¿Cuántos obrerxs vale un Coronel Falcón?

Liberación de Radowitzky de la prisión en 1930.

Sea por convicciones, ética o empatía, rara vez un atentado es celebrado, reivindicado y recordado con indisimulada aprobación como el que fue perpetrado contra el máximo verdugo del movimiento obrero un 14 de noviembre de 1909. No precisamos revelar al autor, ni por caso a la víctima. Algunas pistas despejan la ecuación de forma asombrosamente popular. Posiblemente, después de las figuras de Severino Di Giovanni o de los mártires Sacco y Vanzetti, el cuarto nombre que cualquier/a curiosx por el pasado podría arriesgar el correcto: Simón Radowitzky. El del verdugo caído, Coronel Ramón Lorenzo Falcón.

Por Carlos Álvarez

Sin embargo, quizá el problema no sea sólo político, sino semántico-jurídico. Cuando las fuerzas del “orden” asesinan, lo hacen en “cumplimiento de sus deberes”, o bajo la maniquea fórmula de “obediencia debida”, tan cara a la historia reciente del país. En cambio, cuando se produce un enroque y se lleva a cabo una acción reivindicativa y vengadora, es caratulada como atentado, homicidio, magnicidio y varias otras fórmulas del glosario judicial. Resulta excepcional en la historia argentina que se haya castigado y condenado acciones de violencia institucional sobre la población por parte del mismo Estado, más aún, en muchas oportunidades han sido condecoradas y protegidas. Es que en parte de eso de trata el “monopolio de la violencia”, y ya sabemos que nada positivo puede salir de un monopolio, cualquiera sea. Es ahí que la pregunta toma sentido, ¿qué vidas valen más? ¿cuántos obrerxs valen un Coronel Falcón?
En 1909, en el marco de un régimen conservador que se resquebrajaba al calor del cambio de época, tuvieron lugar dos eventos de singular impacto y vinculación. Eran años tensos en la política, los tironeos entre sectores más aperturistas del juego políticos y otros que veían en ello un salto al vacío, configuraron una transición que al menos tenía un consenso inmediato: llegar al Centenario de Mayo de 1810 como un bloque homogéneo y capaz de mostrarse al mundo como una potencia, una suerte de Estados Unidos sudamericano. Sin embargo, aquello no tenía nada de obvio o garantizado, puesto que había un combativo y enorme movimiento obrero que no estaba convencido con la mascarada que el país pretendía mostrarle al mundo, puesto que el país, mirado al ras del suelo y con ojos obreros, se parecía mucho más a la prisión de Montjuic que a la París que imaginaban las oligarquías locales.
Como sagrado ritual secular del mundo obrero internacional, el primero de mayo de 1909, como era costumbre de casi dos décadas en el país, lxs obrerxs se juntaban de a millares en los diversos puntos central de sus ciudades para conmemorar, recordar y reivindicar a los mártires de Chicago. Si bien nunca concitó mayores entusiasmos entre las elites aquella celebración, aquel año fue particularmente más evidente el rechazo. Sin entender muy bien por qué ni por dónde, lxs obrerxs porteños que inundaban la plaza Lorea comenzaron a escuchar y recibir disparos de los “cosacos” de la policía. La voz de mando era la de un conocido enemigo del pueblo trabajador, el Coronel Ramón Lorenzo Falcón, ex militar contemporáneo a Roca en tiempos de la lucha por la federalización de Buenos Aires.
El Coronel había accedido al cargo de Jefe de Policía en 1906, y desde entonces se transformó en la pesadilla del movimiento obrero. Reprimió cuanta manifestación hubo, desalojó y apaleó a lxs inquilinxs en huelga en 1907, incluido el asesinado de Miguelito Pepe, un pibe de 15 años. Promovió un proyecto que llevaba su nombre, que consistía en limitar el derecho de libre expresión y de imprenta, manifiestamente destinado hacia la prensa obrera. Con pies de plomo y gatillo fácil, se mostraba duro, impermeable y severo. Aquella conmemoración a los mártires sería tristemente elocuente, agrandando la lista con varios más que cayeron asesinados bajo las órdenes del Coronel. Aquella semana de combates y muertes fue rápidamente conocida como la Semana Roja.
Para lxs obrerxs de entonces era bastante evidente que el estado de derecho era una ficción poco creíble, después del todo, el estado de sitio, la intervención a los gremios, la prohibición de publicar y la destrucción de las imprentas ya no era tan excepcional. Sin embargo, en aquella trágica semana, un pibe flaco, esbelto, de origen ucraniano, que leía el diario ácrata La Protesta y que a través de él recibía avisos de correspondencias ya que no tenía buzón postal, sintió que lo de aquel primero de mayo había sido el colmo del abuso policial. Simón, que no era un hombre de armas tomar, entendió que aquellos crímenes no podían quedar impunes sin más, mientras el gobierno sólo pensaba en adornar La Rural para celebrar un fantoche Centenario.
Masticó bronca y amasó fuerzas para su osada tarea: vengar a lxs compañerxs caídos en manos del verdugo Ramón Falcón. Seis meses después de rumiar el plan, el 14 de noviembre de 1909, en el cruce de Callao y Quintana, Simón se acercó al carruaje que devolvía a Falcón y su asistente Lartigau desde el Cementerio de Recoleta al centro, tras despedir los restos de un policía fallecido. Sin dudarlo, arrojó una bomba casera sobre el carruaje, la cual se cargó con la vida del asistente de forma inmediata, mientras el bravo Coronel llegó a despedirse de algunos oficiales que, consternados y furiosos, veían al moribundo Jefe de Policía fallecer en las instalaciones de la Asistencia Pública. ¿Ironía o premeditación de matar a un verdugo en la calle que llevaba el nombre de un presidente que de milagro se había salvado de otro atentado cuatro años antes? No lo sabemos, lo cierto es que Simón vengó, y Falcón pagó.
El sesgo porteñocéntrico ha hecho de este hito vengador el primero del país, sin embargo, en octubre de 1906 los estibadores portuarios de Rosario habían matado a dos policías y herido al comisario en un conflicto que, según La Protesta, buscaba también vengar a los compañeros caídos en noviembre de 1904 en Rosario en manos de la represión policial. Sin embargo, aquello fue más accidental, lo de Simón, en cambio, fue planificado. Este muchacho, con apenas sombra de barba y dudosa mayoría de edad, pasó 21 años en prisión en Ushuaia, una de las más temidas cárceles del mundo.
Con entereza e inquebrantables convicciones sobrevivió al frío, al hambre de las medias raciones de comida y a las palizas y humillaciones policiales. Ni el mejor mago escapista hubiera logrado fugarse de aquel presidio, pero Simón lo hizo en 1918. El “Ángel de Ushuaia”, como le decían sus compañeros de celda al convicto número 155, fue capturado nuevamente, pasando otros 12 años allí hasta 1930. Poco antes del golpe de estado que destituiría a Yrigoyen, Simón logró salir por una amnistía del “peludo”, sin poder imaginarse que de haber permanecido allí quizá hubiera corrido la misma suerte que Severino Di Giovanni meses después, fusilado por ley marcial bajo el gobierno militar y su pena de muerte. Incansable como era, Simón se fue a luchar en la Guerra Civil Española.
Falcón creó escuela policial y sus pocas dignas hazañas fueron retomadas por otros. Su nombre cruza Buenos Aires de punta a punta en una calle que aún conserva estoica el nombre de un verdugo de la clase trabajadora. Simón, en cambio, vive en el recuerdo y la militancia de muchas generaciones que, a pesar de no apoyar la violencia de aquellos tiempos, encuentra en Radowitzky a un magnético ejemplo de convicciones y compromiso con la causa de lxs desposeídos, de lxs “hijxs del pueblo”.

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