Walsh, ese nombre que quieren borrar

Una esquina, una estación, un cartel. Una voz que retumba en las paredes subterráneas y se multiplica en el eco de 30 mil gritos. De Retiro a Plaza de los Virreyes se exclama un nombre, un aullido intempestuoso que interpela hasta los huesos. Al otro lado de la barricada se escucha: “Elimínese la denominación ‘Rodolfo Walsh’ de la estación de la línea E”. Esas son las primeras palabras de un proyecto presentado este lunes en la Legislatura porteña.

Por Juan Palavecino

La Libertad Avanza, dice llamarse el bloque que impulsa esta medida. La firmante es Rebeca Fleitas, integrante del espacio que encabeza Ramiro Marra en la Ciudad y Javier Milei en el Congreso de la Nación. El pasado 24 de marzo, este mismo grupo, junto con Republicanos Unidos, votó en contra de las declaraciones conmemorativas que se realizaron a 46 años del golpe cívico militar.
Consecuentes a su posición, los autodenominados “libertarios” plantean eliminar el nombre del periodista, escritor y militante de la estación de subte ubicada en la esquina donde fue secuestrado y posteriormente desaparecido el 25 de marzo de 1977, momentos después de que lograra dejar como legado histórico e invaluable su Carta abierta a la Junta Militar.
En su proyecto de ley, Fleitas plantea lo “innecesario” y “dificultoso” de mantener dos denominaciones para una misma estación, en este caso, Entre Ríos-Rodolfo Walsh. Probablemente, para el negacionismo sea una tarea muy complicada y sobre todo prescindible la de nombrar y recordar a las víctimas del terrorismo de Estado y el genocidio organizado.
Además, en su intento de argumentación, menciona que la consigna Memoria, Verdad y Justicia no ha contribuido a esclarecer la historia, sino que ha facilitado “su falseamiento, distorsión y ocultamiento”. Y agrega: “mientras que la historia puede ser estudiada con fuentes serias […], la memoria es antojadiza, parcial y vagarosa”. Una vez más, en el ánimo de encontrar parcialidad, se cuela entre las palabras el intento de justificar el accionar de la dictadura, una reversión de la teoría de los dos demonios.

Estas formas de relativización no sorprenden, son las nuevas vestiduras que encuentran los mismos discursos negacionistas que cuestionan la cifra de 30 mil detenidxs desaparecidxs. Son las maniobras de aquellos que se ponen la remera de la libertad, el disfraz de halcones, los que gritan efusivamente a su tribuna, pero por lo bajo se retuercen y salen al ataque cuando es el pueblo el que avanza.
Esa misma característica reaccionaria es la que la semana pasada llevó a un grupo de Jóvenes Republicanos, agrupamiento de derecha vinculado a una parte del PRO, a vandalizar el cartel de la estación que lleva el nombre de Walsh, mientras decenas de miles de personas abrazaban la Plaza de Mayo, al grito de Memoria, Verdad y Justicia, conmemorando y reivindicando la lucha de 30 mil compañerxs.
La vandalización fue enérgicamente condenada por amplios sectores de la política y las organizaciones sociales. Además, Alejandrina Barry, legisladora porteña por el PTS en el Frente de Izquierda Unidad e hija de desaparecidxs, presentó un proyecto de repudio frente a este accionar. Por su parte, Gabriela Cerruti, portavoz de la Presidencia de la Nación, también se manifestó en contra de los actos de estos “grupos totalitarios”. En marzo de 2013 fue ella, por entonces legisladora de la Ciudad, quien impulsó la ley para que el nombre del periodista figure en la estación de la línea E.
Como un acto de reconocimiento involuntario, la legisladora Fleitas cierra su proyecto de ley listando más de quince lugares, monumentos y menciones que llevan la insignia de Rodolfo Walsh, para intentar dar por cumplida y satisfecha su presencia en la vía pública y pedir, una vez más, la eliminación de su nombre de la esquina donde, tal vez, su lucha por los Derechos Humanos haya dado los últimos latidos.
Lo que probablemente los negacionistas no sepan es que el nombre de Rodolfo Walsh vive en la consigna de no olvidar, no perdonar y no reconciliarse. Lo que no saben es que Neurus, Esteban, El Capitán, por fin pueden volver a ser Walsh en las partículas de nuestras voces. Porque, como dijo Nora Cortiñas, en una Plaza de Mayo colmada, lxs desaparecidxs ya no son solo de las Madres y las Abuelas, son de todo un pueblo. Un pueblo que lxs nombra, que lxs evoca, que lxs reclama.
Rodolfo Walsh, una y otra vez, y miles de veces. Rodolfo Walsh floreciendo en todas las estaciones. Rodolfo Walsh emergiendo de un grito subterráneo. Rodolfo Walsh, un cuerpo sin tumba, un nombre que no muere, un fusilado que vive. “Nosotros morimos perseguidos, en la oscuridad”, le escribió a su hija Vicki al enterarse de su muerte. A esa oscuridad le dijimos Nunca Más, y por eso lxs nombramos, en todas las plazas, en todos los barrios, en todas las escuelas, en todas las batallas. Por eso, el violento oficio de escribir lleva su nombre: Rodolfo Walsh, presente.

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