Las mujeres de mi vida: un viaje al universo de Maitena

Foto: Nicolás Dodi

La muestra Las mujeres de mi vida es un viaje al universo de Maitena. Es adentrarse en los 30 años de su prolífica trayectoria profesional. Nos encontramos con guiños al feminismo en los 80, análisis sociales y culturales, personajes imperfectos, con angustias y sobre todo mucho humor. Con esta recopilación y puesta en escena de su trabajo, notamos el ojo atento de la dibujante sobre lo cotidiano, las miserias humanas, los hartazgos colectivos y los dolores que se transforman en humor.
En la muestra, que se encuentra en el Centro Cultural Kirchner, aparecen historietas y dibujos de Mujeres Alteradas, Superadas Curvas peligrosas. También dibujos eróticos publicados en Sex HumorCerdos & Peces y la Fierro, además hay una sala dedicada a las nuevas generaciones de ilustradoras y dibujantes, y un espacio en el que se muestra el proceso creativo de la historietista.
En esta entrevista, en diálogo con Sudestada, Maitena habló sobre su camino en el dibujo y el humor, el feminismo plasmado en el papel y cómo su historia aparece en su trabajo.

Por Florencia Da Silva

Mujeres alteradas tiene 30 años de recorrido ¿Cómo fue encontrarte con tu camino artístico para hacer esta muestra?
Fue sumergirme en 30, 40 años de trabajo. Acabo de recuperar el comedor de mi casa porque todo eran cajas, carpetas, libros y fue un viaje donde pasó de todo. Por supuesto ver las cosas que ya no son así, ver las cosas que cambiaron, ver historietas que no dan, pero en el total una de las cosas que me llamó la atención fue cómo desde los 20 años yo ya hablaba de género y feminismo. Lo hice sin ninguna herramienta más que la de mi historia, que era bastante complicada. Eso me movilizaba a preguntarme cosas y a que me interesara mucho ese tema ¿por qué las mujeres no? 

En la muestra se menciona que en las tiras no aparecía la palabra patriarcado ni heteronormatividad. Sin embargo, hay muchos guiños feministas y cuestionamientos a la sociedad, como por ejemplo el rol de los padres. 
Yo me di cuenta de eso. Con las tareas de cuidado, como se nombra ahora, es todo minas agotadas de ese trabajo y de la doble o triple jornada. A lo que ahora le pusimos nombre, en ese momento fue denunciar todo eso -sin hacerlo como denuncia, yo no tenía el interés de dar un mensaje-, era decir “esto no me gusta”, “no está bueno” “¿Por qué esto?” “¿Por qué la vida de las mujeres es así?” Después se las empezó a nombrar y a exigir leyes, a encuadrarlas dentro de un marco legal. Eran los temas que me convocaban. 

¿Y cómo vivías esas devoluciones de parte de las lectoras? Porque en muchos de esos temas la mayoría no pensaba de la misma manera. 
En esa época, no había tanto intercambio con los lectores porque no existía internet. Te llegaban cartas. Lo que me pasó en Para Ti es que me llevaban cartas de minas que decían “Tal cual”, “Eso es lo que me pasa, eso es mi casa”, y era fuerte pero en ese momento no había ese feedback que hay actualmente. No es como ahora que subís una viñeta y tenés un montón de comentarios buenos pero también horribles.  Igual abre la posibilidad de distintas formas de pensar. El tema de mis historietas era temático, yo no tenía un personaje y no lo hice porque ya había tenido una tira diaria a los 19 años en un diario –Tiempo Argentino– y te quedás muy encerrada si hablás de una sola mujer. Entonces, cuando me tocó la posibilidad de hacer Mujeres Alteradas dije: “yo quiero que estén todas”. El personaje es el tema. Hacía alguna pregunta y encontraba seis enfoques sobre eso y agotaba el tema. Lo que me resulta interesante en las redes es que aparecen puntos de vista que no había pensado. Por un lado, es interesante y por otro es una pesadilla. Poner un dibujo y que aparezcan comentarios horribles, haters. Yo no estoy acostumbrada, ni me pienso acostumbrar. En la época de la lucha por la legalización del aborto me desperté con un mensaje que decía “ojalá te mueras”. Me sentí re mal ese día, me gustaría ser como Malena Pichot que se enoja y pelea con todos. El otro día tuve una charla con ella en el CCK y dijo que el odio es parte de su motor de trabajo. Me encantó. Y está bien, porque lo de ella es Enojate, hermana. Yo estaba disgustada, ella ya estaba enojada. Malena es una actualización de mi humor. 

Decías que no te basaste en una sola mujer, pero también hay mujeres de tu vida que retrataste  ¿Quiénes fueron estas mujeres que te inspiraron?
Mi madre, una mujer muy inteligente que tuvo una vida horrible. Era polaca, fue muy pobre, vivía en el Doque. Era muy brillante gracias a unas profesoras del colegio que la estimularon, le dijeron que vaya a la universidad, y ahí conoció a mi padre que era más cheto. Creo que su sueño era el de “me voy a casar con un profesional, voy a salir de esta vida”, y mi padre era católico; tuvieron 7 hijos. Ella fue arquitecta pero nunca pudo ejercer, la pasó mal. Estuvo siempre triste, insatisfecha y enojada. Yo me di cuenta más tarde, pero ella fue mi inspiración a un feminismo que yo todavía no lo llamaba de esa manera. ¿Por qué esa mina tan brillante terminó así? Nunca hizo lo que quiso y tenía todo para hacerlo. Yo le dediqué mi primer libro, Mujeres Alteradas es ella, y la forma de mandatos tenía que ver con esa época. Después están todas, tengo cuatro hermanas, muchas amigas, siempre hablé de lo que veía a mi alrededor y lo que me pasaba a mí. No necesariamente todas las personas que aparecen en la historieta piensan igual que yo. ¡Hay cada sorete! Hay gente horrible, no es un muestrario de personajes virtuosos. Pero sobre todo creo que están las angustias de las mujeres, que me parece que es más dura que la de los hombres y siempre lo pensé así. Las mujeres tenemos muchos más frentes de combate abiertos: con el cuerpo, la profesión, les hijes, las parejas, la familia. Son muchas cosas y nos importan todas. 

¿Aprendiste algo de vos y de tu obra haciendo esta recopilación?
Sí mucho. Yo nunca había considerado mi “obra” en esos términos. Eran mis historietas y ahora me doy cuenta de que es una obra con un contenido, esta lleno de líneas. Lo que más me impresiona es lo que pasó con eso, lo que significó para muchas mujeres, poder sentirse identificadas, hablar de eso y reírse también. Y los temas: tareas de cuidado, sororidad. Yo hablaba todo el tiempo de las amigas, que son el único refugio de esta vida llena de combates. Había también rivalidad, otra forma de ser amigas, pero sí ese lugar entre mujeres. Hay mucha ternura también en cuanto a lo miserables que somos todos y que hacemos lo que podemos con las herramientas que tenemos. Me gustaba que estén las mujeres, y los hombres que aparecen en general les doy bastante con un caño. No es que todos los hombres sean malos pero a mí me servía para la historieta hablar de lo malo de los hombres. 

Foto: Sudestada

En tus dibujos y chistes se refleja la cultura popular argentina ¿cómo trabajaste esa mirada para traspasar lo cotidiano y los pequeños detalles al dibujo y el humor? 
No fue una construcción. Nada lo hice pensando en que estaba haciendo, yo estaba laburando. Tenía dos hijos, trabajaba en 5 lugares distintos, tenía que juntar plata para pagar las cuentas. Lo único que me interesaba era que tenía trabajo. Lo hacía con muchísima espontaneidad y siempre me interesó retratar lo cotidiano, era el mundo que me interesaba, en donde sucedían las cosas historietables. También hacía historietas eróticas y para mí eran las importantes, las serias con las que podía llegar a conquistar algo y no pasó nada con eso pero sucedió con el humor que para mí era para ganar plata. Cuando me empezó a ir bien me lo tomé mucho más en serio. Cuando vi que podía dejar los 20 trabajos freelance que tenía y dedicarme a eso, que había del otro lado una respuesta, me animé a contar. En ese momento yo no me sentía tan parecida a esas lectoras, porque era más joven, más punk, y de repente hablaba de familias más tradicionales. Incluso en la época en la que hacía Mujeres Alteradas, yo estaba con una chica que era mi pareja y eso no aparece. Está el marido, porque era otra época y no se me ocurría que podía contar eso, la verdad es que no podía. Tampoco me importaba, yo estaba trabajando. Había tenido maridos, amantes, novios, me sobraba material. No había una necesidad biográfica tampoco. Hay una biografía involuntaria, eso me di cuenta mirando las historietas para la muestra. Están todas mis casas, mi ropa, mis hojas, mis departamentos. Yo me mudé un montón y estaban hasta los muebles, vecinos, porteros, gente que pasó por mi vida. 

Mencionás en la muestra que en Sex humor había un punto de vista misógino, sin embargo en tus dibujos de esa época en la revista también se veían a mujeres gozando ¿fue una decisión? ¿cómo lo ves ahora?
Eso pasó sin proponérmelo. Nunca se me había ocurrido hacerlo desde el hombre. Siempre una mina. Además, yo veía la revista y era misógina, homofóbica, racista. Sobre todo muy machista: la mina en cuatro patas, arriba el whisky, el tipo de chiste de la orgía con las minas. A mí enseguida me tentó hacer una mujer que esté caliente, que el deseo sea femenino. La Fiera -que era el personaje que hacía en Sex Humor– iba por la calle con un impermeable, debajo estaba desnuda, y estaba siempre caliente. Cogía con los tipos, pero era muy cruel las cosas que decía. A partir de esto, un día uno de mis compañeros me dice: “Esa fiera es una hembrista. Agarra a los hombres como una aceituna y escupe el carozo”. Y le dije: “es lo que hacen ustedes en todas las revistas”. Igual se reían, nos admirábamos, pero les pegaba y no se daban cuenta de que era lo mismo que hacían. Me decían que siempre hacía mujeres, que haga algún personaje masculino, e hice uno que se llamaba “El Langa”, que era Daniel Frentelli, canchero, iba de frente, siempre levantando, y todas las historietas terminaban mal: nunca cogía.  Siempre terminaba como un boludo. También dibujaba minas calientes entre ellas, gozando, besándose. La verdad es que me divertía, lo que no me daba cuenta era que era feminista. Lo veo y me sorprende, porque era el año 87. 

Mostraste mujeres reales, alteradas, disconformes con sus cuerpos por los mandatos, depilándose los bigotes, cansadas de la maternidad. ¿Cómo fue esa construcción de mostrar lo real, eso que muchas revistas no querían contar y encontrarte hoy con esas representaciones de los mandatos?
Igual miro las historietas y eran la mayoría flacas, altas y blancas porque había un modelo. Incluso yo también lo tenía impuesto. Había otras, intentaba armar un universo más allá de eso, pero no era como se dibuja ahora. Yo trabajaba en Para Ti y ahí salían las modas, las dietas, “el operativo verano”, entonces era fuerte porque en la última página había 6 cuadritos en donde decían “no doy más de esto, de no encajar”. Igual me faltaba la vuelta de tuerca que se dio ahora, porque pertenecía a las que intentaban disimular sus imperfecciones. Ahora muchas no meten más la panza, se dejan los pelos, se aceptan como son. Yo pertenecía a esa época del disimulo, pero mis personajes lo hacían hartas.
La curadora me decía que eso prefigura a lo que pasa después, porque lo primero es el hartazgo hasta que después decís basta. Pero llegamos después de sentirnos feas, de pensar que no encajábamos. Hubo una época en donde se me acusaba de frívola, de hablar siempre de las dietas, y yo creo que hay algo muy doloroso en el cuerpo y nos atraviesa a todas muchísimo y ni hablar en la adolescencia. 
Una de las primeras personas que me escribió en Para Ti fue una chica de 14 años que había visto una con el cerote en el bigote, y me contó que ella había pensado que era la única que se depilaba los bigotes. Es muy fuerte eso, hay un alivio enorme al verlo en una revista de gran circulación. Es decir: esto le pasa a muchas. No es como ahora que hay publicidades de hombres depilándose, hace 30 años era calladita la boca con la cera hirviendo. Entonces creo que esa posibilidad de alivio fue muy importante. Poder ver que eso que vos sos existe y está. 
Por otro lado, yo hablaba mal de la familia. Ahondé mucho en la relación con las madres, la relación madre e hijas. Hay muchas que me leyeron con sus mamás y vinieron muchas a la muestra. Me encontré con cada par, y me contaron que gracias a las historietas pudieron hablar de temas que les eran difíciles de tratar. Me encontré con la complicidad de madres e hijas, y en esa relación que está tan atravesada de dagas, estar en la parte buena es un montón. Estar en la parte en la que se juntan y van a una muestra es emocionante. 

Imagen: Sudestada

También lograste que muchas empiecen a transitar el camino del feminismo ¿Cómo lo registrabas en ese momento en donde la mayoría no pensaba así y eras una transgresora?
Eso me di cuenta en la calle 2018, cuando marchábamos por el aborto legal, seguro y gratuito. Me encontré con chicas que me dijeron que gracias a mí eran feministas. No lo sabía hasta ese momento. 

¿Cuándo empezaste a nombrarte feminista?
Yo me nombraba feminista hace muchos años, pero cuando me hacían entrevistas hace 30 años me decían “su humor es muy bueno, aunque un poco feminista”. Era peyorativo. El otro día encontré una entrevista que me hicieron y el titulo era “soy feminista pero no me gusta decirlo”. Me agarré la cabeza, ¿cómo pude decir eso? bueno, el contexto. Generaba discordia y yo quería que me quisieran. Ahora ya me di cuenta que no todo el mundo te puede querer. Me da igual, yo tampoco los quiero. Pero si decías que eras feminista enseguida tenías que dar explicaciones, y yo no tenía ese marco teórico. Tenía calle, que funciona más o menos igual, pero me faltaba letra.  

¿Tuviste alguna mujer que te inspiró, que te plantó esa semilla del feminismo?
Claire Bretécher, la dibujante francesa que me iluminó mi vida. A los 19 años me encontré con una historieta de ella y dije esto es lo que quiero hacer, lo que quiero hablar.   

Dijiste que siempre soñaste con que te llamen para hacer una muestra y que nunca sucedió hasta ahora, a pesar de lo reconocida, valorada que sos y la enorme cantidad de material que tenés. ¿Por qué creés que fue? ¿Tuvo algo que ver los temas que tocas o el hecho de que seas mujer?
No, creo que tuvo que ver con que yo me retiré muy joven para lo que es la vida profesional. Había empezado a los 17 y a los 44 años llevaba muchos años de trabajar con plazos cortos todos días, llegué a trabajar en 30 países. No aguantaba más. Había ganado dinero por suerte. Y me tomé un año sabático y nunca más volví. En este mundo capitalista, amante de lo nuevo, vos te vas y desaparecés. Quedás en el corazón de la gente pero para la cultura, los medios, a nadie se le ocurrió. A mí nunca me interesó hacer autobombo, pero me daba pena porque tenía tanto material. En otro momento pensé que no tenía sentido hacer una muestra porque mi material circuló mucho a través de los libros y las revistas. Pero cuando pasaron 15 años me di cuenta que ahora como es todo digital, lo ves todo en pantallas. Cuando vi mis páginas dibujadas a mano, con tintas de colores, con plumas diferentes, entendí que era un trabajo increíble, que ya no hay mucha gente que trabaje la historieta de esa manera. En general se hace digital. Ahora cobró otro valor ese trabajo, es interesante para ver. Y estaban ahí juntando polvo en las cajas hasta que la genia de Liliana Piñeiro me llamó para ofrecerme hacer la muestra en el CCK. 

Imagen: Sudestada

También es muy impactante ver lo gigante. Hay una parte que hay sonido que acompaña a los personajes ¿qué te pasa cuando ves lo que hiciste en otro formato?
Una vez habíamos tratado de hacer dibujos animados y Fernando Peña les había hecho las voces. No tengo más ese material. Pero era tan Peña que no funcionaba, porque te dabas cuenta de que era él. Después en otros países hice televisión y cine. Pero es raro ver a los personajes hablando, es un cambio de dimensión. No me volvía loca y nunca avancé con ese proyecto. 

La muestra es muy dinámica, entrás en tu universo y se interacciona mucho con cada propuesta, el laberinto, la luz y la oscuridad, la invitación a anotar los propios chistes. 
Cuando empezamos a pensar la muestra, tenía clarísimo que lo mío no es arte, no es el cuadro. No quería una muestra de cuadritos enmarcados y que todas las salas sean iguales. Entonces, el desafío era cómo mostrar el formato chico en esas salas tan grandes. El propósito fue hacer dispositivos emocionales, que pase algo distinto en cada sala, leas o no las historietas. 

Imagen: Sudestada

¿Qué te llevás de la interacción de quienes van a recorrer la muestra?
Es un montón. Yo estoy como loca. Hay algunas lectoras que aparecen con ediciones viejísimas de los libros. Me la paso sacando fotos, abrazando gente. Porque además lo que pasa con el humor, cuando trabajás en revistas o un diario, es que queda muy claro tu sistema de pensamiento en tus chistes. Por eso los autores son tan amados u odiados, como ya sabemos quien. Porque a través de sus chistes entendés su sistema de pensamiento. De alguna forma las lectoras sienten que te conocen, y tienen razón. Cuando me ven me abrazan como si fuéramos amigas de toda la vida, eso es muy fuerte. Y yo las abrazo y siento que hay cariño verdadero. Es como encontrarse con una amiga, no hay distancia. Es muy íntimo. Cada vez que vuelvo de la entrada, vuelvo en el subte feliz. Es muy movilizante todo esto. Ya había terminado yo, nunca me quedé pensando en todo lo que hice. 

En la charla con Male Pichot hablaron sobre cómo pasar el dolor y lo que nos enoja al humor. 
Malena decía eso, que no entiende cómo hace la gente que no se ríe. Yo creo que se piensa que las mujeres no tenemos humor y tenemos muchísimo. Y sobre todo cuando estamos entre nosotras. Cuando voy a un bar veo a cuatro mujeres juntas y se están cagando de la risa. Veo que se ríen más las mujeres que los hombres. El tema es el contexto. A las que le dicen que es una amarga, y sí, la amarga tiene tres pibes, viene de laburar y vos flaco estás con el control remoto. Pretendés además que te diga te espero esta noche. No, dejame de joder. Lavá los platos, acosta los chicos, cocina y después vemos. 
El humor sirve un montón para sufrir menos. Poder hablar con una amiga por teléfono y poder reírte de todo eso horrible que te pasó en el día es sanador.  Capaz cuando te pasa no te reís pero cuando se lo contás a una amiga se caga de risa ella también, y descomprimís. Ese momento es un alivio enorme. Para decir que las mujeres no tienen humor hay que ser realmente machirulo.  

Imagen: CCK

¿Qué te pasa con esta nueva generación de comediantes? 
Son unas genias. Amo a Charo Lopez, a Vanesa Strauch, a Male y Ana Carolina. Los chabones no me hacen mucha gracia, porque hacen un humor que siempre está apoyado en reírse del otro. Muchos que tienen miles de seguidores están contando el mismo chiste rancio de siempre. Lo grave es que ganan lugar y le sirve a mucha gente que piensa como ellos. 

Hay una sala que la dedicaron para Línea Peluda, que son parte de la nueva generación de ilustradoras. ¿Por qué esa elección? ¿Qué te generan ellas?
A ellas las conocí en la calle, cuando pedíamos por el aborto legal. De ellas la conocía solo a La Cope. Cuando en el CCK armamos esta muestra que ocupa un piso entero, me dijeron que querían que haya un espacio en donde se representen artistas emergentes. Y me gustan todas, que haya una cantidad enorme de dibujantes. Cuando yo tenía 20 y pico de años éramos pocas: María Alcobre, Patricia Breccia, yo y dos más. No había tantas. Y ahora hay toneladas, buenísimas todas, de varios países. Lo que más me emociona es pensar que esas mujeres se cruzaron con mi trabajo cuando eran chicas y eso les habilitó a pensar que eso era una posibilidad, cosa que a mí no me pasó. Casi todo lo que leí de chica estaba dibujado y escrito por hombres. Ese colectivo que se armó de estas chicas que hacían acciones en la calle, que abrieron una cuenta de Instagram con dibujantes que mandaban sus dibujos desde todo el país, con eso de recibir todo el material sin importar si es lindo o feo, todos los dibujantes son buenos. Eso es muy de ahora, muy feminista. Por eso pensé en ellas. 

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