“La poesía ha sido una manera de sublimar”

Inés Estévez es actriz, cantante, escritora, docente y directora teatral. A fines de 2021 lanzó su primer poemario de poesía, Desesperamor, que hoy forma parte de la colección Poesía Sudversiva de Editorial Sudestada. En diálogo con nosotrxs charló sobre su producción artística, sus pasiones y las diferentes tareas que desempeña.

Por Natalia Carrizo

¿Cómo fue la experiencia de publicar un libro de poesía con Sudestada, y la experiencia personal de la escritura de ese libro?
Fue hermoso y fue el corolario de un periodo muy extenso de años y años. Una cree que la gente lee otras cosas, novelas, cuentos, boludeces, y la poesía es algo tan ligado a esta cosa tan voluble, tan espiritual, tan del alma y de los sentires y la metáfora. Una piensa: ¿quién va a querer leer?, y la verdad desde que tengo uso de razón, desde que más o menos puedo escribir algo ligado a un concepto literario, escribo poesía, pero muy secretamente. Y cuando en 2011 pude publicar mi primera novela “La gracia”, me dije: ‘ahora sí me animo a publicar los poemas’. Eran poemas que empecé a escribir a los 17 años y los últimos de hace pocos años. Publiqué en mis historias algunas palabras alucinantes de Juan Solá, de quien había caído perdidamente enamorada, literariamente hablando, y nos conectamos por las redes y ahí empezamos a hablar. Yo estaba atravesando un problema de salud bastante bravo y se lo conté a Juan. Él me propuso que le mande algunas cosas y luego me dijo: “vos tenés que publicar”. Yo le había mandado algunas cosas muy tímidamente, 4 poemas mínimos y me dijo “mandame más”. Le conté que si me llegara a pasar algo más determinante sería una necedad que quede ahí guardado, tenía que salir como parte del proceso que estaba atravesando. Noté que Juan era genuino, que se interesaba por las palabras. Tengo una tendencia a no creer que la gente pueda captar eso de mí misma cuando me expreso creativamente. Ver el libro publicado fue como salir de la boca del embudo, como desembocar en el mar. Muchos años de ríos y rápidos, de arroyos y meandros y de repente puaffff, fue hermoso, muy lindo y simbólico.

¿Cómo fue volver a leerte en todas tus etapas de vida?
Hay cosas que quedaron afuera porque notaba cambios sustanciales en las diferentes etapas de vida en cuanto al modo de escribir, considerando que arranqué escribiendo en papel, con birome o lápiz, muy del anotador, de manotear una servilleta en un bar. Soy de otra generación. Después apareció la computadora y escribía algunas cosas ahí. Juan Solá y Nacho Portela me decían que era muy diferente del estilo de escritura actual y que se lee en Instagram. De hecho introduje en el libro un poema del cual estoy arrepentida porque está más ligado a ese tono, más actual y más a la mano, más espontáneo, más de publicar en redes, que no me identifica tanto, más autorreferencial, más cotidiano. Los tenía muy vistos, porque había hecho una preselección en los 90 mucho más exhaustiva. Una de las fracciones se llamaba “desesperamor”, palabra que reúne un poco el espíritu de mi impronta: une los conceptos de donde hay amor, hay desesperación, pero no desde el lugar del desespero, sino de una esperanza desembozada, una esperanza loca, es intensidad medular. Tengo ancestros italianos, vascos y es tremendo. La poesía ha sido una manera de sublimar y canalizar esas intensidades que de otro modo quizás se hubieran transformado en algo malo, en el cuerpo o en la mente. La poesía es una expresión creativa que se practica en soledad y eso me encanta; no tener que sentir el estímulo del otro.

¿Qué pasó con ese proyecto, donde una de esas partes era Desesperamor, lo publicaste?

No. Quedó ahí. Fue como una primera selección. De hecho cuando pasé los poemas para Desesperamor, Nacho y Juan me pedían más. Creo que tiene que ver con mi exigencia y mi temor del juicio crítico. Me pasó cantando también. Al venir de una profesión como la actuación, en la que me fue tan bien, el temor siempre es esa mirada de ser juzgada, desde ese lugar del prejuicio. Esa exigencia hizo que me limitara a los poemas que sentía que tenían algún valor literario. Fue desmalezar y limpiar y descubrirme como a los 17 años escribía de una manera mucho mas oscura y arriesgada y me sorprendo, incluso encuentro cosas premonitorias. Tengo un modo de escribir que no es mental. Se traiciona la gramática. Lo corregí un poquito como para que la cadencia al leerlo se ajustara a lo que la gente sabe. Pero en general escribo como una exudación. Muchos poemas son un pedazo o el final de un poema largo y el resto es como el precalentamiento, el delirio, y de pronto en el medio o al final hay un trozo que vos decís: “acá es el poema”. Pero no corrijo. Es puro sentir. Y cuando uno descubre que eso que una sintió genera identificación en alguien que “entiende”, siente y vibra del mismo modo que vos. Ahí hay una comunión santa, en el mejor sentido de la palabra, es hermoso.

Nunca paraste de investigar las artes y vencer los miedos...

Hay una frase que usamos mucho que es “Huir hacia adelante”. En las clases de actuación que doy siempre digo, que hay pulsiones vitales sin las cuales no podemos vivir, respirar, dormir, comer, beber y hay dos pulsiones vitales sin las cuales nos dicen que sí podemos vivir, una es la sexual y otra es la expresivo-creativa. La sexual no me voy meter porque no soy sexóloga, aunque encuentro relaciones. Yo creo que la expresivo-creativa es una pulsión sin la cual nadie vive. Cuando decidimos cosas cotidianas estamos siendo expresivo-creativos y eso es el arte. El arte es tener libertad expresivo-creativa. Luego que algunos lo plasmemos profesionalmente y que algunos nos atrevamos a vencer las reglas espantosas del sistema y decidamos hacer de eso nuestro bastión y lo logremos o no, insistiendo en ese camino, es otra cosa, pero todos nos expresamos creativamente y eso es maravilloso, eso salva. El mundo sería mejor si todos nos dedicáramos al arte, si tuviéramos ese espacio artístico que no está en la educación.

Totalmente. Es un cambio sumamente importante, pasar del enseñar a obedecer, al enseñar a expresarse; implica un cambio social enorme, revolucionario.

Sí, por eso me interesa inocular esa conciencia en mis alumnos. Esa capacidad es innata. Y cuando la gente se pone a estudiar algo ligado al arte, no va a adquirir conocimiento, en realidad debería ir a liberarse de condicionamientos. Pasa que desgraciadamente los profesores son verticalistas. No hay un manual. En el arte lo que hay que hacer es descubrir la singularidad del alumno y ayudarlos a adquirir la libertad suficiente para deslizarse fluidamente sobre esa singularidad, no decirle lo que tiene que hacer. Antes de publicar con Sudestada le había presentado algunos poemas a otra editorial, y esta me cuestionaba mi modo de escribir, es decir, no estaba de acuerdo con mi manera de escribir, mi manera de decir, de expresar. Siempre me interesó la sustancia y el contenido por sobre lo meramente comercial. Toda la vida conviví con eso, no tengo más bienes que una casa porque siempre me resistí a eso. Te chocás con eso permanentemente.

Ese amor por la música que corría en tu familia, tu vieja poder ver la danza, poder facilitarte libros, de alguna manera es una como una huella que queda encendida dentro…

Mi madre también escribe muy bien, actúo en el sentido feminista en general. Me pega y emociona mucho un poema de Alfonsina Storni de la era del soneto, que se llama “Bien pudiera ser”. Ella dice…

“Pudiera ser que todo lo que en verso he sentido
no fuera más que aquello que nunca pudo ser,
no fuera más que algo vedado y reprimido
de familia en familia, de mujer en mujer.
A mi madre asomaron antojos
de rebelarse, pero, se le subió a los ojos
una honda amargura, y en la sombra lloró.
Y todo eso vedado, reprimido
todo eso que se hallaba en su alma encerrado,
siento que con mis versos lo he libertado yo”.

De alguna manera yo siento que todo lo que he hecho artísticamente ha sido un modo de liberar potenciales familiares que no llegaron a destino. Es una misión cárnica, no es una elección. A pesar de mis miedos y limitaciones yo creo que es algo que vengo a sanar.

Conseguí el libro de Inés Estévez en Librería Sudestada

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