PRT-ERP Apuntes de un sueño armado

Un partido marxista que crece y se multiplica. Un ejército revolucionario que combate y no da tregua. Un enemigo que ve amenazada su hegemonía. Mitos, conflictos y debates de hombres y mujeres de frente a una revolución que parecía indetenible.

Por Hugo Montero

Esta nota fue publicada en el nº 56 de Sudestada, unos 15 años atrás. Elegimos publicarla en esta semana de homenajes a nuestro entrañable compañero para dar algunas pistas sobre la trastienda en la historia del nombre de Hugo Montero.

1. El murmullo quejoso del motor rompe el aguacero nocturno. Adentro del Citroën, el agua se filtra por todas partes. Perdido en medio de la nada, y a merced de la tormenta, el Citroën parece cada vez más próximo al naufragio. Robi conoce poco de Zárate, apenas algunas mínimas referencias, y con ellas intenta, desde hace un rato, ubicar la casa. La lluvia no ayuda mucho tampoco. Así, a tientas, a bordo del destartalado Citroën que avanza por las calles como pidiendo permiso, Robi cogotea por la ventanilla en busca de la calle memorizada. Por fin, y cuando el agua asoma ya por el piso del auto, aparece la casa.

Empapado pero satisfecho por haber zafado del naufragio, golpea la puerta. Del otro lado de la mirilla, dudan. Saben, acaso, que un compañero de la Dirección Nacional participará de la reunión de la regional el sábado, pero ignoran que ese compañero no es otro que el comandante. Sin reponerse de la sorpresa, el dueño de casa lo invita a pasar y a secarse un poco. Robi demora otro tanto en limpiarse los zapatos en un trapo de piso para evitar embarrarle la casa a su anfitrión. Al rato, el mate repone las fuerzas del recién llegado y deja paso a la charla informal. El plenario está previsto para la mañana siguiente, por lo que es usual que los compañeros que vienen de lejos lleguen la noche previa para dormir allí y arrancar bien temprano.

Sentado en la cocina con el recién llegado, el dueño de casa no termina de creerse del todo que quien elogia sus mates no es otro que Mario Roberto Santucho: el de la fuga de Trelew, el hombre más buscado por la represión, el fundador del partido y del ejército al que él y su compañera recién se estaban incorporando.

Pero es. Es el mismo que, en vez de hablar de él, lo bombardea con preguntas sobre cada detalle vinculado al funcionamiento de la célula, la actividad política en las fábricas cercanas, o las últimas operaciones de propaganda armada del ERP en la zona. Mientras tanto, el mate pasa de mano en mano y, afuera, el destartalado Citroën resiste estoicamente el diluvio.

2. La primera vez que lo vieron fue en Lanús. Los esperaba sentado en un bar, cerca de la estación. En realidad, para ser precisos, no los esperaba a todos. Esperaba a uno solo del grupo, a un delegado. Por eso, cuando se acercaron a su mesa en malón, no los saludó con la cordialidad imaginada. Con el tiempo, comprenderían el porqué del enojo de esa tarde, en el bar. Pero esa fue la primera vez que lo vieron.

Ellos eran un desprendimiento del Peronismo de Base-Fuerzas Armadas Peronistas (PB-FAP), parte de la fracción “17 de Octubre”. A principios de 1974, después de la crisis en el PB que determinaría su fractura, varios grupos se dispersaron en busca de nuevos destinos para su militancia. Uno de estos grupos se puso en contacto con el ERP, con la intención de incorporarse luego de un período de trabajo en conjunto. “Éramos lúmpenes en política. Compañeros de fierro, pero lúmpenes en ideología, en discusión y, por eso, encontrarnos de golpe con un cuadrito bien formado, con una disciplina militar bárbara, siempre bien vestido, impecable, fue algo que nos cacheteó terriblemente”, recuerda hoy Jorge, uno de los integrantes de ese grupo que se acercaba al ERP.

Ese cuadrito bien formado era un combatiente del ERP de 22 años, que se presentó esa tarde con su nombre clandestino, “Hugo”. Tiempo después, y en circunstancias menos gratas, conocerían su verdadero nombre, Eduardo Ernihold. 

Hugo fue, entonces, su primer responsable, su enlace con el ERP, el encargado de discutir la línea política y de la preparación militar antes de determinar su ingreso a la organización. Para el ERP, la incorporación de núcleos de militantes que provenían de una vertiente del peronismo combativo no era sólo un aporte cuantitativo a sus filas: se trataba de un importantísimo paso político en la perspectiva de un desarrollo más amplio como ejército popular. Vale decir que esta incorporación del PB 17 se dio de forma fragmentada, y la división en grupos dependía de la experiencia militar de cada uno de sus militantes.

 Rubio, ojos claros, pelo corto, muy prolijo en su apariencia, los compañeros recuerdan a Hugo vestido comúnmente con una polera verde oliva, un pulóver y un saco. “Era un soldado, todo lo que vos idealizabas de un guerrillero”, describe otra de las militantes que lo tuvieron como responsable. De todos modos, el impacto de la primera impresión se vio empañado por el enojo de Hugo ante semejante comitiva en tiempos difíciles para reuniones “multitudinarias”, podría decirse. Lo que sucedió fue que la fracción del PB 17 no había definido su pase en bloque al ERP, y uno de los grupos que aprobaba dar el salto no aceptaba delegación alguna: “Si yo me iba a pasar, quería estar segura de todo, de quién y de cómo”, explica Eva. Y ante la imposibilidad de designar un representante, el grupo de jóvenes le “cayó” a Hugo en bloque, detalle que frustró el encuentro o, más bien, lo trasladó hasta la casa de uno de los compañeros, por obvias razones de seguridad.

Desde el inicio mismo de la relación con Hugo, los militantes del PB ya percibían con nitidez la distancia entre su práctica habitual, caracterizada por la improvisación en lo operativo y la informalidad en materia de seguridad; y la severidad en ese aspecto por parte del ERP. Allí sí, en la casa del “Negrito” Santiago, Hugo les explicó a grandes rasgos los lineamientos de la organización y les comunicó su función como responsable del grupo.

La experiencia del PB había quedado atrás. Ahora entraban al Ejército Revolucionario del Pueblo.

3. Apoyado contra la pared y de brazos cruzados, en un momento de la charla, Robi interrumpe al dueño de casa con una propuesta: “Decime, hermanito. Vos me contás que esta imprenta subterránea que tienen en la Regional la tenés cerquita ¿no? ¿Se podrá ir a verla ahora?”. Santucho, comandante en jefe y secretario general, no “ordenaba” ir a visitar la imprenta. Simplemente, “pedía” al compañero que lo llevara hasta la casa donde la ocultaban. Esas actitudes, entre tantas, no dejaban de llamar la atención a los militantes del partido, hasta casi generar una mística propia en referencia a la humildad de Santucho, que trascendió incluso su rol como dirigente político y militar. Vale la pena profundizar en este punto.

Para el historiador Pablo Pozzi “una de las características claves del liderazgo de Santucho -junto con mucha firmeza en sus convicciones, un legendario coraje y una gran capacidad de trabajo- era su capacidad para pasar desapercibido”. Pozzi, además, da cuenta de una anécdota en este sentido: un compañero simpatizante del PRT espera en su casa a un par de compañeros del partido. Llegan los militantes a la reunión y uno de ellos comienza a explicar los lineamientos básicos, mientras el otro permanece a un costado, en silencio. La reunión se anima un poco con la participación del simpatizante, quien después de un rato advierte el perfil bajo del tercer compañero: “Negro, ¿por qué no te hacés un mate vos?”. Cuando el militante en cuestión se levanta a poner la pava, su compañero le susurra al dueño de casa un puñado de palabras que lo dejan helado: “Che, el que fue a ponerte la pava es Santucho…”

 En el anecdotario perretiano, sobran historias similares alrededor de la sencillez de su máximo dirigente. Imagen que parece haberse impuesto a partir de la dura polémica que sostuvo la fracción de Santucho (viejos compañeros del FRIP y otros) con Nahuel Moreno, dirigente de Palabra Obrera (PO), otra de las vertientes ideológicas que fundaron el PRT en 1965. Ese particular estilo de Santucho, su modalidad de escuchar con respeto, intervenir sólo cuando era necesario pero sin descalificar las posiciones de su interlocutor, incluso la estampa humilde en su conducta y forma de vestir, se fue forjando desde aquellos tiempos en que recorría infatigablemente la casa de todos los compañeros y simpatizantes del partido. Esa extraordinaria dinámica de trabajo, la práctica constante y el rechazo a la politiquería de los grandes oradores, provocaría que, con el tiempo, la mayoría de los más importantes cuadros y dirigentes de PO se volcaran incluso a respaldar sus posiciones, dejando en minoría al sector morenista.

Vale aclarar que la figura de un Santucho “indiscutido” como dirigente del PRT no surge sino a partir de 1970, cuando antes el partido tuvo que convivir con tendencias internas que generaban disputas en las que Robi, más de una vez, no salía del todo bien parado. Hasta entonces, Santucho era uno más de los cuadros de la dirección del partido, pero su estilo (que podría sintetizarse en su rol de hacedor incansable más que como teórico, y que después, en cierta forma, se trasladó de manera más amplia al imaginario general de la militancia del PRT-ERP) le fue permitiendo crecer en la consideración de la militancia partidaria hasta dejar atrás las disputas internas y unificar con notoria habilidad la potencialidad de una organización que, en pocos años, se transformó en protagonista de la vida política argentina.

“Santucho era callado, morocho y provinciano como yo. Sentías que podías hablar con él; que te entendía”, señala otro testimonio, citado en Por las sendas argentinas…. Sin embargo, la mirada de Daniel De Santis contradice en cierto punto esta suerte de construcción colectiva sobre la personalidad de Santucho. “Entre los militantes del PRT, se le daba mucha importancia al hecho de ser un compañero humilde, lo cual es una virtud, pero a veces se caía en los aspectos formales de ella. En este sentido, se decía que Santucho era humilde porque, por ejemplo, en las reuniones se sentaba en un rincón, no hablaba o hablaba poco, cebaba mate y pasaba inadvertido. O se decía que era humilde porque llegaba a una casa y cocinaba, o barría el lugar de la reunión o situaciones similares. Yo creo que, sin desmentir o dejar de valorar estos hechos, la humildad o no de un dirigente de la talla de Santucho, se debería medir por otras actitudes”. En este sentido, De Santis destaca que los gestos que verdaderamente ratifican la humildad del dirigente del PRT son aquellos vinculados a momentos clave de la organización: su disciplina partidaria cuando se forja el frente FRIP-PO, donde defendió sus posturas en minoría durante mucho tiempo; su papel en la preparación de la fuga del penal de Rawson, su constante preocupación por evitar el sectarismo del PRT como partido de vanguardia o su impulso consecuente en busca de la unidad de acción con otras organizaciones político-militares, incluso hasta el último día de su vida.

Otro aspecto en la conducta de Santucho que no pasaba inadvertido para quienes no lo conocían en profundidad, era su insaciable curiosidad y su voluntad de escuchar al otro, no ya como gesto demagógico de quien escucha para después rebatir cada argumento, sino para alimentarse de la experiencia ajena como método de aprendizaje intransferible. Santucho escuchaba a los militantes del PRT-ERP porque eran ellos quienes le permitían bosquejar una caracterización justa de su partido y de la situación política general (por lo menos, cuando esto era posible por las condiciones externas). En este sentido, más que humildad, lo que existía era una interesante tendencia a aprovechar los saberes y las vivencias que surgían de la práctica concreta de la militancia, ante la conciencia, siempre presente, del riesgo de caer en cualquier momento en el aislamiento y en el burocratismo. Como observación, vale destacar que esta política de “patear” las regionales se dio en momentos decisivos para el PRT: primero, en medio de la polémica con el morenismo, antes de la ruptura, y también a partir de 1972, después de la fuga de Rawson, cuando el PRT atravesaba una peligrosa crisis producto de la llamada “desviación militarista” (ya entonces, el partido padecía la fiereza de la represión, con 30 muertos, más de 200 prisioneros y la pérdida del 80 por ciento de su armamento).

En definitiva, todo esto a cuento de esa noche lluviosa, en Zárate, en la que el comandante le había “pedido” y no “ordenado” al compañero local visitar la imprenta clandestina de la regional. Hacia allá se dirigieron, otra vez dispuestos a enfrentar la feroz tormenta, protegidos apenas por una agujereada armadura marca Citroën, que arrancó después de varios intentos.

PRT

4. Antes de sumarse al ERP como combatiente, Eduardo Ernihold había trabajado 9 horas diarias en un taller metalúrgico, como su papá y, después, como plomero de un hospital. El trabajo se lo había conseguido su mamá, entonces enfermera y luego también simpatizante del ERP, donde colaboró con la atención de los heridos en las postas sanitarias. En la semblanza que publica Estrella Roja sobre Hugo, en octubre de 1974, se destaca: “Allí ve cómo se mata a un anciano rico para heredar su fortuna, cómo se le hace una cesárea a una parturienta normal para incrementar las ganancias. Ya su conciencia le reclama una práctica para cambiar esta sociedad. Con extraordinaria lucidez ve el camino revolucionario y se lanza en busca de su puesto de lucha en alguna organización revolucionaria”.

Paradójicamente, es durante el servicio militar que Eduardo logra contactarse con el ERP, adonde se integra muy poco tiempo más tarde. Enseguida, se incorpora a una célula militar que funciona en una casa operativa en la zona sur del conurbano. La misión como responsable de los compañeros que venían del PB fue la primera de importancia política que delegó el ERP en Hugo, quien había sido promovido a “aspirante” semanas atrás, y ya en poco tiempo podría incorporarse como militante pleno del PRT (*).

Disciplinado, metódico y preocupado por las cuestiones de seguridad, era notorio el contraste entre la forma de trabajar de Hugo con la del grupo a su cargo. “Primero nos llamaba la atención la seriedad y la formalidad. Una férrea disciplina en todos los aspectos, desde el cuidado de la persona, pasando por la forma de hablar y la manera de actuar. Una concepción absolutamente diferente de la que traíamos”, señala Jorge. La práctica habitual en cada encuentro del grupo con Hugo comenzaba con el “minuto”, la clásica fachada de cada uno de los integrantes de la reunión para justificar su presencia en caso de toparse con la policía, para después abordar la lectura del editorial de El combatiente y las notas principales del Estrella Roja. Después, se atendía las últimas novedades en cada frente, se debatía sobre nuevos contactos a desarrollar y se proponían las acciones de propaganda armada en el principal círculo obrero de la zona sur: un circuito que comprendía fábricas como Alpargatas (textil), Peugeot (automotriz), Zucamor (papelera), Ederle-Abbot (laboratorios) y Rigaulleau (vidrio), entre otras. Por último, era bastante habitual la práctica de algunas acciones clásicas para la obtención de armamento, como el desarme de policías en la calle. Prácticas de entrenamiento en las que el grupo desataba toda la tensión de la acción con ironías y salidas cómicas: “Por ejemplo, uno de los compañeros encaraba por atrás al otro, que hacía de policía, y en el momento que iniciaba ‘el apriete’, el supuesto policía le decía: ‘Epa compañero… no me venga con eso, ¿no ve que estoy leyendo El combatiente?’”, recuerda uno del grupo.

Hugo no festejaba demasiado esas salidas que rompían el rigor militar de la práctica, pero más de una vez tenía que ceder ante la espontaneidad del grupo, que buscaba zafar de a ratos de la disciplina que imponía su responsable. Incluso, viajar en colectivo con Hugo era estar dispuesto a escuchar a cada rato detalles que iba marcando sobre comportamiento y actitudes a tener en cuenta: “Exigía, y era un responsable con todas las letras. Siempre preocupado por la seguridad, por la puntualidad, por cómo moverse en la calle, cómo relacionarse con la gente. Yo estaba fascinada entonces porque pensaba que todo el partido era así, aunque después me di cuenta de que no”, destaca Eva.

Si bien el grupo se reunía varias veces por semana, la relación con Hugo no fue extensa en el tiempo. Apenas unos meses tuvieron a Hugo como enlace con el ERP y, sin embargo, la figura de ese joven combatiente que les fue describiendo en detalle cada uno de los aspectos a tener en cuenta en su trabajo político, dejó una huella profunda en su memoria. Así lo reconoce Jorge: “Si te ponés a sacar cuentas, fue muy poco tiempo con Hugo como responsable. Pero la verdad que fue un tiempo terriblemente intenso, que nos marcó para toda la vida”.

Por aquellos años, el tiempo parecía transcurrir con el mismo vértigo que iba ganando la realidad política. El tiempo, también, terminó en muchos casos amontonando los recuerdos detrás de una espesa capa de miedo y de tristeza, y los rastros de muchos militantes se fueron perdiendo por el camino. Eduardo Ernihold fue, en definitiva, uno de tantos combatientes del ERP. Su historia, una más en la larga lista de episodios ignorados por la memoria colectiva, pero un tesoro protegido por unos pocos compañeros que eligen empatar por un rato con el dolor, para ejercitar la memoria.

5. Los fusilamientos de 16 combatientes de la Compañía de Monte “Ramón Rosa Jiménez” en Catamarca, desarmados y a poco de rendirse después del frustrado intento de copar el Regimiento 17 de Infantería Aerotransportada, marcaron un punto de inflexión para la dirección del PRT-ERP con respecto a la represión. Entre los fusilados, estaba el “Negrito”, Antonio del Carmen Fernández, miembro del buró político del PRT, y su muerte generó una reacción drástica del Comité Central, en su reunión de septiembre de 1974: la represalia. Por primera vez en su historia como partido, el PRT tomaba medidas extremas para intentar detener el impulso criminal de un Ejército dispuesto a no dar tregua, ni siquiera ante combatientes desarmados. A través del periódico El Combatiente, se comunicó: “El CC del PRT, dirección política militar del ERP, interpretando el sentimiento unánime del pueblo trabajador argentino, tomó una grave determinación. Mientras el Ejército opresor no tome guerrilleros prisioneros, el ERP no tomará oficiales prisioneros y a cada asesinato responderá con una ejecución de oficiales indiscriminada. Es la única forma de obligar a una oficialidad cebada en el asesinato y la tortura a respetar las leyes de la guerra”.

Si bien la medida no fue unánime, significó también una respuesta a la presión de la militancia con respecto a la tendencia de las Fuerzas Armadas a romper todos los códigos. La dirección del PRT-ERP ordenó entonces una fugaz campaña de ajusticiamientos contra oficiales del ejército argentino. Julio Santucho, en Los últimos guevaristas, definió a la medida como “un grave error político” que lo que generó, por el contrario, fue “incrementar el espíritu de cuerpo entre los militares”. “De hecho, la política de la represalia nunca tuvo consenso en el seno del PRT. El primero en introducir esa medida fue Joe Baxter en 1972, como respuesta al secuestro de Luis Pujals, miembro del buró político del partido, por parte de la Policía Federal. La primera medida que tomó mi hermano Robi al regresar de la fuga de Trelew, en total acuerdo con el Gringo Menna y Benito Urteaga, fue abolir esa medida por desproporcionada y fuera de lugar”, asegura Julio Santucho.

De todos modos, en cumplimiento de esa orden, en la mañana del 7 de octubre de 1974, una camioneta con cuatro ocupantes y otra más de apoyo a prudente distancia, se posicionan en la avenida Hipólito Yrigoyen, en Banfield. A unos metros de allí vive el mayor del Ejército, Jaime Gimeno. El tránsito es normal, y los ocasionales transeúntes pasan frente a los protagonistas sin reparar en los acontecimientos que están a punto de producirse.

6. Agarró un puñado de páginas, repletas de tachaduras y correcciones, esperó el silencio y empezó a leer. Uno podía observar los trazos de la pequeña letra de Robi cubriendo hasta el último rincón de blanco en cada hoja. Así, en mitad de una reunión del buró político, Santucho empezó a desandar un borrador “con la sencillez de quien está contando un informe de rutina”, según recuerda Luis Mattini. “A medida que la lectura iba avanzando, la relativa indiferencia de los presentes por las primeras páginas, que reseñaban sintéticamente la lucha política de los últimos años, se transformó en vivo interés ante las nuevas ideas que iban apareciendo”, detalla. El borrador en cuestión era el texto que serviría como base de discusión en el Comité Central previsto para septiembre de 1974, y se titulaba Poder burgués y poder revolucionario.

“¿Cómo hacen los burgueses para mantener el control político, es decir, la dictadura de la burguesía? ¿Cómo se las ingenian para impedir que las clases trabajadoras, que son mayoría, lleguen al gobierno?”, se pregunta al inicio del texto, como punto de partida, para después desmenuzar el desarrollo y los cambios en la cúpula del poder en Argentina. Para Santucho, los burgueses “se sirven de dos sistemas principales, el parlamentarismo y el bonapartismo militar. Ambos sistemas utilizan combinadamente el engaño y la fuerza para mantener la hegemonía de la burguesía. Cuando uno de los sistemas se ha desgastado y las masas muestran de mil formas su activo descontento, los capitalistas, oligarcas e imperialistas recurren hábilmente al otro sistema”. Sin embargo, después agrega un tercer factor decisivo en esta continuidad del régimen burgués: la falta, hasta entonces, de una alternativa de poder de la clase obrera. “La razón fundamental por la que, pese a la enérgica lucha de nuestro pueblo, las clases dominantes no han visto peligrar su dominación política ha sido la ausencia, hasta el presente, de una opción revolucionaria de poder que ofreciera a las masas una salida política fuera de los marcos del sistema capitalista”.

A partir de esta caracterización, Santucho da cuenta de un cambio de período en el país, a partir del Cordobazo y de la conformación de una vanguardia política como referencia para las masas: “En otras palabras, entramos en un período de grandes luchas a partir del cual comienza a plantearse en la Argentina la posibilidad del triunfo de la revolución nacional y social, la posibilidad de disputar victoriosamente el poder a la burguesía y al imperialismo”, afirma.

Surge entonces, el concepto de poder dual en el ideario del PRT-ERP: “En el curso de la situación revolucionaria nace y se desarrolla el poder dual, es decir que la disputa por el poder se manifiesta primero en el surgimiento de órganos y formas de poder revolucionario a nivel local y nacional, que coexisten en oposición con el poder burgués. (…) El desarrollo del poder dual está en todos los casos íntimamente unido al desarrollo de las fuerzas militares del proletariado y el pueblo, porque no puede subsistir sin fuerza material que lo respalde, sin un ejército revolucionario capaz de rechazar el ataque de las fuerzas armadas contrarrevolucionarias”.

La concepción de doble poder en el marco de la lucha revolucionaria, si bien para nada novedosa en la historia, mostraba un importante desarrollo del PRT, a partir de visualizar la chance de establecer “zonas liberadas” o espacios propios de gestión cotidiana, en convivencia (y oposición) con las formas de poder de la burguesía. De todos modos, vale aclarar que esta idea nada tiene que ver con el “autonomismo” o concepciones de ese tipo, que se expandieron durante las últimas décadas como consecuencia de la derrota estratégica de las fuerzas revolucionarias. Lejos de plantear la posibilidad de coexistencia “pacífica” entre ambos poderes, el planteo de Santucho destaca que estas “zonas liberadas”, organizadas y protegidas por la vanguardia, conviven en beligerancia constante con las fuerzas del enemigo, mientras se desarrolla la lucha de clases de forma desigual, con avances y retrocesos, y en distinto tiempo y lugar. El doble poder, entonces, no se plantea como fin en sí mismo, sino como medio para ir avanzando en un combate diario a toda escala. Una transición mientras se agudiza la disputa por la toma del poder que, al mismo tiempo, va delineando esbozos de la futura sociedad socialista.

Sin embargo, Santucho reconoce que de frente a esta oportunidad histórica, el PRT-ERP padece “una gran escasez de cuadros”. “La disposición de los elementos de vanguardia a organizarse por su propia cuenta es vital para conseguir rápidos avances en la multiplicación de nuestras fuerzas revolucionarias. Cada obrero de vanguardia, cada revolucionario de origen no proletario, cada nuevo compañero que se ligue a nuestra organización, tiene la responsabilidad de aportar lo máximo de sí en su rápida integración y en la construcción de las células de su frente fabril o de su zona”, agrega.

“Nos esperan arduas tareas y grandes sacrificios. Hemos de lanzarnos a afrontarlas plenos de determinación revolucionaria, de fe en la capacidad y decisión de nuestro pueblo, de confianza en el seguro triunfo de nuestra revolución. De hoy en más, menos que nunca, no habrá sacrificios vanos, esfuerzos desperdiciados, esperanzas frustradas. Sabemos por qué y cómo combatir, contamos con las herramientas básicas que necesitamos, sólo nos resta afilarlas y mejorarlas incesantemente, ser cada día más hábiles en su empleo, conseguir que nuevos y numerosos contingentes de militantes en todos los puntos del país, utilicen con vigor esas mismas herramientas revolucionarias”, finaliza el documento.

7. Alguien preguntó la hora, impaciente. Eran las 7:35 de la mañana. El sol ya ganaba los rincones, y la escarcha se iba licuando en el parabrisas de la camioneta, una pick up Ford gris. A una cuadra de distancia, otra camioneta de color rojo se estacionaba de la mano opuesta, según lo previsto. Nada extraño, en la avenida se repetían los movimientos habituales de una calle céntrica del sur del conurbano. En la pick up gris, el “Indio” revisó por enésima vez su reloj. Faltaba poco.

PRT

El “Indio” era Arístides Benjamín Suárez, “Héctor”, y había nacido en Santiago del Estero dos décadas atrás. Años más tarde, viajó con su familia hasta Quilmes, donde estudió hasta egresar de la Escuela Técnica N° 1 de Don Bosco, con el título de técnico mecánico. En 1973, se había incorporado al ERP y  pasó  a formar parte de una célula de combate en la sección fusileros de la Compañía “Héroes de Trelew”.

A su lado, el “Gallego” clavaba la mirada en la vereda par de la avenida, memorizando cada detalle, anticipando en su mente cada paso, cada movimiento por ejecutar. El “Gallego” se llamaba, en realidad, Jacinto Alonso Saborido, “Aníbal”, y había llegado a la Argentina a los 8 años. Desde entonces, trabajó con su papá en el reparto de leche, hasta los 15 años, cuando se incorpora a una fábrica metalúrgica. Al poco tiempo, asume la militancia en el PC, hasta las primeras decepciones. Después pasa por el PCR hasta que, finalmente, se integra al PRT, donde desarrolla su tarea como responsable de Propaganda en Capital. Su capacidad operativa le permite alcanzar el grado de teniente, y hacerse responsable del frente militar en una zona del Gran Buenos Aires.

En la camioneta, atrás, también espera Hugo, junto con otro compañero no identificado.

7:40, el mayor bioquímico del Ejército, Jaime Gimeno, sale de su domicilio en el primer piso de la avenida Yrigoyen 6972, para dirigirse en busca de su auto al garaje vecino, en el 6976 de la misma calle. Gimeno se desempeñaba entonces en el Hospital Militar Central, que dependía del Comando de Sanidad. Tenía 53 años y había ingresado al Ejército treinta años antes. A bordo de su Ford Falcon color celeste, Gimeno sale del estacionamiento.

La camioneta gris le corta el paso al auto del oficial, y de su interior salen tres guerrilleros del ERP con armas largas. La balacera se desata. Los tres combatientes disparan contra Gimeno, quien maniobra con el auto y avanza hasta el 6938 de la avenida, donde el coche se detiene. Gimeno saca su pistola calibre 45 y dispara. Hiere a uno de los atacantes antes de ser abatido por las balas. El herido era el “Gallego”. El “Indio” va en su búsqueda, saca una granada y se acerca al auto del militar.

Entonces suenan disparos de un flanco inesperado: desde el balcón de la casa del oficial, su hijo, testigo de toda la escena y armado con una carabina calibre 22, dispara y acierta. Mata de un tiro al “Indio”, justo cuando lanzaba la granada, que finalmente estalla detrás del coche del militar, destrozando algunas baldosas. Desde el privilegiado mangrullo del balcón, Guillermo Gimeno sigue disparando. Con el oficial muerto, la operación está cumplida. Pero Hugo va en busca de los heridos. Las fuerzas policiales ya se acercan a la zona, alertadas por el tiroteo. Cuando Hugo toma en brazos al “Indio”, recibe un disparo en la pierna que lo inmoviliza. La policía llega al lugar al mismo tiempo que la camioneta roja de apoyo escapa a toda velocidad por la avenida, con el cuarto hombre del grupo atacante, que no recibe disparos. A unas tres cuadras de distancia, en la esquina de Ingenieros y Urquiza, la camioneta choca contra un camión estacionado. Sin embargo, puede retomar su marcha y zafar después de la pinza policial.

En la vereda, espera Hugo, herido. Los vecinos y curiosos se acercan, temerosos. Intentan comprender algo de lo sucedido. Entonces Hugo se incorpora y habla con ellos, explica con voz firme las razones de la acción, la represalia por los compañeros fusilados en Catamarca, y comenta que por esa herida en la pierna, él va a morir. Arenga a la gente que lo rodea, hasta que la policía se lo lleva detenido.

El “Indio” y el “Gallego” mueren allí mismo producto de los disparos, pero extrañamente la policía informa a la prensa que el tercer atacante está “herido de gravedad”, cuando en realidad había recibido un disparo en la pierna.

Aquí la crónica se diluye entre tormentos y una ejecución. Hugo es trasladado hasta un puesto de la policía caminera, en la General Belgrano. Allí un juez, al parecer, logra “blanquearlo” como detenido. Pero el juez no se queda demasiado tiempo en el lugar. Hugo es torturado y, posteriormente, asesinado. Ni una palabra sale de la boca del combatiente herido, ni un contacto, ni una cita. Nada.

Era el lunes 7 de octubre de 1974. Se llamaba Eduardo Ernihold. Tenía 22 años.

8. No hay imágenes, no hay audios, no hay crónicas sobre aquellos días. Cada vez quedan menos testigos, incluso. Apenas retazos de recuerdos, momentos, casi espasmos, que ocupan un rincón en algunas memorias. Pero sin esfuerzo, puede uno ver las caras de cada delegado. Puede, acaso, recorrer la tensión del clima en cada gesto, y ser testigo silencioso de la historia mientras se gesta. Puede escuchar, incluso, el rumor de una voz tenue, provinciana, leyendo fragmentos de esa historia que nace: “La guerra revolucionaria argentina y latinoamericana se desarrollará en un proceso prolongado que, comenzando por puñados de revolucionarios, irá encontrando apoyo popular hasta el momento del triunfo final, sólo posible con la participación plena y activa de la clase obrera, el estudiantado y todo el pueblo patriota, antidictatorial y antiimperialista. Porque esta es una guerra del pueblo, nuestras acciones tienen un objetivo principal: despertar la conciencia popular y mostrar a todos los patriotas el camino para acabar con la explotación, el hambre, la miseria a que nuestro pueblo se ve sometido”.

Por los resquicios del techo del rancho, los rayos de luz invaden la sala. De viaje por esa voz que desanda un camino, puede uno toparse con hombres y mujeres urgidos a salir a la realidad cuanto antes, dispuestos a arrebatarle la historia a los mismos de siempre para tomar, también, esas palabras como armas y disparar con ellas. Ideas de fuego que empujan la historia. Un puñado de jóvenes escucha, cansados por el agotador ritmo del V Congreso en la Isla Magnasco, pero atentos a no perder detalle de aquel momento único.

No hay fotos, no quedó registro en los documentos, pero aquí el tiempo parece detenerse. Después todo será futuro: llegará el combate cotidiano, la felicidad de sentirse protagonista, el dolor por los caídos, la satisfacción de un partido que crece y se multiplica, la furia por la represión asesina, los aciertos y los errores, el miedo, la sangre, las lágrimas, las voces y los brazos de multitudes intentando no perder la huella de una revolución que va queriendo.

Después, también, la derrota, el olvido, el silencio, la mentira.

De algo son culpables esos hombres y mujeres, esa tarde, en ese rancho, en una isla abandonada. Culpables, como decía el Che, de aceptar el reto de la Esfinge y no esquivar su interrogación formidable. Culpables de poner su conducta a la altura de su discurso, y semejante osadía resulta imperdonable para los propietarios de todo.

   La derrota, en todo caso, los encontró en el lugar de siempre, combatiendo.

“Los profundos cambios que registra la realidad nacional no provienen de una evolución lineal e incruenta. Como todo proceso revolucionario, se viene desarrollando en espiral, con avances y retrocesos, en tendencia siempre ascendente, y a costa de sensibles pérdidas. Como dijo Mao Tsé-tung, ‘luchar, fracasar, volver a luchar, volver a fracasar, volver a luchar hasta la victoria’, es una ley de la lucha revolucionaria. En la guerra de nuestra primera independencia los ejércitos patriotas intentaron avanzar dos veces por Bolivia hacia Perú, hasta descubrir el triunfal camino de Chile. Bolívar a su vez fue cuatro veces vencido en Venezuela y cuatro veces se exilió, hasta encontrar en su quinto intento el camino de la victoria definitiva. Así ocurre y ocurrirá en nuestra guerra revolucionaria”, escribió Mario Roberto Santucho, poco tiempo antes del epílogo de su propia historia. Antes de pagar con su vida la afrenta de rebelarse contra los miserables.

Acaso hay un libro, un personaje, un autor, que parecen, sin saberlo, cerrar este relato. Dos líneas, apenas, resuenan como un estigma. Un libro, La revolución es un sueño eterno. Un personaje, Juan José Castelli. Un autor, Andrés Rivera. Un final: “Entre tantas preguntas sin responder, una será respondida: ¿qué revolución compensará las penas de los hombres?…”

9. La última vez que lo vieron fue en Claypole. Era la casa de uno de los compañeros, a bastante distancia de la estación. Allí se repitió la rutina de cada reunión: el “minuto”, la lectura del periódico partidario, los balances de actividades, las acciones programadas. Sería forzado señalar que esa noche Hugo permaneció en silencio más tiempo del habitual. Pero era evidente que algo pasaba.

La noche se fue cerrando, y la reunión se llenó de saludos de rigor. Eva y Jorge jugaban de locales y fueron quienes acompañaron a Hugo esas seis o siete cuadras que los separaban de la avenida Monteverde. Pasaron la sifonería, cruzaron baldíos, los ladridos de los perros. Con las luces de la avenida cerca, Hugo le pidió a Eva que intentara ser un poco más “contemporizadora” con un compañero de Quilmes, un contacto que atendían desde hacía tiempo atrás. Eran las recomendaciones clásicas de Hugo, marcando siempre esos detalles que no parecían decisivos en un primer momento, y recién cobraban importancia con el tiempo.

Cruzaron al trote la avenida y llegaron a la parada acompañados por un silencio perfecto. La brisa fresca de octubre se hacía sentir a orillas de la Monteverde. Ahí esperaron. Un rato después, una luz, la Costera. Hugo rompió el silencio apenas para saludar: “Hasta luego, compañeros”, dijo. Esa fue la última vez que lo vieron.

Después, la Costera avanzó presurosa por la Monteverde, hasta perderse en el negro de la noche.

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