La peste

La realidad no miente, y la crisis menos todavía. La peste, esta peste, nos deja al denudo…

Lo peor de la peste no es que mata a los cuerpos, sino que desnuda las almas y ese espectáculo suele ser horroroso”, anota Albert Camus en su novela La peste. La frase no podía resultar mejor como sintetizadora de este momento: atravesamos una crisis social amplificada por una pandemia asesina que avanza a nivel global, de modo imprevisto y sin referencias históricas a escala similar. Por esa razón, ante la singularidad y la gravedad de esta etapa, las respuestas sociales son aún más particulares. Se trata de afrontar una pelea inédita contra un virus, pero también de afrontar un desafío inesperado: el de convivir con lo que somos en este contexto.
Por supuesto que eso que somos es un elemento tan dinámico como dispar, según a qué sector social apuntemos la mirada. Pero no sería para nada osado señalar que, si el observador pretende alimentarse de expresiones solidarias, de actitudes plenas de empatía y de gestos determinados por la variable de dar una mano, la lupa debe posicionarse en los sectores populares, en las barriadas periféricas, en el recorte social que trabaja (casi siempre, de modo informal) y vive a los saltos viajando en medios de transporte que no garantizan ni comodidad ni seguridad, y que hoy encuentra afectado profundamente su modo de vida. Si lo que queremos es destacar lecciones fraternales, otra vez habrá que anotar a los y las laburantes. En cambio, si lo que se pretende es mencionar mezquindades, reacciones profundamente individualistas, hostiles hacia todo lo colectivo y hasta oportunistas para intentar sacar provecho de la desesperación ajena, habrá que dirigirse hacia las minorías del privilegio. La brecha social es, en este caso también, otra manera de comprender mejor de qué estamos hechos, por qué quiénes se levantan cada mañana para ir a trabajar son, al mismo tiempo, los que nos regalan en estos días las muestras de solidaridad más profundas. Si el patrón despide trabajadores o les reduce el salario a sus empleados para preservar sus ganancias, ese laburante desempleado, que vive con lo justo, es el mismo que sale a la calle a dar una mano en un comedor comunitario en el barrio o anotándose para hacerle los mandados al vecino veterano.
La realidad no miente, y la crisis menos todavía. La peste, esta peste, nos deja al denudo, tal como lo mencionó Camus. Mientras seguimos transitando tiempos complejos para quienes no tienen la chance de mantenerse encerrados en sus casas, mientras transitamos este presente pleno de contradicciones y conflictos a cada paso, vale la pena el ejercicio de anotar cada gesto humano, cada actitud fraterna, cada señal solidaria, en un registro de identidad que nos permita conocernos mejor, saber en quién podemos confiar cuando la realidad nos amenaza, y no olvidarnos nunca, tampoco, de quienes en momentos críticos, eligen defender su privilegio aún poniendo en riesgo vidas ajenas.

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