Las reencarnaciones de Rita

Rita Segato dice que se volvió una figura pública sin buscarlo. Hoy, la obra de la antropóloga feminista tiene presencia en todo el territorio de habla hispana. Es autora de los libros Las estructuras elementales de la violencia (2003), La nación y sus otros (2007), La guerra contra las mujeres (2016), Contra-pedagogías de la crueldad (2018) y un caudal de textos académicos. Dio testimonio de feminismos de montaña, tan distintos al nuestro, desplegó el lema “Cuerpo de mujer: peligro de muerte”, cuando sintió en carne propia que le dio su paso por Ciudad Juárez y generó una serie de escritos que permiten pensar a la violencia de género en su dimensión expresiva. En esta nota, un breve recorrido por su vida, pensada en “reencarnaciones”. 

• Por Solana Camaño y Agustina Lanza
• Fotos de Julieta Bugacoff

Una infancia anómala


Habla de una herida, de una experiencia que no tuvo relato hasta que pudo hablar de ello en una clase de pintura en segundo año de la secundaria. Evoca los años cincuenta, la posguerra, una infancia compleja, transitada en un grupo de personas muy mayores. La pequeña Rita tenía un padre biológico y otro padre, Juan María Segato, que le dio el apellido y la crió con cariño. Su madre, Josefa, que la parió a los 38, tuvo marido y amante. Y la pinta como a una feminista por sus actos, pero también como una persona que sentía un profundo desprecio por los hombres, a los que veía como seres inferiores.


Una pastilla de cianuro. Eso guardaba Josefa, mientras le crecía el vientre, en caso de que Rita naciera varón. “Era brutal. Pensaba matarme y matarse. Iba a cometer infanticidio”, confiesa y, aunque compartió con ella la maternidad tardía, dice que ya no puede ver el mundo de la misma manera: “Estoy en la fase más madura de la política del feminismo. Pero puedo integrar la posición masculina porque me doy cuenta de que el mundo es un barco en el que navegamos todos. No vamos a poder tener una victoria sin los hombres”.


“¡Sosa, póngase de pie!”, grita la señorita María Elena con mala cara. Y la niña hace caso: se pone de pie y baja la vista a los zapatos. Se vuelve costumbre ese trato. Los compañeritos y compañeritas de aula permanecen en silencio sin entender muy bien el por qué de ese reto. Y así recuerda Rita su primera reencarnación, como si estuviese viendo ahora la escena de ese tercer grado en el Lenguas Vivas, en Esmeralda y Sarmiento, donde hoy funciona la Escuela de Danzas Aida V. Mastrazzi. Para ella, la niña Sosa enmarca un viraje en su vida.


“El Lenguas Vivas era muy elitista, aunque pública. Sosa era la única que había entrado por la regla, es decir por la cercanía a la escuela. En ese momento nadie vivía en ese barrio. Era hija de un portero de un conservatorio de música. ‘¡Sosa!’, a nadie le decía así la señorita. Y yo no sabía que era Sosa. Era una incógnita”, cuenta Rita mientras rememora su mundo de los ocho años.


A medida que fue creciendo entendió que ese había sido su primer encuentro con el racismo. Una epifanía: “Lo ví y lo sentí. ¿Qué habrá hecho?, pensaba. Sosa era negra en términos argentinos, era ‘cabecita negra’, un término que ya no se usa más. No fuimos amigas, pero hubo una gran identificación y afinidad con mi compañera. Quizás por mi experiencia personal, por ser una persona ya diferente, por mi propia ilegitimidad, por mi problema familiar que nadie conocía”.

Encuentro de la fibra crítica


A los 12, Rita hizo un movimiento, tomó una determinación: no quería seguir en el Lenguas Vivas. Escuchó sobre el Nacional Buenos Aires en la boca de un vecino y quiso prepararse para dar el examen de ingreso, pese a los enojos de su familia y de su profesora de piano. El mismo colegio que tendría más alumnas y alumnos desaparecidos en la última dictadura, el mismo en el que estudiaría Mario Firmenich, pero también por el que había pasado Manuel Belgrano. En la adolescencia de Rita floreció un mundo nuevo: la posibilidad de entrenar el pensamiento, de articular la política. Así se desencadenó su segunda reencarnación.


Y una vez empezadas las clases, la presencia de la compañera de aula con la que se ensañaba la señorita María Elena volvió con fuerza: “Empecé a entender que pasaba con Sosa, quién era. Me dí cuenta de que ella estaba en el peronismo. Mi perspectiva crítica marxista se desdobló a una perspectiva crítica peronista, reivindicada por todas las personas que sentimos que en las izquierdas clásicas no está el color de Sosa”.
La halló en Tilcara también, cuando viajó con un grupo de amigas y amigos de la escuela que hoy son íntimos. Un viaje hacia la raíz, hacia el fin de sus amores urbanos en el coincidir con Tucuta, su compañero, con el que se reencontraría a su vuelta, años después. Así Tilcara se volvió eje: “Y empezó mi vida en la dirección de la antropología. Mucho antes era antropóloga, ahí ya, a través de ese camino hacia ese otro interior, a esa Argentina profunda”.

El viaje al Llano Alto


De Caracas tiene recuerdos fragmentados. Una memoria convulsa, extraña, amnésica, poco clara. La posibilidad de irse a esa ciudad en 1974 fue un corte transversal. En Argentina, que vivía los momentos de la Triple A, había cerrado la Facultad de Antropología. Rita tenía 22 años y trabajaba en casa de Julián Cáceres Freire, el entonces director del Instituto Nacional de Antropología, un hombre conservador, de la elite riojana. La había contratado para catalogar su biblioteca. Él y Olga Fernández Latour de Botas, la directora de la Escuela Nacional de Danza en la que Rita estudiaba, convencieron a la etnomusicóloga Isabel Aretz para que se la llevara becada a vivir a Venezuela. “Estuve cinco años trabajando en un archivo de música latinoamericana. Hay varias cosas grabadas ahí, por mí y por otros colegas”, cuenta.
Sola en un país donde no conocía a nadie, Rita forjó un vínculo con Isabel, que se convirtió en una mujer de peso en su vida: “Siempre se negó a ser madre para poder seguir con su vocación, con su carrera. Cuando finalmente me fui, pedí que le cuenten que yo sí había tenido un hijo: le dio un preinfarto y tuvo que ser internada”.


Una gran nube de mariposas blancas los envolvió en el camino. El joven campesino, de 17 años, iba adelante y Rita atrás, sobre un burro sin montura. Subían la pendiente que los separaba del Llano Alto, las tierras venezolanas que estaban casi por fuera de la jurisdicción del Estado, refugio de malechores y de disidentes políticos. Habían pasado el viaje en silencio, entre los campos abiertos llenos de orquídeas. “Qué hermoso, ¿no?”, dijo Rita sorprendida por las mariposas. La voz de él le llegó de lejos: “A mí me gusta todo”. Y continuaron, hasta llegar, sin decir una sola palabra más.
Días atrás Rita había llegado a la casa de la madre del joven. Pasaron 46 años de esa escena y todavía sueña con aquella campesina, con su casa llena de cacharros y con su budare, la parrilla donde se cocinaban arepas y cachapas. Durmió allí y al segundo día le pagó por uno de sus burros para viajar hacia el Llano. El Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folklore de Caracas le había encargado la tarea de entrevistar a los aldeanos y aldeanas para hacer un relevamiento sobre su música. Necesitaba subir y temía perderse, así que ofreció pagar también por los servicios de su hijo, que conocía bien el sendero.


Arribó a un pequeño caserío de cinco casas llamado Buenos Aires. Las noches las pasaba en un chiquero, dormía en un chinchorro (o hamaca) cubierto por un gran mosquitero a causa de los murciélagos. En ese momento había unos muy peligrosos, de una especie que chupaba la sangre. “Podían dejar seco a un caballo… la historia de Drácula tiene una parte de verdad. Tenía que dormir cuidadosa de no tocar el mosquitero con ninguna parte del cuerpo. Recuerdo aquella transición del 13 al 14 de agosto. Vino una lluvia torrencial, me empapé completamente. Y ahí cumplí 24 años”, recuerda. Ese fue el momento de su tercera rencarnación.

La vida en Belfast y la ley de cuotas


La cuarta reencarnación de Rita estuvo atravesada por la unión con su primer compañero, que duró 34 años. “Él era brasilero. Nos conocimos en Venezuela, en una época de tremenda dictadura. Éramos dos soledades, dos intemperies”, dice. Viajaron a Belfast, Irlanda del Norte, a continuar con sus estudios por cinco años, y tiempo después nació su primer hijo, Ernesto. Una nueva etapa se abrió cuando irrumpió la docencia: un profesor de antropología había dejado su puesto en la Universidad de Brasilia y los dos consiguieron trabajo. Durante ese largo período Rita desarrolló sus trabajos sobre género y violencia.


Y allí ubica una nueva reencarnación, un quiebre que vio en el rostro de Ariobaldo Lima −un joven negro, de bajos recursos, hijo de una modista, que provenía del Recôncavo Baiano− cuando entró en su oficina con una queja, luego de haber sido desaprobado por un profesor sin haber sido evaluado. “Otra Sosa… siempre buscándola, ¿no?”, se ríe Rita. Lo que no sabía en ese momento era que ese caso desataría la lucha por la reserva de cupos para estudiantes negros en Brasil. Una divisoria de aguas, un sismo nacional. Ella y su compañero redactaron el proyecto de ley que llegó al Supremo Tribunal Federal.


“Tomaron nuestra propuesta. Fue una victoria total. Las universidades de prestigio brasileñas eran blancas, ahora ya no. Pero sufrí una persecución tremenda en la universidad por defender a ese alumno. Perdí salud, amigos. Padecí una menopausia precoz de origen traumático. En ese período, me sentía una leprosa. Había perdido todas las ventajas, los privilegios que tuve cuando llegué a Brasil los buenos tratos y las oportunidades. La ganamos pero fue mucho dolor”, reconoce.

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