El viento de verano alguna vez: apuntes sobre el Bocha Sokol

Foto: Gabriel Orge

15 años sin un artista inigualable

Por Isaac Castro*

Es un lugar común decirlo y sé que de ningún modo mitiga el dolor que supone la ausencia, sin embargo creer que solo muere quien se olvida, en cierta forma es una frase capaz de distraerme y, al menos por un instante, suspender ese viaje hacia la certeza destructora de que alguien ya no está más y solo existe en los pasillos de la memoria. Por supuesto no hablo de cualquier persona, sino de una que para muchos de nosotros significó tantas cosas que, escribirlas, en realidad resulta un acto minúsculo, banal, a años luz de poder capturar una pequeña parte de esas sensaciones tan explosivas como indescriptibles que nos generaba Alejandro Sokol con el simple hecho de estar ahí, ya sea detrás de una canción grabada que escuchabas a solas mientras el universo se caía a pedazos, o viéndolo bailar de forma incandescente sobre un escenario imposible a mitad de la madrugada. La suerte de haber compartido tiempo y espacio con su arte hizo que nuestra existencia haya sido infinitamente menos lastimosa, porque oír su música y crecer con ella no solo nos brindó la posibilidad de conmovernos, sino también un refugio en una época en la que los jóvenes no teníamos adónde ir. Pero por fortuna contábamos con el rock, esa cultura que congregaba a quienes entendíamos la vida de otra manera y desconfiábamos de las promesas de felicidad con que la globalización y el neoliberalismo se llenaban la boca.

Foto: Gabriel Orge

Durante esos años, El Bocha, al frente de Las Pelotas, comandó la educación sentimental que más necesitábamos, dándonos discos de antología que reproducíamos sin descanso en soportes prehistóricos, y conciertos en lugares carentes de las más mínimas normas de seguridad y que hoy sería inviable que estuvieran abiertos. Fueron décadas filosas en las que se terminó convirtiendo en una suerte de juglar urbano, un brujo hechicero, un encantador de serpientes. En vivo, con una banda multitudinaria en formato eléctrico o como solista y apenas una guitarra criolla, ya sea en un estadio repleto o en el patio de una casa para un puñado de amigos, él se las ingeniaba para hipnotizar a su público, que podía conformarse por decenas de miles de almas estallando un festival o apenas un vecino de la cuadra que salía a hacer las compras. Lo cierto es que transmitía como nadie y a través de su enorme carisma y una voz enérgica y desgarradora -dependiendo de cuál era la ocasión- potenciaba todos los sentimientos, unas veces de feroz alegría y otras de tristeza galopante. Sus canciones nos salvaron, y como si eso hubiera sido poco, El Bocha también dejó el legado de su auténtica sencillez y humildad extrema, una forma de ser que desenmascaró la fantasía de la fama y, sobre todas cosas, reivindicó aquello que es verdaderamente importante, algo que no tiene que ver ni con el éxito ni con las cuestiones materiales, sino que con el plano de las emociones y las subjetividades. Y me interesa subrayar este rasgo que fue una constante en su poética: el rechazo a la lógica capitalista y a la sociedad de consumo.

Foto: Gabriel Orge

Una de sus letras afirma que el dinero no sirve, que no lo vamos a ver, pero que, sin embargo, siempre queda el consuelo de poder abrazar. Y me resulta más que oportuno detenerme en este tema cuya esencia reivindica justamente lo opuesto a lo que esgrimen las ideas de esa presunta libertad tan publicitada por estos días. Ante un panorama que se torna cada vez más oscuro y desolador, el recuerdo de una figura como la de Alejandro Sokol me hace pensar de nuevo en el valor de los afectos y cómo, al fin y al cabo, los vínculos se convierten en un escudo que nos protege del odio. La razón de seguir en pie. Resistir. Llegar hasta la inmensidad para sentirse vivo.

*Isaac Castro (Morón, 1982). Es autor de la biografía “Alejandro Sokol. El cazador”, editada por Sudestada. Es graduado en la carrera de Letras por la Universidad de Buenos Aires y se dedica a la docencia, el periodismo y la gestión cultural. Escribió las obras de teatro Quienes verán oscurecer, basada en Los desterrados de Horacio Quiroga (2005) y Flores para dos mujeres solas (2007). Publicó los libros de poesía Brillantina (2006), La farsa de las mariposas (2010), Las centellas (2012) y La matemática del cuerpo (2018). Participó de la Exposición de la Actual Narrativa Rioplatense con su novela breve La noche inmóvil (2014) y es autor de Música de Manos Vacías. Caballeros de la Quema. Postales del rock en la Argentina de los noventa. (2017). Textos suyos aparecieron en diferentes medios digitales, suplementos y revistas literarias.

Foto: Sergio Goya

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