Buen viaje / Juan Solá

Querido Sur,
te escribo y al mismo tiempo, doy una vuelta por el nido y armo la mochila para el nuevo viaje. Destino: Uruguay. De este lado del mundo, la proximidad con el fin de año siempre se ha vivido con un poco de locura y esta vez no hay excepción, pero de un tiempo a esta parte he decidido no subirme más a la vorágine festiva que pareciera devorarlo todo con una naturalidad espeluznante. Siempre se dice que las fiestas se tratan sobre el consumo, pero nadie menciona cómo en ese diálogo de compraventa lo único que acaba consumido es el espíritu humano.
Los mosquitos zumban sus danzas entre mis tobillos, festejando la sangre que me arrancan. Pienso en la necesidad de una pausa mientras acomodo primorosamente las remeras y los pantalones para que todo quepa en la mochila diminuta que me acompañó a tantos sitios. De tanta repetición, la acción se ha vuelto mecánica.
Diciembre se deshace cenital sobre la siesta chaqueña. Por falta de laicidad, el feriado se apropia de la ciudad y me descubre solo en una calle caliente y vacía. Aquí el colectivo no viene nunca, pero hoy viene menos que nunca.
Selva Almada me habla de varones nostálgicos y marrones como el río desde las páginas de su libro. Enero Rey se espanta los mosquitos sin herirlos, como dicen que hacía Juan L. Ortiz. Me rasco los tobillos con furia, me echo veneno entre los dedos, me pregunto si será que antes el cuero me aguantaba más o si los mosquitos se han vuelto más bruscos, como si quisieran devolvernos un poco de la crueldad que nosotros ofrecemos a todos los animales. Añoro una vida en la periferia verde del mundo y me pregunto si podré hacer como ese otro Juan y aprender a convivir con los bichos. Pero hay algunas respuestas que sólo pueden pescarse de la vastedad oceánica que nos habita.
Hace unos días, Roberto vino a casa y trajo unos cucumelos que la madre le había juntado allá en el campo. Yo le expliqué a Roberto, le dije que ya había comido honguitos dos veces y que en ambas oportunidades la pasé pésimo. La primera, por pensar que no habían hecho efecto y bajarme una birra. La segunda, por comerlos con la panza llena. La tercera es la vencida, me animó Roberto. Me puso la dosis en la mano, me sonrió y me deseó buen viaje.
Los efectos comenzaron treinta minutos más tarde. Al principio, un hormigueo en las manos y una sensación de bienestar inexplicable, como cuando uno anda nervioso y le dicen que respire y respira, y con el aire saliendo de los pulmones hasta el mundo parece desinflarse como un sillón mullido que se acomoda a la forma exacta de la carne. Inmediatamente supe que ésta no sería como las otras veces.
Los límites de la percepción siempre me sedujeron y aunque no pretenda exponer aquí detalles de los motivos de mi búsqueda, entiendo que todo este asunto que me conmueve es consecuencia de una suerte de amalgama entre el misticismo regional, el catecismo forzoso y una imaginación-refugio; una cruza entre la obra de Huxley, las reflexiones de Terence McKenna y la certeza absoluta de que el mundo es más grande por dentro que por fuera, y entonces pienso que solamente una puerta podría afirmar semejante cosa, y es como si yo también fuera una puerta y mi tórax fuera un hueco a través del cual dialogan el adentro y el afuera.
El Hongo me agarra de la cara (siento sus “dedos”) y me muestra los árboles del patio y es como si los viera por primera vez. Todo está más vivo que nunca. El Hongo me dice: esto también late. Gimo con el sonido de mis propias bisagras, me aferro a mis umbrales.
El tiempo se ablanda, se dilata, deja de andar y empieza a deslizarse como caracoles de jardín entre todas las cosas. Los objetos que se mueven dejan tras de sí una estela, una vaporosidad de bordes firmes. Es en esa firmeza efímera que confirmo que allí donde ahora no hay nada, antes hubo un objeto concreto, tangible, que como un recuerdo se apropia de un punto preciso en el tejido del espacio-tiempo. Cada fragmento de la estela que demora unos instantes en desvanecerse es una letra en un casillero de crucigrama que al mismo tiempo permite formar las palabras ausencia y permanencia. Comprendo que fantasmas son rastros de lo que alguna vez fue cierto.
Trato de soltarme gentilmente y con igual gentileza el hongo vuelve a tomarme. Me muestra un dibujo y me pide ejecutarlo. Me lo dicta.
Intento hablar, compartir mi experiencia. Miro a Roberto y sus contornos son tan nítidos como Orión en el campo. Los trazos de su humanidad me resultan muchos más verdaderos que nunca. A sus espaldas, el patio sigue latiendo como un corazón enorme y el verde se parte en un millón de caleidoscópicos verdes. Otro intento de fuga: agarro el tabaco, lo abro y hundo los dedos para sacar algunas hebras. Mientras revuelvo, miro adentro del paquete. Pienso que parece mierda. El Hongo me habla sin voz. ¿Qué buscás en la mugre?, me pregunta.
La certeza de que el Hongo es más grande que yo no desapareció con la psicodelia. A decir verdad, no creo que desaparezca ya. Horas después, mientras lo que soy volvía a ajustarse a los filos del mundo, la noción de haber sido instrumento de una conciencia que me excedía se volvía cada vez más concreta. Más parecida a una corazonada que a una impresión. El rastro de esa verdad resultó tan firme como el residuo visual de los objetos bajo los efectos de la psilocibina metabolizada. El mundo se ha desdoblado frente a mí y yo ya no puedo volver a plegarme. Soy un trozo de papel destinado a ser una pieza de origami, pero Roberto abrió una ventana y el viento se apoderó de mí y ahora veo la ciudad desde las nubes.
Entiendo que aunque el viaje haya durado apenas un puñado de horas, el paisaje será eterno. Mientras los colores se ecualizan con la serenidad violácea de la noche y las estelas de los objetos van apagándose, Roberto me habla de los efectos positivos del Hongo para tratar la depresión y las adicciones. Pienso en las mías. Esa noche duermo con la sensación de que he vuelto a un mundo diferente. No me asusto, pero comprendo el costado aterrador de todo este asunto. Me levanto temprano, me sirvo un vaso de agua y bebo largamente. De reojo, veo el dibujo que hice la noche anterior. La sobriedad cotidiana del día pareciera haberlo opacado. Tomo el cuaderno entre mis manos y lo acerco al rostro y junto al dibujo, leo lo que escribí de puño y letra: “él habla”. Desde esa mañana, el tabaco me sabe diferente.

Buenas noches,
Juan

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