Derecho a la identidad

Cuando existen derechos vulnerados nacen causas, luchas, compromisos y visiones que marcan un camino y que incluso pueden sorprender y agigantar su propia búsqueda. Esta causa, en la que estas líneas intentan abrazar, es una de las más importantes en la historia de los derechos humanos de nuestro país y del mundo. Es parte de la Memoria, que es pasado, presente y futuro, es parte de la Verdad y de la Justicia, es la búsqueda de nuestras Abuelas de Plaza de Mayo, y de quienes decidan sumarse, para encontrar a todas las víctimas de un plan sistemático de robo y apropiación de bebés, niños y niñas, incluso de personas nacidas en cautiverio. Es la lucha de un derecho elemental, demasiado significativo, el derecho a la identidad.

Por Jorge Ezequiel Rodriguez

Los genocidas con la intención de borrar de la historia a nuestras compañeras y compañeros detenidos y desaparecidos, o como botín de guerra, o como parte de su propia crueldad y cizaña, secuestraron a sus hijos e hijas, y los criaron como propios, o se los entregaron a familiares o amigos allegados. De casi 500 víctimas de este plan se restituyeron 130 nietas y nietos que, cada uno en diferentes años, en momentos distintos, y en búsquedas particulares, lograron conocer la verdad de su historia para que puedan hacer con ella lo que quisieran. Las Abuelas hicieron posible todo esto, siendo capaces también, entre tantas cosas, de demostrar que los genocidas a pesar de todo no pudieron robarnos la libertad y el futuro.

La identidad está formada por un conjunto de características que determinan lo que somos, es una construcción que nos lleva a asumirnos como seres humanos, que nos otorga parte de nuestra personalidad, saber quiénes somos, de dónde venimos, dónde estamos, por qué decidimos ser. La identidad, que no es lineal ni rígida, se conforma como una cadena, y cuando falta un eslabón de esa cadena, o está basado en una mentira, la identidad es parcializada, y ese faltante, que muchas veces la persona desconoce, se expresa, habla, y genera ruidos, más aún cuando la que fue vulnerada es la identidad biológica. Ese ruido que podemos llamar misterioso hace que la persona no llegue a ninguna certeza, pero sí a la duda, a las preguntas, a intentar llegar a los cabos sueltos, a nombres que suenan sin saber por qué. Llamarse con otro nombre, no sentirse parte de la familia, verse en el espejo y buscar respuestas cuando no hay preguntas concretas. Dudas de una persona que siente que algo falta, pero la identidad de una u otra manera habla. Hay muchos ejemplos de nietas y nietos que así lo demuestran, como Juan Cabandié llamándose Juan cuando tenía otro nombre, Elena Gallinari Abinet, que cuando era muy pequeña le puso Eleonor de nombre a su muñeca; una fusión de los nombres de sus abuelas biológicas (Elena y Leonor), o Leo Fossati Ortega, que cuando pensaba con su compañera el nombre para su primer hijo, antes de restituir su identidad, pensó en Leonardo. Ese valor o fuerza de la identidad, que no es simplemente una palabra, traspasa toda capacidad de entendimiento. Es tan necesario conocerse a uno mismo como saber nuestro origen, nuestra genética, tener en la mano la verdadera historia del comienzo de nuestras vidas. La verdad es imprescindible, y cuando existe un derecho no hay nada que discutir.

A casi 500 personas les quitaron ese derecho, se los robaron, les distorsionaron la verdad, y hoy tienen más de cuarenta años de vida. Sus familias los buscan, Las Abuelas trabajan a diario recorriendo todos los rincones del mundo para encontrarlos, y muchos de las 130 nietas y nietos ya restituidos, como también hijos e hijas de desaparecidos, se suman a la causa, la militan, trabajan a la par de las Abuelas, forman parte de las decisiones de la Institución, de la Comisión directiva, coordinan Espacios de Memoria, trabajan a diario en las todas las filiales de Abuelas de todo el país, y brindan sus testimonios es primera persona, algo importantísimo para la llegada a alguien con dudas. Buscan a sus hermanos, como ellos mismos los llaman. Pero también nosotros como ciudadanos podemos ser capaces de sumar lo nuestro para aportar a la causa desde el lugar que podamos, entendiendo que uno de los pilares de esta búsqueda es la difusión, la llegada del mensaje a todas las personas, no sólo para llegar directamente a las y los desaparecidos con vida, sino también a alguien que pueda brindar datos, que pueda ser un amigo, un vecino, un compañero de trabajo, o alguien cercano. Si entendemos que en la calles puede estar ese nieto o nieta, al que le espera una gran familia que se agrandó a través de la causa, que lo espera el amor, la contención, el respeto, la espera de su proceso personal, la libertad de decidir, y la verdad de su historia para que con ella pueda hacer lo que quiera, si nosotros entendemos el valor de esta lucha, si entendemos su significado, y entendemos que esta búsqueda es también la de nuestra propia identidad como pueblo, no podemos quedarnos de brazos cruzados.

Nos faltan más de 300 nietos y nietas que nacieron entre 1975 y 1980, nos falta una parte de la historia, del presente y del futuro. No hay construcción posible sin Memoria, y no podemos permitir que se nos vaya una sola Abuela más de este mundo sin conocer a su nieto o nieta.

Que este 22 de octubre no se convierta en una fecha más en la que solo nos lleve a la reflexión quedándonos con eso. Hagamos de este día una bisagra para entender que podemos hacer mucho más de lo que pensamos, y de comprender, como encendiendo esa llama que no se apaga más, que la búsqueda de nuestros nietos y nietas es todos los días del año, en todos los rincones, y a toda hora.

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