Mamá luchona y otros relatos

Paisajes conurbanos en carne viva. Escenarios de barro para historias de amor, traición y sueños rotos, para las pibas que se la juegan y los guachines desangelados, para los transas de esquina y los malandras en motito. Los relatos de Damián Quilici pueden leerse con la ventana abierta y una cumbia de Antonio Ríos sonando de fondo, con el aroma de la parrilla de la esquina y con personajes que crecen desde el pie entre changas de remisero y alguna fresca esperando en la heladera. Se trata de leer historias donde rotos y luchonas sueñan con ser la revancha de todos aquellos, donde la ranchada persigue la ilusión de un futuro mejor para sus bendiciones y espera la noche del sábado para encarar al Tropi y divertirse un rato con los amigos de toda la vida. Porque afuera, en mitad de la noche del hambre, la soledad, la bala policial y la falta de laburo, los espera la realidad. Compartimos la primera historia del libro.

Por Damián Quilici

Son las siete de la mañana. Jimena mira por la ventana mientras espera que hierva el agua de la pava. Thiago tiene sueño y no quiere tomar el té que le preparó su madre. En minutos tiene que entrar al jardín. Por suerte es a dos cuadras de su casa. En  esas horas, Jimena aprovecha para lavar la ropa, los platos y  preparar el almuerzo para cuando regrese su hijo de cuatro  años. 

La cajera del supermercado vuelve a pasar, una y otra vez, la  tarjeta azul de alimentos que provee Desarrollo Social. “No tiene saldo, madre”, le dice. Jimena tiene que dejar las pocas cosas que cargó en el canasto. Eran leche, galletitas y una manteca. La merienda de Thiago. Todos los meses le depositan en  esa tarjeta un monto de 195 pesos. Ni la mitad de lo que cuesta  una botella de Absolut, que el padre de su criatura toma cada fin de semana en el boliche y ostenta por las redes sociales. 

Una amiga, de esas de fierro, la ayuda con lo que puede. Jimena tiene 23 años. Cuando terminó la secundaria, con excelente promedio, se enamoró de Nico. Ocho meses intensos donde hubo de todo y terminó con un embarazo no deseado. Él no se hizo cargo. Es mayor que ella y hace dos años que trabaja en negro, de remisero, para no cumplir con la cuota alimentaria. Tiene una foto de perfil con Thiago donde pibas y  pibes le comentan qué buen padre que es. Lo cierto es que la última vez que vio a su hijo fue hace cinco meses. Cada tanto le alcanza plata, poco, porque dice que Jimena se la va a gastar con “los machos” que tiene, según él. 

Jimena soporta el cyberbullying de la sociedad hacia las mal llamadas “madres luchonas”. Dice que no puede creer a quién le puede causar gracia que un tipo no se haga cargo de su hijo y deje la crianza a cargo de la madre, sin apoyo económico ni  sentimental. Ella lucha día a día para que Thiago sea un ejemplo y trata de darle lo mejor. De noche llora a escondidas. Ella también tiene sueños como todas, quiere ir a tomar mates con sus  amigas, quiere ir a ver a Dalila al baile, lo que una chica de su  edad haría. Jimena piensa que hace todo mal, cuando en realidad está haciendo todo bien. El que está mal es el que la dejó  sola. Porque así son, él es un capo, anda re cheto. “Mamá luchona”, le dicen a Jimena, pibitos con zapatillas compradas en cuotas por los padres obreros. “Mamá luchona”, le dicen, porque  burlarse del papá ausente, en esta sociedad, no causa gracia. 

Jimena tiene dos trabajos. Por las tardes se la pasa rebozando milanesas en una granja-pollería del barrio y los fines de semana labura de moza en eventos. Gana algo menos de veinte mil  pesos por mes. En negro. Una buena parte de esa plata se le va  en la niñera. El resto en pagar un alquiler en una pieza con baño compartido, comprarle ropa a Thiago y tratar de comer  todos los días. No tiene familia en buena posición económica que la banque. Su madre limpia casas y el padre es albañil. Es  hija única. A los 18 se fue de la casa, con el secundario completo y la ilusión de vivir la aventura de un amor adolescente. En su hogar las cosas tampoco estaban bien, el padre violentaba a  su madre cuando consumía alcohol. Cuando quedó embaraza da, los padres de Nico le propusieron, si no podía mantener a Thiago, criarlo ellos y que ella hiciera su vida como si nada. Le pareció perverso y, ante la negativa, dejaron de tener contacto. La mayor parte de las burlas a madres solteras proviene de las  mismas mujeres. Algunas, ya con la vida resuelta y sin problemas para cubrir necesidades básicas, aconsejan que se busquen  un trabajo como la gente. Como si fuese fácil hoy en día criar a  un hijo y trabajar de lo que amás sin tener los medios y dinero. Otras, en la misma situación que Jimena, hablan de meritocracia como si todos tuvieran las mismas oportunidades. Todo el mundo opina sin conocer al otro, sin saber la situación en la que se encuentra. Otras aconsejan que se busque uno que la  mantenga como salida rápida a los problemas. Nico ya rehízo su vida varias veces. Incluso cuando Jimena fue a parir, él ya estaba con alguien. Ella no tiene ganas de ver a nadie. No tiene tiempo de amar ni de soportar a cualquier gil de los que abundan. Un tiempito anduvo con uno, pero no prosperó. Su prioridad es Thiago. Él no extraña a su papá porque nunca lo tuvo presente. Nunca le cambió el pañal, ni lo escuchó decir sus pri meras palabras. Tampoco vio crecer sus primeros dientitos ni dar sus primeros pasos. Thiago está creciendo. Algún día, cuando sea grande, va estar orgulloso de su madre. Y ojalá ese día nos burlemos de los papás que abortan, que se borran, y que  son solo una foto de perfil en las redes sociales. 

De lunes a viernes cumple estrictamente su horario laboral. Jimena nunca falta. Engripada, con dolores de espalda, menstruales, con lluvia, con frío; siempre puntual y a la orden del  jefe. Los viernes a la tarde/noche se transforma. Una birra de  acá, otra de allá, que mensajito, que previa, que las amigas, y así  se va armando la gira del finde. A su hijo no le falta nada. Nadie puede decirle nada, y por eso le cuesta vincularse sexoafectivamente. Hasta hace poco estuvo conociendo a alguien. Bastante agradable, un poco menor que ella. Simpático, responsable, atento; pero en la letra chica decía otra cosa. Era Thiago o él. La libertad de ella se puso en peligro. Él le dijo que la quería, pero no le cabía ni ahí que haga la suya. Y para una piba  libre, eso es el final del cuentito. Depender de un hombre es lo  último que quiere en esta vida. Él le pedía exclusividad como si  ella fuese un vip en un boliche. Vos no pensás cambiar por mí,  le dijo. Yo no cambio por nadie, le contestó ella. Se sumó a la larga lista de tipos que la conocen y se enamoran de su personalidad, pero a ellos después no les gusta y pretenden cambiarle  la mentalidad, y que se vuelva una chica sumisa y de la casa. 

Está loca, pero loca bien. No es mala, es complicada. Se merece todo lo mejor. Necesita florecer siempre. Que si se enamoran de sus tallos, también lo hagan de sus espinas. Merece a  alguien que le haga más fácil la vida, que la ayude a llegar a des tino sin tener que renegar en el viaje. Mamá luchona, como dicen los memes.  

Ella es un cielo donde no cabe cualquier estrella. 

La vida de Jimena se volvió rutinaria. 

Juntada con las pibas. No son muchas, pero son las que siempre están. La escena se repite como plano largo de alguna película de cine independiente nacional. Un cenicero en la mesa. La tele prendida. Música que suena desde un parlante conectado a  un celular. Dos botellas de cerveza bien frías abiertas que beben del pico. Solo hay cuatro sillas y un sillón. Se sacan selfies. Muchas. Y vuelven a posar porque a alguna no le gustó como  salió. Quedan un par de porciones de pizza en la caja. Mucho humo. Una trajo flores. Ríen. Charlan. Se aconsejan. Mandan  audios. Suben historias del momento a Instagram. Planean qué hacer el finde. Algunas cobraron y quieren ir a bailar. Una consigue entradas gratis para un boliche. Alguien hace un comentario  sobre dejar “la bendi” con la abuela. Otra pone el auto. Se des piden. Mañana se trabaja. Y ella vuelve a quedar sola otra vez.  No puede dormir de lo angustiada que está. Mira videos en la tablet de Thiago. Necesita charlar con alguien. Por más fuerte  que se sienta al lado de él, los fantasmas nocturnos la atormentan. Es un buen momento para hacer un click. Dejar ir a las personas que no la quieren y dejar a las que sí. A las que se preocupan y se quedan siempre cuando las cosas de ponen jodidas. De a poco aprende que nadie quita a nadie. Cada uno elige  con quien estar. 

Jimena podría ser cualquier piba estigmatizada de las que abundan y exponen en las redes sociales. Esta vez me toca de cerca. 

–Tengo que cambiar de ambiente, de círculo social, de vida – me cuenta, y en el audio se la escucha triste. No está teniendo  buenos días y la paciencia de a poco se le va acabando. La envi dian porque es libre, porque no depende de nadie, porque está  con quien quiere y sigue su vida como si nada. Aún así se siente vacía, sin motivaciones. Me gustan las pibas sinceras y ella va de  frente siempre.  

–Yo no ando con capturitas de pantalla ni ninguna gilada de esas, yo voy y digo las cosas en la cara –me dice. 

–Como tiene que ser, compi –le contesto. 

Retratarla en un texto es medio difícil. No tiene la vida resuelta ni tampoco es una princesa de Disney. Es una piba de barrio  llena de carencias como muchas. Lejos de las historias felices de  alguna novela de Polka, donde al primer conflicto se toman un  avión a Miami en plan descuelgue, acá en estos relatos, ellas  andan con la Sube en negativo, con la plata justa con suerte,  con perimetrales por algún ex violento.  

La vuelvo a aconsejar como lo hago siempre. Esta vez le digo que se dé una oportunidad ella misma. Que se enamore de su  alma. Le deseo que se ponga bien. Que no extrañe a nadie que  la haga perder tiempo. Que no se culpe por todo. Le pido que  no se torture tanto esta noche. Y que va a salir de esta y de  todas las que vengan.  

Me dice: Yo no pido que mi vida sea perfecta pero, al menos,  que el amor sea de verdad.

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