Efecto Destape: Crónicas de abuso sexual

Efecto Destape es la primera publicación de Magdalena Vitale Morillo y Dolores Ferré. Sus historias articulan las demandas de un movimiento que crece en Argentina con la denuncias públicas de las violencias que sufren las mujeres. Los testimonios forman parte de la construcción de una memoria colectiva sobre los propios padeceres que son invisibilizados socialmente y permiten la puesta en palabras como acto reparador. Compartimos un fragmento de estas historias.

Lo que nosotras sabemos

Las miradas, los roces, todo fue aumentando hasta llegar a la semana del 12 al 20 de enero de 2013. Durante esos días, sus hermanxs se habían ido de viaje, su mamá se probaba para un nuevo trabajo de ocho a cuatro de la tarde y ella se quedaba sola en su casa con Marcelo, que le mostraba canciones, le prometía sueños, recitales, viajes por Los Ángeles persiguiendo músicxs. “Decía que si lo seguía iba a triunfar, que me iba a ir re bien en la vida. Me pintaba todo mágico. ‘Sí, sí, claro’, yo le tomaba el pelo, pero en realidad me lo creía”, recuerda. 

Hacía poco que Carla había vuelto de vacacionar con sus amigas en Claromecó, una localidad balnearia de Tres Arroyos, al sur de la provincia de Buenos Aires. Ella tenía quince años y, entre las compañeras de su edad, la virginidad era una preocupación, algo que había que sacarse de encima.

—¿Estás bien? Te veo triste.

Eran alrededor de las cinco de la tarde y estaban merendando en el comedor. En ese entonces, ella tenía más confianza en la pareja de su mamá que en la mayoría de la gente. Sus charlas funcionaban como su zona de confort, el lugar donde podía sentirse más grande, una mujer. 

Carla le contó que en el viaje había tenido sexo por primera vez y le relató con angustia los detalles, que no lo había disfrutado, que incluso no había sentido nada. 

—Fue un bajón. El chabón acabó rápido y se fue. 

Marcelo se levantó de la silla, estaba indignado.

—¡No puede ser que los pibes de ahora no sepan cómo tratar a una mujer! 

El hombre fue a la cocina y agarró un neceser con medicamentos.

—No llores, tomá, esto te va a hacer sentir mejor —le dijo.

Ella agarró la pastilla blanca y la tragó sin saber qué era, mientras el hombre sacaba una pequeña bolsa de un cajón de la alacena y empezaba a enrollar lo que parecía un cigarro. Lamió una de las solapas del papelillo.

—Necesitás relajarte, ¿fumaste esto alguna vez? —le dijo extendiéndole el porro.

Ella nunca antes había probado la marihuana. Tosió con la primera entrada de humo.

—Vení, vamos a tu cuarto y te hago unos masajes así te relajás.

La pared del fondo de su habitación estaba cubierta con imágenes de Aerosmith, Sui Generis y Eruca Sativa. Carla las descargaba de internet y las imprimía en hojas A4. En ese mural en el que depositaba todos sus sueños de ser una estrella rockera, entremezclaba las fotografías de lxs músicxs con otras suyas vestida con jeans tiro alto, camperas de cuero y tachas.

—Acostate.

Marcelo se acomodó sobre el acolchado rojo, le corrió la bombacha y se la empezó a chupar.

***

Durante esa semana, Carla vivió entre la mezcla de un par de medicamentos y las palabras de un hombre que le pedían mantener todo en secreto. “Estas son cosas que pasan hasta en las mejores familias, es responsabilidad de los dos que nadie lo sepa”, le decía.

Cuando su mamá llegaba del trabajo volvía todo a la “normalidad”. Durante ese fin de semana Cristina armó la mesa de almuerzo en el patio, bajo el sol del mediodía, pero su hija no tenía hambre.

“‘Vos dejame a mí, yo le sirvo que sé lo que le gusta ¿no?’, me acuerdo que me dijo una vez clavándome la mirada”. Carla intentaba convencerse de que todo estaba siendo un sueño muy malo, un sueño muy de mierda. Pero la culpa y el asco que sentía eran demasiado reales como para pensar que era todo invento de su mente. “Hizo lo que quiso conmigo, hasta que un día de esa misma semana me invitó de nuevo a hacerme masajes y le dije que no. Después de un rato de tironearme del brazo e intentar llevarme a la cama, se enojó y me soltó”, cuenta Carla. Desde esa vez nunca más volvió a llevarla a su cuarto ni al de su mamá. Pero sí siguieron episodios de manoseadas a escondidas, comentarios encubiertos frente a la familia y miradas que buscaban complicidad.  “A veces decía que conmigo tenía un secreto. En medio de una cena me miraba fijo y me decía ‘es por lo que nosotros sabemos’, y se reía”.

El médico del Hospital Rossi, pareja de Cristina y abusador de Carla, vivió en su casa un año más hasta que ella pudo contárselo a su cuñado, una tarde en el patio. Después de eso, solo le quedó esperar unos días, hasta que su mamá decidiera echarlo. 

Presentación del libro

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