Bajo el médano

Desde lejos no se ve nada más que un médano. Arena sobre arena sobre arena. Un montículo que se eleva de la línea recta y compite con el horizonte. Desde lejos no se ve nada más que eso: arena acumulada por el viento de la costa en un otoño que parece invierno. Sería imposible imaginar, siquiera, que entre tanta arena hay una mano, un brazo, un cuerpo. Una mujer que se confunde con la ondulación del terreno. El pelo castaño, una mancha en la arena seca.

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 —¿Los fierros?
—En uno de los cajones, en el depósito.
—¿A qué hora lo hacemos?
—Hay que esperar que se calmen un poco las cosas.
—Pero de esta noche no pasa…
—Andá, quédate un poco con Elba, que está hecha mierda.

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El velador destiñe la oscuridad. María del Rosario se acuesta sin hacer demasiado ruido. Su marido ya está dormido. También Esther, en la planta baja de la casa; cayó fundida después de haber limpiado a fondo la cocina. María del Rosario clava la mirada en el cielorraso. Las cosas en la universidad van de mal en peor. Por momentos se arrepiente de haberse hecho cargo de semejante quilombo. Monseñor se lo agradece todos los días: Gracias, Rosario, por tanto esfuerzo, dice, pero ella ya no sabe si tiene sentido. El pelo castaño desborda la almohada. Apaga la luz. Los ojos abiertos la mantienen atenta y eso le permite escuchar las frenadas. Más de una. Su marido va a decir después que había quince hombres, todos armados: metralletas, pistolas, ithacas.
Uno de ellos, alto, con un bigote demasiado poblado, tanto que parece postizo, golpea la puerta. No la patea ni la rompe de un culatazo, golpea como si fuera una visita un tanto distraída, desubicada, capaz de llegar a las dos y media de la mañana.

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—Quiero la cabeza de todos acá.
La voz de Elba se distancia del sollozo de viuda y da la orden del escarmiento. Las coronas están apenas marchitas. El olor a café se mezcla con el ácido de las flores y el murmullo de los deudos. La mortaja blanca cubre el cuerpo acribillado. El maquillaje esconde apenas la herida que Eduardo Galante tiene en la frente. Escoriaciones que se hizo en la caída, le dijo uno de los médicos en el hospital mientras intentaba explicar que se había hecho todo lo posible, pero que las balas habían perforado la chapa del auto y una de ellas se había alojado en el pulmón. No pudimos hacer nada, repetía el médico como un mantra que buscaba disculparlo ante la presencia de tanto hombre de traje que acompañaba a la viuda.
Elba se acomoda el vestido negro mientras les habla. La piel demasiado pálida a pesar de la luz que tiñe todo de un manto ambarino demasiado cálido. A ella no le importa cómo van a hacerlo. Lo que pide, implora, exige es que los hombres que le fueron fieles a su marido desde los comienzos se hagan cargo. Que el apellido de sus hijos no quede mancillado. Menos a manos de esa banda de hijos de puta.
Los hombres la miran. Las palabras de Elba les duelen. Nunca la escucharon decir una mala palabra. Eso les da todavía más bronca. Las balas del enemigo se llevaron al jefe, al mejor de ellos, pero no se contentan con eso; las balas del enemigo quieren arrasar con todo lo que ellos son.

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Es Esther la que abre la puerta. María del Rosario sigue acostada. Su marido le pregunta qué está pasando abajo mientras sale de la cama y se acerca a la ventana. Apenas puede ver a través de la persiana mal cerrada el resplandor de algunos faros. Cree distinguir un Dodge celeste, un Torino gris. O así lo ve él desde lo alto, en plena noche, cuando los colores y las formas parecen confundirse. María del Rosario le pide que haga silencio, quiere escuchar lo que dicen las voces que suben en un murmullo. Pero lo que escucha es el crujir de los escalones de madera. Su marido abre la puerta del cuarto. Un hombre. Una metralleta. Las manos en la nuca. De boca al suelo.
–¿Usted es la licenciada?

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 Gabriel mira al Manco: la pistola se le nota en la cintura. La mano ausente es la muestra de su trayectoria. Una especie de cucarda que lo pone un escalón por encima de los otros. La jineta que le posibilita dirigir un operativo tan relevante. Gabriel lo mira tomar café, peinarse hacia atrás, charlar con los otros. Espera que le dedique una mirada. Necesita llevarlo aparte, preguntarle cómo van a ser las cosas. Si él puede ir en el grupo. Siente que para reemplazar a Eduardo tiene que vengarlo. Se ve con el fierro en la mano tirando sin dudar a quién sea. Pero no. Los planes del Manco son otros. La cosa viene cada vez más dura y no quiere jugar todas las fichas en una movida. Es importante marcarles la cancha a los zurdos, pero a él le preocupa más el quilombo en la universidad. La mina que pusieron al frente de todo.
—Lo de esta noche lo hacemos nosotros, para ustedes queda la gorda chota esa.
—¿Cuándo?
–Van a tener que esperar unos meses.

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María del Rosario sale de la cama. Las manos en alto. La voz atragantada. Le pide al hombre que la apunta que deje a su marido. Que es a ella a quien buscan. El camisón le cae aplomado. Los pies descalzos en la alfombra. Su marido en el piso pide explicaciones. El hombre responde con silencio y le marca a María del Rosario el camino para que lo acompañe.
—Quisiera vestirme –pide ella y él le dice que no hace falta, que se abrigue nomás. Que enseguida vuelve.
María del Rosario baja las escaleras. Alcanzó a ponerse unos suecos. Esther la mira sentada en una silla. Otro de los hombres la custodia.
 —¿Le aviso a Monseñor? –pregunta y recibe la respuesta antes de que María del Rosario alcance a decir nada: un culatazo en la nuca deja a Esther inconsciente. María del Rosario les pide clemencia. El hombre que la lleva a punta de pistola ordena cargar el cuerpo desmayado de Esther. Los otros actúan. María del Rosario alcanza a ver al que parece el jefe: sacón de cuero, bigote poblado, la barba prolija, el pelo engominado hacia atrás. A pesar de los nervios lo reconoce. Sabe que no son policías.

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 La tapa de madera lustrada cubre el cuerpo de Eduardo Galante. Elba y sus dos hijos a un costado. El cura agita el hisopo de plata y derrama una lluvia fina de agua bendita. Algunos levantan los dedos en V. Otros se cruzan de brazos y esperan con la mirada en el piso que termine el responso. Apenas después del amén, Gabriel se acerca a la viuda. Él es el nuevo jefe. Él tiene que despedir a su mentor. Tiene que hablarles a los suyos. También a los que llegaron de La Plata al mando del Manco. Decirles que lo que pasó con Eduardo no puede quedar así, que esos hijos de puta que se hacen llamar peronistas tienen que ser exterminados. Y que ya es hora de hacer tronar el escarmiento.
—Por cada uno de nosotros van a caer cinco de ellos –dice Gabriel y Elba asiente en silencio y llora.

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 María del Rosario está de rodillas. Los ojos cerrados. Escucha las risas de dos de sus captores. Las voces que la rodean le son familiares. Alguna vez en la facultad, seguro, los tuvo cara a cara. Sí. Son ellos. Los conoce y por eso sabe que ya no queda más tiempo. Entonces reza.
—Padre nuestro, que estás en los cielos…
—¡Callate la boca, hija de puta!
El que grita es el Gomero, uno de los más duros de la organización. María del Rosario siente el aliento a vino. La saliva que le golpea la cara. Se acomoda el pelo. No para de rezar en un susurro que se corta con el sonido de la corredera de una pistola.
—Perdónalos, Señor, no saben lo que hacen –dice María del Rosario y ya no siente nada más.

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El féretro baja a la tierra abierta a punta de pala. El llanto de los deudos acompaña el descenso lento. La cruz de plata labrada carga un Cristo desproporcionado. Gabriel y los suyos saludan a Elba. Algunos llevan brazaletes negros. Las tres letras que los identifican en blanco. Los autos salen del cementerio. Cruzan la ciudad. Disparan al aire. Los diarios hablan de los muertos. Son cinco, como prometía el General. Hay páginas enteras contándolo todo. Como las habrá meses después para hablar del secuestro de María del Rosario Marsi.

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Desde lejos no se ve nada más que un médano. Arena sobre arena sobre arena. Un montículo que se eleva de la línea recta que compite con el horizonte. Desde lejos no se ve nada más. Arena acumulada por el viento. El pelo castaño como una mancha en la arena seca.

Este cuento pertenece a Ojos al ras, un libro de cuentos publicado por Alto Pogo. Juan Carrá es periodista y escritor. Publicó las novelas No permitas que mi sangre se derrame, Lloran mientras mueren; Lima, un sábado más; Criminis Causa y Ojos al ras. Además, es docente de la carrera de Periodismo en TEA y de la carrera Artes de la Escritura en la Universidad Nacional de las Artes. Recientemente publicó su último libro: Agazapado.

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