El trabajo invisible, el doméstico

Imagen: Luly Dibuja

Siempre oí decir a mi padre: “la abuela fue la mejor mujer que haya existido”. De niña tomaba la frase como una hermosa forma de recordarla pero luego  me encontré con el feminismo, me encontré con la realidad de las mujeres. No es que ella haya sido la mejor mujer que haya existido, es que ella no hacía otra cosa que vivir como “debería vivir una mujer”.

Por Allende Yanina Maribel

 La doña tuvo varios hijos, mayoría varones, y yo la recuerdo siempre en la cocina. Así me la recuerdan mis parientes también: “la abuela hacía unos canelones riquísimos, se levantaba a las cinco de la mañana para preparar todo, para las doce del mediodía tenía listos más de 30 canelones”, pues claro ellos eran muchos; luego la veía  juntando los platos, barriendo completa la casa, juntando las hojas del patio, regando las plantas y volviendo a entrar a la cocina. De allí no la veía  salir hasta la tardecita para colocar la mesa, tazas, pan, azúcar, pava, servilletas y todo lo fue fuera necesario para merendar, vaya a saber quién porque a ella no la veía comer todo eso, lo mismo para la cena y así cada vez que iba a visitarla, una y otra vez . 
Un día, de grande y con todo el conocimiento de lo que se vive por ser mujer, me animé a preguntarle a mi padre por qué repetía esa frase cuando hablaba de ella. Me respondió: “ella era una gran mujer porque siempre estuvo para sus hijos, siempre tenía la comida hecha, la ropa preparada, lavada y planchada, porque tenía la casa limpia, porque era amable con los vecinos, les mandaba comida”.
Caí en la cuenta de que ella era el modelo femenino aceptado socialmente. La obediente, la abnegada, la humilde, la buena, la solidaria, la cuidadora, la que da todo al otro, la cariñosa, aquella que está disponible para atender a los demás, siempre. El trabajo doméstico la consumía, dedicaba horas y horas solo a estas labores y lo seguía haciendo teniendo ya hijos grandes. Distribuía su tiempo únicamente en tareas del hogar, esas tareas no remuneradas, en ese trabajo invisible. 
Según cuenta Nuria Varela en su libro “Feminismo para principiantes”, las mujeres empezaron a debatir sobre el trabajo doméstico en los años setenta. Ellas exigían que estas actividades tengan reconocimiento, valor social y sean tareas compartidas, ya que para esos tiempos las mujeres habían accedido al mercado laboral fuera de casa.  A pesar de todo este debate seguíamos siendo nosotras las que asumíamos todo el peso del hogar, el trabajo pasó a tener jornadas dobles, y se veía -y se sigue viendo- al trabajo doméstico como funcional a una sociedad. Sin nosotras trabajando horas y horas dentro de nuestros hogares no habría empleado funcional, no habría crecimiento. La sociedad capitalista patriarcal lo sabía y aún así éramos y somos ignoradas. 
Volviendo a la actualidad, me pongo a pensar en cómo es la educación de una niña, cuáles son nuestros primeros juguetes, qué miramos en los dibujos, en las películas o en las series, cómo estamos representadas allí y me doy cuenta que siempre hay una cocina, hay una plancha, hay platos, hay escobas, hay sonrisas mientras atendemos a un otro. Nos falta juegos de aventuras, una pelota, un auto a control remoto, nos falta vernos como científicas, médicas, viajeras, aventureras. Desde niñas nos enseñan que nuestra libertad llega hasta el día que debamos cumplir mandatos, hasta el día que debamos atender las necesidades de los demás, pero como plantea Varela: “los cuidados, el bienestar humano, no son un problema ni una obligación de las mujeres, sino un problema y una cuestión social. El aspecto esencial es la corresponsabilidad entre hombres y mujeres”. 
Hoy seguimos siendo el porcentaje mayor que se ocupa de las tareas de cuidados y de limpieza. Aún hoy las mujeres como mi abuela existen, consumidas al máximo sin la posibilidad de crecer en sus ámbitos laborales, sociales, profesionales, sin acceso al conocimiento, al estudio, al descanso, al recreo, a relacionarse con otras personas. Sin dudas, todo esto impacta fuertemente en nuestras vidas, estamos cansadas, andamos como flash, colapsamos, con cargas mentales 24/7, dejamos de lado nuestros sueños, seguimos siendo las más pobres, las que más trabajamos, las no reconocidas. 
Una y otra vez  recuerdo la frase de mi padre identificando en su madre el concepto de que el trabajo doméstico es un atributo de la femineidad y esto lo convierte en un trabajo que se hace por amor, sin esperar nada a cambio, ni un salario y menos la idea de repartir responsabilidades en el hogar. Para la sociedad ser ama de casa es sinonimo de amor pero en realidad es la disposición de horas de trabajo y aún más si trabajamos fuera de casa, conquista que tampoco nos las pusieron fácil. Como dice Mercedes D` Alessandro en su libro “Economía feminista”: “las mujeres, para dar su salto hacia la “independencia”, se cargaron dos trabajos encima”. Es verdad y lo seguimos haciendo, año tras año ¿cuándo cambiará esto? Si los mandatos están siempre en nuestras espaldas. Desde que nacemos tenemos definido nuestra “femineidad” ¿cómo superaremos eso? Somos trabajadoras no asalariadas, mi abuela lo fue hace más de 20 años y seguimos siéndolo hoy en el siglo XXI. 
Cuando las mujeres pudimos entrar al mundo laboral, la sociedad se empezó a preguntar ¿qué pasará con nuestros hogares ahora? ¿Quién cuidará de nuestros hijos? ¿Quién lavará, planchara, cocinará? ¿Quién se encargará de mantener un empleado funcional y no aquel cansado, estresado por tener que hacer las tareas del hogar? Volvimos a caer otra vez al trabajo doméstico nosotras, las mujeres, un trabajo pago pero no digno, con salarios por debajo del mínimo, con contratos informales y en condiciones precarias. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el 83% de las personas que trabajan en lo doméstico son mujeres, sin contar a aquellas que no están registradas, quienes trabajan horas inhumanas, esclavizadas y en condiciones deplorables. En su mayoría son jóvenes o niñas, inmigrantes o indígenas. Todas en condiciones de extrema pobreza. No muy lejano a esta realidad se encuentran las que si están registradas, ya que a pesar de cobrar el  sueldo designado por el Estado, siguen sufriendo en sus áreas de trabajo, muchas no tienen cobertura médica porque tienen que elegir entre pagar esto o el alquiler, pocos días de vacaciones elegida por el/la jefa, descansos en días de feriados solo los nacionales o directamente no les dan esos días libres, descuentos de todo tipo, ya sea por un préstamo, por haber manchado  o roto aún material, compra de herramientas de trabajo, etc. Además, existe poca tolerancia respecto de su salud, de la salud de sus hijos o mapadres, no pueden faltar a sus trabajos por ningún motivo en particular, y su vida es entregada al trabajo doméstico por unos pocos pesos. Han creado derechos laborales para las mujeres que trabajan de empleadas domésticas pero sus derechos siguen siendo vulnerados. 

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