Better call Saul: ¿ A quiénes premian en los Emmy?

Por Sofía Guadarrama Collado

En 6 años, Better Call Saul recibió 46 nominaciones a los Emmy y 0 premios.
Anoche el premio al mejor actor fue para Lee Jung-jae, actor de El juego del Calamar y no Bob Odenkirk. Como mejor actriz para Julia Garner en Ozark y no Rhae Seehorn. Y Ted Lasso como mejor serie.
El mensaje es muy claro: los dueños de los Emmy no quieren arte en la televisión ni series complejas. Quieren acción, escándalo, amarillismo, lo fácil, barato y populachero.
Better call Saul es la mejor serie de todos los tiempos.
Sólo Vince Gilligan y Peter Gould pudieron superar a Vince Gilligan y a Peter Gould al crear Better Call Saul después del éxito que tuvo Breaking bad; y muy probablemente, sólo ellos podrán superarse a sí mismos, dentro de algunos años.
Better call Saul rebasó por mucho la calidad, el arte y la maestría con la que se produjo Breaking bad. Lo hicieron sin prisas, sin salidas fáciles ni apresuradas. Jamás tomaron la vía corta. Por el contrario. Se arriesgaron en todo momento. Hicieron lo que nadie en la televisión de cualquier país había hecho: arte.
Construyeron un imperio con un ladrillo, es decir una nueva serie, completamente independiente, partiendo de una escena de Breaking bad en la que Walter White y Jesse Pinkman secuestran a Saul Goodman una noche, lo llevan al desierto y él grita aterrado, implorando por su vida: “No fui yo; fue Nacho. ¿No los mando Lalo?”
¿Quiénes eran Nacho y Lalo? Ni Vince Gilligan ni Peter Gould lo sabían cuando escribieron el guion para la segunda temporada de Breaking bad. Sólo era un diálogo de relleno.

Cualquier guionista y productor flojo habría abordado el tema de Lalo desde la primera temporada de Better Call Saul y habría escrito decenas de capítulos tipo La ley y el orden, The good wife, Suits o How to get away with murder, con conflictos nuevos en cada capítulo y personajes maniqueos: buenos muy buenos y malos muy malos. Y soluciones inmediatas. Fin del capítulo… El que sigue…
Pero Vince Gilligan y Peter Gould no son cualquier productor. Vince Gilligan es Vince Gilligan. Y Peter Gould es Peter Gould. Nos llevaron a las entrañas del universo de Saul Godman y nos presentaron a James Morgan “Jimmy” McGill, un personaje completamente nuevo que no conocíamos y nos adentraron aún más en su universo al presentarnos a su hermano Chuck McGill, Howard Hamlin y Kim Wexler, arriesgándolo todo, al dejar a su audiencia en una orfandad. Pero no del todo, nos devolvieron al emblemático Mike Ehrmantraut.
Aún así, pudieron haber tomado el camino corto y llegar a Lalo Salamanca desde la primera temporada y adentrarnos en el universo de Gustavo “Gus” Fring y de ahí pal real. O pero aún, pudieron haber explotado la imagen de Walter White con cameos recurrentes de Bryan Cranston para mantener a la audiencia. Lo cual habría sido agradable pero un recurso barato y muy chafa.
Pero no. Nos mostraron Chuck McGill y a Howard Hamlin y nos hicieron amarlos y odiarlos a veces. Y a Kim Wexler, bueno, a ella ¿quién no la ama? Ella misma vivió su breaking bad y luego se arrepintió y retomó el rumbo de su vida.


La perfección de Better call Saul radica en la escritura de sus guiones, la inteligencia de los diálogos, la audacia del arco dramático de cada uno de los personajes, el suspenso sutil, los cliffhangers, la creación de las escenas, la fotografía, la iluminación, el vestuario, la elección de los colores para cada protagonista (no sólo su vestuario, sino todo su entorno), las tomas en blanco y negro, las locaciones, los actores, las actrices, la dirección, la postproducción, la edición de video, la tranquilidad con la que se produjo y lo más importante: que nunca fue predecible.


Los capítulos de Better call Saul siempre fueron innovadores e impredecibles. Siempre asombraron al público con capítulos a veces incomprensibles. ¿Qué está ocurriendo? ¿Por qué no estoy viendo lo que creí que iba a suceder? Es que es Better call Saul, la gran obra maestra de la televisión.

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