Más agrotóxico: crece el mapa de pueblos fumigados y detectan veneno en leche de vaca

fresh milk bottle and old can on the table in cowshed

Un estudio efectuado en Córdoba demostró la presencia de atrazina en leche bovina extraída en 18 tambos. El trabajo expuso que el agrotóxico llega a las vacas a partir de la ingesta de agua contaminada por el modelo agroindustrial imperante. En paralelo, detectan un combo de venenos en el agua, el suelo y los vegetales de General Belgrano, provincia de Buenos Aires.

Por Patricio Eleisegui

“El herbicida atrazina puede bioacumularse con el tiempo y, por lo tanto, afectar a los humanos durante las generaciones venideras. Sin embargo, escasos estudios han evaluado su potencial de bioacumulación en la leche bovina, un alimento básico para niños y ancianos tanto a nivel nacional como internacional. Este estudio tuvo como objetivo determinar su concentración en aguas subterráneas y leche bovina, así como los riesgos que puede presentar para la salud humana. Se analizaron dieciocho tambos de la llanura pampeana argentina”. De esa forma inicia una experiencia que lleva la firma de Noelia Urseler, Romina Bachetti, Fernanda Biolé, Verónica Morgante y Carolina Morgante, científicas de la Universidad Nacional de Villa María, en la provincia de Córdoba, y la Universidad Bernardo O’Higgins de Santiago de Chile, con publicación reciente en la revista internacional Science of the Total Environment.
Los resultados de la investigación, efectuada precisamente en territorio cordobés, son graves al extremo: casi el 90 por ciento de las muestras de leche bovina cruda analizadas dieron positivo en atrazina, un herbicida que llegó a la Argentina en 1960 y que en Europa carga con un largo prontuario por su comprobado efecto nocivo sobre poblaciones de peces, aves y reptiles. En el Viejo Continente, la aplicación del plaguicida está vetada desde 2004.
En 2010, el veneno en cuestión fue presa de una controversia internacional producto de un estudio de la universidad estadounidense de Berkeley que comprobó nuevos efectos sobre los anfibios.
La investigación de Berkeley arrojó que cuando los machos de los anfibios –se utilizaron ranas para la muestra– son expuestos a pequeñas cantidades de atrazina, el 75 por ciento de ellos queda estéril mientras que un 10 por ciento se convierte en hembra. Este herbicida se ubica entre los más utilizados en el agro de la Argentina junto con los cancerígenos glifosato y 2,4-D.

Leche con atrazina
El estudio de las profesionales de Córdoba y Chile arrojó, además, que “los residuos de atrazina en las aguas subterráneas y la leche bovina estaban por encima del límite permisible para el consumo humano. Los cocientes de riesgo y el riesgo carcinogénico de la atrazina en las aguas subterráneas y la leche bovina son mayores para los niños que para los adultos.”

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Comparto un fragmento del trabajo que amplía esto: “La atrazina se cuantificó en el 50% de las muestras de agua subterránea (en valores que oscilan entre 0,07 y 1,40 μg/L) y en el 89% de las muestras de leche bovina (de 2,51 a 20,97 μg/L). Además, los niveles de atrazina en el 44,4% de las muestras de agua subterránea y el 11,1% de las muestras de leche bovina (n= 18) superaron los límites establecidos internacionalmente como seguros para el consumo humano”.
En su reporte final, el equipo de científicas vincula directamente la presencia del herbicida con la utilización de agrotóxicos en la producción agrícola intensiva. Señala, también, que el arribo del veneno a la leche ocurre a partir de la contaminación del agua que beben las vacas. 
“La detección de atrazina en aguas subterráneas y principalmente en leche bovina indica que la calidad de la leche es afectada por las aguas subterráneas que consume el ganado. El hallazgo más valioso se ubica en torno al factor de bioacumulación, el cual indica que las vacas lecheras del área de estudio probablemente incorporan la atrazina de matrices abióticas”, se detalla en las conclusiones del trabajo.
El área donde se concentró el monitoreo:

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El veneno en General Belgrano
Los resultados de la medición de plaguicidas en leche vacuna coinciden en el tiempo con la presentación reciente de datos que confirman al partido de General Belgrano, en la provincia de Buenos Aires, como otro distrito que se suma al mapa nacional de comunidades contaminadas con agrotóxicos.
A partir de la gestión de vecinas y vecinos nucleados en Convocatoria Ambiental GB, la representación en Balcarce del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) efectuó mediciones en agua, sedimentos y vegetales. Todas las muestras dieron positivo en al menos 3 pesticidas constatados de forma simultáneo.
“Se detectó una variedad de 34 moléculas de plaguicidas en el total de muestras analizadas, sobre un total de 51 plaguicidas estudiados (66,6%). De la totalidad, 31 moléculas estuvieron presentes en muestras de agua, 12 en muestras de suelo/sedimento, y 6 en muestras de material vegetal”, se detalla en el documento que reúne los resultados del monitoreo.
“El glifosato y su principal producto de degradación, el metabolito AMPA, fueron los compuestos que se presentaron en mayor concentración, respecto al total de las muestras. El mayor valor cuantificado se registró para el AMPA en una muestra de material vegetal (Paraíso) en el casco urbano de General Belgrano, con un valor total de 609 μg/Kg”, añade el INTA.
Un rasgo particular del estudio radica en que el principio más detectado –más del 90% de las muestras– correspondió al DEET, molécula que integra la fórmula de repelentes de uso masificado como el OFF. Detrás de este componente se ubicaron la atrazina, el fungicida epoxiconazol, el glifosato y su metabolito (AMPA), el insecticida pirimicab, y el herbicida acetoclor. 
“La muestra que más cantidad de principios activos presentó fue una de agua subterránea de pozo de un domicilio particular del casco urbano de General Belgrano, con un total de 21 moléculas determinadas…”, especificó el organismo. “La segunda fue la del sitio Puente Manantiales, que corresponde a una muestra de agua superficial del río Salado”, agregó.
En otro tramo del documento se remarca que “los resultados obtenidos en este estudio brindan información concluyente acerca de que el territorio de General Belgrano está siendo afectado por la movilización de plaguicidas provenientes de los predios agropecuarios, cuyos modelos productivos están basados en la dependencia del uso creciente de plaguicidas”.

Un mapa de contaminación ampliado
Lo constatado en General Belgrano sigue la línea de lo expuesto durante la segunda mitad de marzo en este mismo espacio. En ese momento, el Centro de Estudios Rufinense Scalabrini Ortiz (CERSO) informó la presencia de plaguicidas en el agua de red de la ciudad santafesina de, precisamente, Rufino.
La organización divulgó los resultados de un monitoreo llevado a cabo por el doctor Damián Marino y su equipo de científicos de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). 
Los hallazgos fueron tan contundentes como preocupantes: presencia de acetoclor –herbicida que se aplica en soja, maíz y girasol, entre otros cultivos–, atrazina –herbicida de usos múltiples–, epoxiconazol –fungicida–, imidacloprid –insecticida–, metolacloro –herbicida– y tebuconazol –fungicida–. Un combo de moléculas capaces de provocar, según el caso, desde cáncer hasta malformaciones, pasando por los abortos espontáneos, las enfermedades en la piel y problemas severos como el trastorno de tiroides, entre otros males.
El hallazgo en la ciudad santafesina sucedió a poco a menos de un año de constatada la presencia de cancerígenos como el herbicida 2,4-D en las aguas que nutren a los hogares de Lobos, en la provincia de Buenos Aires. 
Y también cercano en el tiempo con aquellos estudios que confirmaron que el caudal de la red que abastece a Los Cardales y Capilla del Señor, en el distrito bonaerense de Exaltación de la Cruz, está contaminado con clorpirifos, atrazina, epoxiconazol, imidacloprid, metolacloro, tebuconazol e imazetapir.
Todos ejemplos recientes de un desastre con actualización permanente. Consecuencias tan funestas como predecibles de un modelo de gestión política que respira a partir de un extractivismo que, desde el menemismo de los 90 para acá, no ha hecho más que perfeccionarse para desgracia socioambiental de nuestras comunidades.

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