Bitácora de un grito de Zuleika

“Si la justicia es machista, que sea feminista la memoria”, escribe Zuleika Esnal y en ese axioma traza las coordenadas para interpretar los relatos que conforman este libro. Bitácora de un grito reúne historias de mujeres atravesadas por la violencia que la actriz y escritora escuchó, acompañó y registró durante estos años de grandes transformaciones. Les compartimos un adelanto de sus historias:

Somos pañuelos
Nacimos en un país de mujeres en la calle.
Venimos de Madres.
De Abuelas.
De pañuelos blancos aunque el nuestro es verde.
Ayer nomás, en la Argentina, era inconcebible que una mujer tuviera derecho a votar.
Cualquiera puede acceder a la filmación donde un legislador se pregunta “para qué otorgar igualdad política a seres que no lo son”. Agregaba, imperturbable, que el cerebro de la mujer pesa menos que el del hombre.
El 9 de septiembre de 1947, miles y miles de mujeres se reunieron en las inmediaciones del Congreso para exigir la aprobación de la Ley de sufragio femenino.
No fue quedándose en casa.
Fue en la calle.
Siempre es en la calle.
Más de setenta años después, ese mismo Congreso fue testigo de las barbaridades expuestas sobre las mujeres respecto a la Ley del aborto.
“Hay casos en los que la violación no tiene violencia sobre la mujer”.
“Legalizarlo es admitir lisa y llanamente el fracaso del Estado”. El Estado fracasa y falla a todas las mujeres cuando permite que sigamos muriendo en la más absoluta clandestinidad.
“No es empoderar a la mujer permitirle el aborto si no brindarle educación”, dicen mientras se niegan a la ESI.
Educación selectiva.
Un legislador votó en contra diciendo que le hubiera gustado poder escuchar la opinión de la gente. Dos millones de mujeres en la calle no fuimos suficiente opinión, parece.
Otra senadora dijo que “no tuvo tiempo de leer el proyecto. Era muy largo”.
Y legisla sobre mi cuerpo.
Decide sobre mi salud y mi futuro.
En 1947 nos acusaban de tener un cerebro pequeño e incapacidad para votar “al estar dotadas de sentimientos en exceso que pueden influenciar su accionar y decisiones”.
En 2018 nos compararon con marsupiales y perritas.
En 2020 somos las mismas de 1947.
Frente al mismo Congreso.
En la misma calle.
Con esos mismos “sentimientos en exceso” y no nos vamos a retirar.
No tengo las cifras exactas ahora mismo pero me pregunto:
¿Cuántas muertas más desde aquel 8 de agosto? Cuántas que no sabremos nunca, porque no figuran nunca en ningún lado.
Las de siempre.
Las pobres, las villeras, las que pagan con su vida los platos rotos de un Estado roto.
Aquellas a quienes, sin brindarle educación, les exigimos que la tengan, que sepan cuidarse.
O morite desangrada puta, bien que te gustó coger.
Y si me gustó coger ¿cuál es el problema?
¿Se evaporan mis derechos por gozar?
¿Tengo que renunciar a la potestad sobre mí misma?
HÁGANSE CARGO.
Lo que verdaderamente indigna somos las mujeres decidiendo.Viviendo nuestra sexualidad.
Exigiendo derechos.
Yo, que me los sé de memoria uno por uno, tengo la obligación de despertar a las que no.
De abrazarlas.
De salir en su memoria cuando no están para hacerlo, porque de eso se trata el feminismo.
Ni odio ni bronca: justicia social.
El Estado tiene la obligación de responder a las mujeres.
Y las mujeres lo sabemos, como lo saben las niñas.
Y las que no nacieron todavía, pues nacerán sabiéndolo.
Ese es el verdadero peligro para este mundo patriarcal: las mujeres cuestionándolo todo, barriendo con siglos de opresión.
Negándonos rotundamente a este adoctrinamiento al que pretenden someternos.
NO SEÑORES.
No llegamos hasta acá para quedarnos en el molde, vinimos a romperlo.
Decidir, es libertad.
No se negocia. No se pide por favor.
Se exige y se defiende. Como cualquier otro derecho.
Hoy es revolución.
Mañana será ley.

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