San Julián: a 102 años de la rebelión de las putas

Por Emilio Mendoza

Recostado sobre las frías aguas del Atlántico patagónico, se levanta San Julián, un pueblo de casas pequeñas e historias enormes. Entre la Bahía y la ruta 3 se esconde una antigua casa, que entre sus agrietadas y grises paredes deja ver una de las historias de lucha más fascinante y a la vez silenciada de nuestro pasado reciente.  Hace 102 años en esa misma casa funcionaba el prostíbulo “La Catalana”. Hasta acá llegó, un 17 de febrero de 1922, un grupo de soldados, dispuestos a recibir una condecoración sexual por haber cumplido con éxito con el fusilamiento de los trabajadores de la Patagonia Rebelde. Los rostros no disimulaban la excitación de la tropa, como el uniforme tampoco podía ocultar la sangre de los caídos. 
Formaron fila por orden del suboficial que los conducía y recibieron precisas instrucciones de como tener relaciones sexuales sin contraer enfermedades. Mientras se frotaban las manos, sucias de dolor ajeno, la puerta del burdel rechinó al abrirse, los soldados sacaron sus ojos del suboficial para clavarlos en la mujer que aparecía entre los muros. Pero para su desilusión quien allí asomó fue Paulina Rovira, dueña de la “casa de tolerancia La Catalana” que en su garganta llevaba la palabra de las cinco prostitutas del lugar.
Paulina se acercó al Suboficial y le transmitió que las mujeres no iban a acostarse con sus soldados. La decision tomada por Consuelo García, Ángela Fortunato, Amalia Rodríguez, María Juliache y Maud Foster había dejado perpleja a la tropa, que sin meditarlo ni esperar órdenes, intentaron ingresar por la fuerza al prostíbulo, pero empuñando escobas y palos y al grito de “con asesinos no nos acostamos”, estas mujeres lograron hacer retroceder a los soldados. 
Ellas y el cuerpo militar sabían que tremenda afrenta les costaría la vida. Pero también ambas partes sabían que fusilar a estas mujeres, provocaría la visibilización del hecho.
El temor a la divulgación, de la humillación y derrota sufrida frente a estas cinco mujeres, era mayor que el que conllevaba cargar en sus manos la sangre de más de 1500 trabajadores.
Esta vacilación les permitió a las heroínas salvar sus vidas y a los asesinos salvar su honor. Las putas de San Julián debieron abandonar el pueblo, solo Maud Foster logró volver muchos años después. Osvaldo Bayer, logró con su pluma sacar del destierro histórico este acto de heroicidad. 
Las Putas de San Julián, las únicas voces capaces de gritar en medio del horror, las calladas por la historia oficial, son las mismas que cada 17 de febrero rompen la monotonía del aturdidor viento sureño para gritar una vez más “con asesinos no nos acostamos”.

@generosydeiveridadesuasj @ammar.sindicat @comision.putas.de.san.julian 

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