Contemplación de la tristeza

Querido Sur,
Durante la noche he escrito varios poemas. Poemas cortos, de esos que caben en una captura de pantalla. Converso con Franco, me detengo un momento y apunto: “Hay que hacerse cargo de la tristeza del mundo porque somos la tristeza del mundo.”
La imagen del codo de un hombre fornido sobre el cuello de una cría de cerdo se me viene a la mente. Sí que somos la tristeza del mundo, pero es que el mundo es tan inmenso que ahora me siento incapaz de comprender el tamaño de mi tristeza. Es algo en lo que nunca había pensado y ahora, motivo primero para todos estos poemas cortos. “Mi amor,”-escribo- “vengo del futuro: vos estás ahí, pero el río no.”
Aprendí con cierta torpeza a excluir a Franco de mis fantasmas personales, pero me resulta inevitable compartirle mis pequeños delirios. Franco no me debe nada, no merece la atenta escucha de mi miseria ni el aturdimiento de mi monólogo sin pausa, y sin embargo está ahí, sentado al otro lado de la mesa, y me oye con amor y algunas veces sonríe y otras veces simplemente se limita a bajar la cabeza y preguntarme por qué me gusta tanto revolcarme en mi propia miseria.
El fin de semana se me desparramó encima con una melancolía inesperada. Yo venía pisteando como un campeón, anotando ideas lúcidas para un prólogo en marcha y proyectando hasta el último rincón de la tapa de mi próximo libro, cuando de repente se me cayó sobre los hombros una tristeza inaudita, aunque vagamente familiar, como si se tratara de una pequeña pieza de alguna desolación superior.
Qué complicada es la tristeza, querido Sur, y sin embargo tan buen negocio que sobre ella han hecho canciones –¡qué digo canciones: discos enteros!- libros, piezas de teatro, animés, arquetipos, ambiciosos filmes y hasta muestras callejeras. La tristeza es el rincón de una casa colectiva que nadie limpia, el pacto de inmundicia de un mundo que le da la espalda a las explicaciones, el baldío donde tira la basura la gente del barrio. La tristeza es la cosa más colectiva que nos ha sucedido desde el dominio del fuego y aún así continuamos dándole la espalda, como si no hubieran sido en su gracia elucubradas algunas de las más notables piezas de arte, gran parte del mundo que conocemos y del refugio que escogemos cuando ese mundo conocido se torna hostil. Nos cuesta hacernos cargo de la tristeza, darle otro papel que no sea el de proveedora de poesía. Sentarnos a dialogar con ella, comprenderla antes que explotarla, leerla y no sólo arrebatarle fragmentos que acabarán convertidos en réplica inexacta, como una silla que todavía conserva las ramas del árbol.  
Te confieso que una vez más quise esquivar la tristeza. Quise hacer de cuenta que nada sucedía. O en todo caso, que lo que sucedía podría solucionarse con un poco de música y melancolía fílmica. Sería como arrancarse un agujero. Pero estoy tan harto de esta sensación hueca que aparece cada tanto, esta mueca nula del tiempo, gestualidad abandonada por las intenciones, carne desocupada, vacía, que esta vez decidí sentarme a contemplarla como quien contempla el vacío, con todo el tiempo que el fin de semana podía darme, que hay quienes dicen que no es mucho, pero cuán notable la forma en que sobre sí mismo se pliega el tiempo en presencia de la tristeza, que pareciera darle una corporalidad superior, una densidad inesperada.
He leído a mis amistades contar que están tristes, parece que no estoy sólo en esta. Maru escribió que “amor es tener un lugar en donde contar que estás triste” y me despabiló un poco. De momento no he avanzado demasiado en esto de comprender los mecanismos de mi melancolía, pero al menos conseguí comprender algo clave: es mucho más complicado entender la tristeza que escribir sobre ella. Al fin y al cabo, pienso, lo que se escribe siempre es un recorte útil. Para entender la tristeza me urge dejar de rehuirle, sentarme finalmente frente a ella y dejarla hablar. Si es cierto que somos la tristeza del mundo, entonces esa voz melancólica que me habla no será otra que la mía. A lo mejor estoy intentando pedirme ayuda y no sé cómo.

Buenas noches,
Juan.

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