Ser personas un rato

 En Argentina, uno de cada 10 jóvenes entre 5 y 15 años trabaja, según INDEC. Y en los últimos meses, muchos más niños, niñas y adolescentes empezaron a trabajar como consecuencia de la pandemia, afectados por la disminución de los ingresos familiares. Un estudio de la OIT y UNICEF arrojó que 7 de cada 10 chicos habitan en hogares cuyos miembros perdieron el empleo o vieron reducidas sus horas de trabajo.

Por Cecilia Solá

***

-¡No, no, de ninguna manera, acá no!
Giré un poco la cabeza, sorprendida por la dureza de la voz juvenil, esa mañana fría y soleada en la vereda del barcito donde me había sentado, seducida por el lapacho florecido que se derramaba desvergonzadamente, y el olor a café.
Estaba casi segura de que iba a ver al cachorro flaco, lanudo y atrevido que ya me había identificado como “callejeros friendly” cuando me senté, y me rondaba, más ansioso que yo por el tostado que había pedido, y que ambos sabíamos que iba a compartir con él.
Pero en vez del cachorro me encontré con el pibe. Igual de chiquito, igual de flaco, igual de desconfiado, pero con menos posibilidades de conseguir algo, ya que al perro le das un pedazo de sándwich, pero al nene lo espantás con un seco “no tengo”, porque te puede robar, te puede hacer algo, por ejemplo recordarte la mierda de mundo que ayudás a construir.
-¡Ya te dije que no vengas más por acá!
La que hablaba era la misma jovencita que minutos antes me había tomado el pedido con una sonrisa encantadora y me había comentado lo lindo que se estaba al sol. Solo que no quedaba ni un rastro de encanto ni de sol mañanero en su voz.
-Es mi invitado, está conmigo- me escuché decir de un tirón, al mismo tiempo que corría la silla, haciéndole el lugar que debía convertirlo automáticamente de indeseable a respetable, cliente, persona.
Le leí en los ojos las ganas de decir algo más a la señorita, y ella debió leer en los míos el desafío, por lo que optó por dar media vuelta y entrar al bar, dejándonos todo el sol y el lapacho para nosotros dos y el callejero que nos miraba semi escondido desde la esquina.
-¿Cómo te llamás?-pregunté con esa voz insoportable de señora mayor que quiere caerle bien a los chicos.
-Antonio Exequiel, con x- me dijo.
Y agregó, como para que no quedaran dudas
-Porque nací el 8 de enero, el día del Gauchito Gil.
-¿Y qué te gustaría tomar, Antonio Exequiel? ¿Un café con leche, una chocolatada? Yo te invito, así que lo que vos quieras
-Una Coca- respondió sin dudar, y mi espíritu de madre-educadora-alimentadora compulsiva se rebeló.
-¿Una Coca? Pero mirá que hace frío, un café con leche es más alimenticio.
-Pero la Coca es más rica- respondió con la lógica irrebatible de los niños y los genios.
Así que una Coca fue. Y otro tostado que la señorita nos sirvió muy seria, olvidada ya de la amabilidad y el sol que nos calentaba los huesos.
Charlamos poco. Apenas lo suficiente para saber que tenía diez años y seis hermanos. Que no salía a pedir, sino a vender tarjetas y que le gustaba jugar al fútbol y mirar tele, especialmente películas de autos. Y que le gustaban los perros. El callejero debió entender, porque se acercó en cuanto llegaron los tostados y recibió su justa porción antes de echarse a dormitar bajo nuestra mesa.
Por un ratito fuimos solo nosotros tres comiendo y holgazaneando al sol.
Antonio Exequiel y yo nos despedimos. Me dijo que tenía que ir a una oficina donde siempre le compraban las tarjetitas porque eran re capos los que trabajaban ahí y me regaló una tarjetita que eligió él, con un osito con la camiseta de River. Yo le compré dos que también eligió él.
La señorita me trajo la cuenta y ensayó una explicación sobre que a veces los chicos esos eran peligrosos, que te arrebataron la cartera o el celular de arriba de la mesa, que el encargado no los quiere porque espantan a los clientes…
-Claro, me imagino- murmuré, pero no le dije que lo que espanta a los clientes no es el miedo a que les roben, sino el rechazo a ver que hay una realidad más allá del café calentito, el tostado, la comodidad de los pies abrigados y la bufanda a juego con el abrigo.
Ya sé que un sándwich y una coca no le cambian la vida a Antonio.
Ya sé que dentro de un rato va a tener hambre de nuevo y que cuando este sol maravilloso se oculte, va a tener frío, porque su buzo era finito. Ya sé todo eso, no me hago ilusiones, no se trataba de solucionar nada. Solo de ser personas un rato.

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