisivo donde Bayer dijo que no toleraba que existan villas miseria en democracia, señaló que a Hebe “no le podés hablar mal del gobierno”, que nunca tuvo vínculo con Sergio Schocklender ni confiaba en él. También destacó a las Madres porque “van a pasar a la historia porque han sido un movimiento genial, de un coraje civil increíble”, pero a la vez aseguró que “los organismos de derechos humanos tienen que mantener una línea de independencia”, y afirmó que la propia Hebe “llevó a la perdición a las Madres cuando las hizo oficialistas”.

“¿Pensás que lo que generó la crisis fue el rol del Estado, que siempre termina corrompiendo?”, preguntamos entonces. “Es así –respondió Osvaldo–. En ese sentido yo he hablado mucho con Adolfo Pérez Esquivel. Como Premio Nobel siempre mantuvo una línea, nunca se metió con la política de partidos. Y los organismos de derechos humanos tienen que tener esa línea de independencia. Y Hebe llevó a la perdición a las Madres cuando las hizo oficialistas. ¿Por qué me va a increpar a mí por lo que dije de las villas miseria? Una mujer tan valiente e inteligente como ella ¿por qué me critica por eso? ¿Por qué fue? Porque Schoklender estaba por obtener los préstamos del gobierno. ¿Por qué Hebe cambió así, si siempre dio la vida por los demás? Ahora esa alcahuetería de ponerse contenta porque la ve a Cristina, y se besan, se abrazan, no me gusta. Lo más hermoso que tenía este país era el movimiento de las Madres y mirá cómo se perdió, che. Porque de ahora en más te van a decir ‘y mirá cómo terminaron, con Schoklender’. Cuando él entró me di cuenta que era un turro. Es inexplicable. Fantasías de la realidad. Los organismos de derechos humanos tienen que mantenerse al margen, tienen que defender los derechos de todos. Nunca he escrito nada de estas cosas porque me da mucha pena que los hijos de puta lo utilicen para pegarle a las Madres”.

La respuesta demoró unos días en llegar. Las Madres respondieron con dos cartas y un breve relato de Hebe en la habitual marcha de los jueves apelando a una metáfora de un “monito” que se transforma en “gorila”. Lo que se impuso después fue la mirada de quienes, de golpe, se olvidan de todo y agreden; y atrás quedó la de esos otros que tienen memoria y expresan su dolor por el conflicto o la de otros tantos que defienden la sinceridad del historiador porque dijo cosas que muchos pensaban pero pocos se animaban a decir en voz alta. Se escucharon agravios, pases de factura por cuestiones absurdas (se llegó al peligroso extremo de reprochar el exilio de Osvaldo). Insultos, pero no ideas. Bayer manifestó su opinión y abrió la puerta a un debate que no continuó. No parecían tiempos cómodos para ese tipo de discusión. Siempre es más sencillo apelar al agravio que elaborar un razonamiento. Siempre es más rápido y efectivo descalificar al otro que escuchar sus razones y, en todo caso, rebatir sus dichos a partir de datos concretos, o de manifestar una posición contraria. Siempre es más rápido romper con años de construcción en común que apostar a la unidad y al respeto.

Para quienes admiramos la gesta histórica de las Madres de Plaza de Mayo en el pasado argentino y escuchamos con respeto sus opiniones, fue una pena. Para nosotros, que leemos desde hace décadas las entrañables investigaciones del historiador y lo vimos recorrer el país para no fallarle a ningún compañero obrero, militante barrial y político de cualquier signo, también sentimos la tristeza haber perdido la chance de presenciar un debate profundo. Pero, al mismo tiempo, valoramos entonces la ética de no callar nunca, la certeza de incomodar y perturbar cuando lo que se señala está mal y merece una crítica, el coraje de discutir con aliados y compañeros de años, aún en inferioridad de condiciones, aún a riesgo de dejar por el camino décadas de una relación entrañable detrás de una verdad dolorosa. Porque Bayer no se calló y dijo lo que pensaba.

Entonces, ganaron los soldados del pensamiento único y del agravio fácil. Perdimos todos los demás que escuchamos, desde siempre y con atención, las opiniones del maestro Bayer. En soledad, a contrapelo, pero siempre determinado a defender su verdad con argumentos y con lucidez, la semilla que sembró hace muchos años Osvaldo Bayer ya germina y crece en los rebeldes corazones de quienes lo pensamos como un pedazo de nuestra identidad. Como una voz que nos define. 

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